Foto: Luis Santalla

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La Casa Sendón de A Coruña, una obra de Xosé Caridad Mateo

El arquitecto Xosé Caridad Mateo presenta una trayectoria singular con respecto a la ciudad. Exiliado tras la Guerra Civil, en el poco tiempo que residió en Coruña construyó obras que, como la Casa Sendón, se convirtieron en iconos del racionalismo coruñés

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Las últimas cosas que hacemos son, a veces, inesperadas. Quizás porque no sabemos que serán las últimas. El poeta Horacio enunció la célebre consigna Carpe Diem, que durante el romanticismo retomó su fuerza y que, hoy en día, se ha convertido en un eslogan vitalista. Apoyada hoy en día en la idea de imprevisibilidad, la definición inicial que exhortaba a no perder el tiempo se ha transformado en una condición más instantánea: vivir cada instante como si este fuera el último. La arquitectura es una profesión larga, a menudo los arquitectos siguen trabajando mucho más allá de los sesenta y cinco años, por ello a veces su última obra lo es de manera inesperada. El arquitecto que no ve terminada su obra es un perfil habitual de quien ha continuado ejerciendo su profesión de manera ininterrumpida hasta sus últimos años. Esta circunstancia común, crea una narrativa que adquiere dimensión de leyenda con el paso de los años. Pero no siempre termina así, con la muerte, a veces, otras circunstancias provocan que el arquitecto solo planifique y nunca vea sus dibujos. Durante la Guerra Civil, muchos arquitectos se vieron obligados al exilio al estar vinculados a la vanguardia o ser afines a los partidos políticos republicanos.

“Hasta el último día, Gaudí trabajó con el cuadro de su primera gran obra-la casa Vicens- a la vista, un inmenso papel vegetal en la pared al que iba añadiendo detalles continuamente y un esquema de la doctrina cristiana. Había concebido la Sagrada Familia como un proyecto en que a cada apóstol le correspondería su torre, a cada obra de misericordia su columna y a cada virtud su adorno. Para el arquitecto, el templo tendría que ser la Biblia del pueblo, como en tiempo de las catedrales. Como en aquellas y en las propias Escrituras, en su destino parecía estar anunciado que aquel libro no podría ser obra ni de un sol signo ni de un solo hombre”. Anatxu Zabalbeascoa y Javier Rodríguez Marcos

Arquitectos en el exilio

Algunos otros como Bonet Castellana, dirigieron sus obras por carta como la Casa Gomis, aunque él sí lograría ver su obra terminada unas décadas después. La Guerra Civil fracturó la cultura y la continuidad histórica del país, pero muchos de los intelectuales mantuvieron su profesión a pesar del exilio, y algunos establecieron en la distancia una cierta relación con España. Uno de esos arquitectos exiliados fue Xosé Caridad Mateo (1906-1996). Originario de Betanzos e hijo del general Rogelio Caridad Pita, vivió en A Coruña hasta el golpe de estado. Estudió arquitectura en Madrid, para posteriormente trasladarse a Barcelona donde entró en contacto con el movimiento GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para la Arquitectura Contemporánea).

A su vuelta a Galicia, se asentó en Coruña donde intentó aplicar el aprendizaje adquirido por la vanguardia moderna en Barcelona, también comenzó a militar en el Partido Galeguista. Su trabajo en la ciudad comenzó en la Cámara de Propiedad Urbana de A Coruña, además de clientes particulares. El golpe de estado de 1936 truncó su carrera profesional y le afectó profundamente en términos personales. Su padre fue fusilado tras las primeras semanas del golpe de estado, lo que motivó la incorporación junto con sus hermanos al bando Republicano. Tras la guerra civil española y capturado, fue internado en un campo de concentración en Argelès-sur-Mer, en la Francia ocupada por el nazismo debido a los acuerdos con la dictadura franquista.

Poco después consiguió salir del campo y se exilió a México a bordo del Sinaia junto con sus hermanos Rogelio, Carlos y Vicente. Una vez en México, y con el apoyo de la comunidad de exiliados, volvió al ejercicio de la profesión, además de mantener una continua actividad cultural mediante la edición de algunas revistas de carácter humanista. En México entró en contacto con arquitectos como Félix Candela o Jaime Ramonell, con quieren desarrolló varios proyectos.

