¿En qué momento hemos dejado de jugárnosla por amor?
En muy poco tiempo, el arte del cortejo (humano) ha pasado del poema lírico de estudiada rima asonante al “k tal?”.
Antes se escribían cartas de amor con tinta y mariposas en el estómago; hoy basta con un emoji y un click. Hemos pasado de temblar al escuchar la voz de su padre al otro lado del teléfono, a enviar mensajes sin tildes, sin alma y sin preocupación. Sobrevivimos a guerras, hambrunas y pandemias, sin embargo, ahora muchas relaciones se mueren ante el doble tic azul.
Hubo un tiempo en que los romances se nutrían por carta. Se pensaban las palabras, se esperaba una respuesta y si te dejaban, al menos lo hacían con buena letra. Luego llegó el teléfono fijo, que convirtió la declaración amorosa en un deporte de riesgo. Llamar a casa era una ruleta rusa: podía contestar tu futuro amor o su madre, dispuesta a interrogarte con ese tono de “¿tú quién eres y por qué llamas a mi hijita?”.
Después vino el móvil, que dio alas a quienes me gusta definir como ‘gallinas’. Ya no era necesario enfrentarse a nadie, bastaba con recargar el móvil con 5 euros y pulsar ‘enviar’. Con el móvil también se profesionalizó el rechazo: las rupturas dejaron de doler por lo que decían y empezaron a doler por lo que no te respondían.
El cortejo siempre ha consistido en una sucesión de torpezas. Pero antes, esas torpezas tenían cierta ternura: había que esperar, insistir, improvisar. Hoy el romanticismo se mide por los emojis que eliges. Si mandas un corazón rojo, demasiado intenso; si mandas uno amarillo, eres su primo hermano; si mandas una berenjena, pasas directamente al código penal y si te manda un sticker de un gatito… ¡Enhorabuena! has entrado en la ‘friend zone’.
Pertenezco a una generación que vivió la transición entre "¡me ha invitado al cine!” y “¡hemos hecho match!”. Cuando era adolescente había que salir de casa, exponerse al ridículo, pedir el teléfono en persona, jugársela. Ahora basta con deslizar un dedo. Y cuando todo se vuelve tan fácil, también se vuelve desechable. Yo conservo cartas perfumadas, entradas del cine y fotografías analógicas. Hoy, si tienes suerte, puedes guardar la conversación antes de que te bloqueen, pero nadie imprime un pantallazo de un “hola, wapa” para guardarlo en una caja de recuerdos.
Estoy convencida de que el cortejo actual necesita recuperar algo de aquella torpeza vintage. Su poquito de incertidumbre, su poquito de miedo, su poquito de no poder eliminar lo enviado. Los inicios del amor se alimentan de misterio y nervios, no de cobertura y Wi-fi.
Tengo la suerte de haber vivido esa época de valientes que se jugaban el tipo llamándote a casa, de cartas escritas a mano, de guardar chicles masticados envoltorios de chicles y entradas de cine. Y aunque alguien pueda pensar que tengo síndrome de Diógenes, prefiero eso a un “k tal?” sin tilde.