Nunca lo quité del todo. Ahí sigue, escondido entre los botones del mando, esperando a que alguien pulse “TEXT”. Y a veces lo hago. No sé por qué. Supongo que por costumbre. O por nostalgia. O porque en medio de tanto ruido digital, el teletexto me sigue pareciendo un sitio limpio, un rincón que huele a pasado pero donde todavía se entiende el presente.
Recuerdo cuando lo usábamos todos. En casa, mi padre repasaba la 301 para ver cómo iba el Dépor, y yo me quedaba mirando aquellos números torpes, letras gordas y colores imposibles. Era lento, sí, pero honesto. No te perseguía con anuncios, no te ofrecía nada que no pidieras. Te daba la información y se callaba. Qué lujo eso, que algo se calle.
Hoy, en cambio, todo grita. Las pantallas, las notificaciones, los vídeos que empiezan solos. El mundo parece una feria encendida a las tres de la mañana. Pero cuando entro en el teletexto, se hace un silencio raro. Me basta con la página 100 para sentir que vuelvo a un sitio donde las cosas tenían peso. Donde las noticias eran frases cortas, sin adornos, sin nadie explicándote cómo deberías sentirte.
A veces miro los resultados ahí, como si estuviera espiando a otro tiempo. El Dépor, el Madrid, el parte del tiempo. Y por unos segundos, todo se acomoda. No hay prisa, no hay distracciones. Solo letras que aparecen despacio, como si respiraran.
Sé que es un vestigio, un fósil que sobrevive por pura inercia. Pero me gusta eso. Me gusta que todavía exista algo que no cambie cada dos semanas. Que no dependa de actualizaciones ni algoritmos. Es mi pequeño refugio dentro del caos: una ventana que da a cuando todo era más torpe, pero también más humano.
Podría mirar los resultados en el móvil, claro. En tres segundos tendría los goles, los vídeos y los memes. Pero no sería lo mismo. En el teletexto todavía hay pausa. Hay ese momento de espera en el que parece que el mundo no te exige nada.
No lo niego: es una forma de viajar al pasado. Cada vez que lo abro siento que vuelvo a aquel salón, al zumbido del televisor y al clic del mando. Y durante un rato, el presente deja de correr.
Por eso no pienso dejarlo. Que sigan inventando pantallas, redes y mundos virtuales. Yo seguiré entrando en la página 100. Porque ahí, entre letras cuadradas y noticias que llegan tarde, todavía queda algo real.