Foto: Luis Santalla

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En Galicia desarrolló muchos proyectos para el poco tiempo que pudo ejercer la profesión, destacan la Joyería Malde de Santiago de Compostela (1934), la popular Casa Caramés (Perillo, 1937) o la Casa Morán (Coruña, 1938). Una de las menos conocidas es la Casa Sendón, quizás por su ubicación, en la avenida Finisterre a la altura del Parque Santa Margarita, o debido a su reciente ampliación que ja modificado su estética. La Casa Sendón, fue proyectada y construida en el año 1935, en la parcela correspondiente al número 95. Su estilo racionalista renovaba la imagen, entonces conservadora, de una ciudad burguesa como Coruña.

Este proyecto fue posible antes de Golpe de estado ya que no existía una norma que censurase los lenguajes arquitectónicos, el arte o la cultura. El racionalismo que Caridad Mateo había aprendido y experimentado en Barcelona, es el lenguaje con el que desarrolla su obra y específicamente esta propuesta. El racionalismo abarca un conjunto de lenguajes amplios dentro de un mismo estilo, pero en este caso su estética se aproxima a la de obras como la Casa María Cabra Urgell (Pere Benavent de Barberá, 1931) o Casa Lluis y Rita Cardona (Pere Benavent de Barberá, 1935), ambas en Barcelona. Estas obras se caracterizan por el uso de planos plegados e incorporación de los balcones como elementos volumétricos no diferenciados del plano de fachada. Las molduras y la ornamentación se reducen a una expresión mínima y abstracta.

Foto: Luis Santalla

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La Casa Sendón

La Casa Sendón, era originalmente una obra de bajo y cuatro plantas, en la que la planta baja se distingue de las superiores mediante un pequeño retranqueo fruto de la ordenanza municipal que permitía volar el volumen del edificio a partir de la primera planta. La obra cuenta con una composición simétrica que da frente a la perspectiva desde la avenida Finisterre, pero no a la propia avenida, por lo que el arquitecto define un gesto por el cual es capaz de prever la organización del tejido urbano.

La obra crea así una nueva fachada con la que cierra la manzana y se aparta del acceso al parque. El centro de la obra crea una galería central sobre el acceso al edificio del que nace un volumen simétrico a cada lado de este. En los extremos el plano de fachada permanece plano y limpio salvo por las dos primeras plantas en las que los cuerpos adyacentes se proyectan creando balcones.

Resuelto el volumen del edificio, este se establece como centro de gravedad de la composición, sin ornamento ni elementos decorativos. Sobre estos planos se recortan los huecos, con un ritmo constante salvo las situadas en el centro que se proyecta como una galería en la que estos son más esbeltos. Todos los huecos del edificio presentan una proporción similar, con partición intermedia y superior, manteniendo un equilibrio compositivo con el resto del conjunto.

Los balcones que nacen de los cuerpos laterales solo presentan una pequeña moldura y una barandilla tubular sencilla, de tal manera que respondan a una función de uso de esta y eviten que el agua resbale por la fachada. El remate superior del edificio utiliza la misma estrategia, disponiéndose una pequeña línea de cornisa que evite que el agua resbale.

Foto: Luis Santalla

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La construcción del edificio es muy sencilla, utilizando hormigón en estructura. Su fachada de revoco de mortero pintado es muy habitual en la arquitectura racionalista, por resultar una opción que funciona adecuadamente y que respondía a una ejecución barata y sencilla. Décadas después a su construcción se realizó una ampliación del edificio en altura de carácter sobrio y respetuoso, pero que altera la estética de la obra original. La ausencia de ornamentación y la modulación de huecos, así como de volúmenes genera una imagen atemporal. Caridad Mateo apenas pudo ver el final de su obra, se tuvo que exiliar pocos años después. Algunas de sus obras no llegaría a verlas completamente terminadas.

Foto: Luis Santalla

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Una riqueza que solo crece

Hay algo nostálgico en no llegar a ver una obra terminada, en no conocer el fin de un proyecto. El fin suele ser algo enriquecedor que, de no verlo, no se puede cuantificar. En una biblioteca perdida en un oasis del Sáhara, en la que se guardan manuscritos, se puede leer próximo a su entrada: “el conocimiento es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse”. Quizás por eso, no ver el final de una obra es un acto altruista, en el que dejar ir es algo inevitable. El arte o la cultura siempre sobreviven al ser humano y se convierten en testimonios silenciosos de una riqueza que crece generación tras generación. Y aunque un ser humano desaparezca y su nombre se borre por completo, es bonito pensar que algunas de nuestras acciones puedan enriquecer a las próximas generaciones.