El Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de A Coruña, una obra de Rey Pedreira

El Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de A Coruña, una obra de Rey Pedreira

Ofrecido por:

Conoce Coruña

El Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de A Coruña, una obra de Rey Pedreira

Situado frente a la playa, este centro escolar se proyecta en un instante de cambio arquitectónico en la ciudad. El arquitecto Santiago Rey Pedreira es autor de este interesante proyecto que culmina la construcción de un área urbana formada por ‘tres pequeñas ciudades’.

Puede interesarte: La plaza de Vigo de A Coruña

Publicada

Una ciudad es un organismo vivo al que sus habitantes dan forma con la mundanidad del día a día y las extrañas y sorprendentes rarezas del ser humano. La construcción urbana es un desafío en constante movimiento, nunca se termina porque de ser así se convertiría en un extraño escenario decorativo, concepto latente que temen las grandes capitales monumentales europeas que guardan entre sus edificios un patrimonio inmarcesible. Cuando la ciudad crece, su forma responde a un programa funcional derivado del momento en que se plantea, pero también a una teorización predictiva del futuro. Es en esta segunda premisa en la que se puede producir el error, ya que, muchos acontecimientos históricos son completamente imprevisibles. Pero la ciudad se estructura poco a poco siguiendo un orden sencillo y flexible capaz de absorber cualquier cambio.

“El constante incremento de las expectativas, de modo que la respectiva conducta nunca se experimenta como satisfactoria, obedece a la incapacidad de finalizar nada. Se evita la sensación de haber alcanzado una meta, porque con ello se objetivaría la propia vivencia, se convertiría en una figura, asumiría una forma y, por tanto, tendrá una existencia independiente del yo.” - Richard Sennet.

De alguna manera la ciudad es inconformista consigo misma, pero su necesidad de crecimiento ha de vencer esa constante incapacidad de finalización basada en la exigencia de las expectativas. En el siglo XX, la organización urbana se sistematiza y ya no tiene que ver solo con la higienización del espacio público, sino también con la distribución de usos en diferentes áreas y su idoneidad al respecto.

Tres ciudades en una

En A Coruña, la definición del crecimiento urbano después de los primeros ensanches tiene que ver con la ubicación de aquellos equipamientos que iban a crear la ciudad del futuro. A principios del siglo XX, el área próxima al mar en el entorno Riazor-Orzán comienza a transformarse, su carácter industrial o secundario comienza a transformarse, el mar y la playa ya no son un simple paisaje indómito, sino que se empiezan a percibir como un espacio saludable vinculado al ocio que, además puede adaptarse al desarrollo de la ciudad. En el área de Riazor se plantea un ambicioso ensanche con ‘tres ciudades’, fruto de una propuesta municipal siendo alcalde Manuel Casás, denominada Concello Aberto. Casás, empeñado en convertir la ciudad en una urbe moderna al estilo europeo creó este foro, del que nacieron estas ‘tres ciudades’ cuyos proyectos se materializarían en la década de los veinte. Tras varios debates, se decide trasladar el parque previsto en el área de las Esclavas a la actual ubicación del parque de Santa Margarita, y se plantean tres proyectos: la ciudad residencial (ciudad jardín) a cargo del arquitecto Eduardo Rodríguez-Losada (1886-1973), la Ciudad escolar bajo el proyecto de Antonio Tenreiro Rodríguez (1893-1969) y la Ciudad Deportiva a Santiago Rey Pedreira (1902-1978). El planteamiento de estos proyectos muestra una atmósfera ilustrada, pero al mismo tiempo moderna y popular, siguiendo las inercias de otras ciudades europeas. Los proyectos se ponen en marcha, y muy pronto se construye la ciudad jardín, el estadio de fútbol y otras instalaciones deportivas, así como algunos centros de la ciudad escolar como la Escuela Normal o la Escuela de Náutica.

Área de Riazor 1959, via todocolección

Área de Riazor 1959, via todocolección

Pero, a pesar de la planificación, la ciudad es imprevisible. Los acontecimientos históricos detuvieron y transformaron parte del desarrollo urbano, y la construcción, naturalmente ralentizada, creó una nueva forma de intervenir en el tejido parcialmente consolidado. No se produjeron transformaciones formales, pero sí una pequeña mezcla de usos que disolvió los límites de cada una de las ‘tres ciudades’ planificadas. Así, en Ciudad Jardín aparecen más centros sanitarios de los previstos o se ubican centros escolares fuera del área de la Ciudad Escolar. Esta naturalidad, común en las operaciones posteriores a la década de los cincuenta y común en la contemporaneidad con ciertas revisiones y permisos, es un pequeño rasgo que atisba una adaptación a las necesidades de un tiempo más complejo. En conjunto, a pesar de los avatares históricos, y de las transformaciones conforma un conjunto urbano equilibrado, con pequeñas injerencias.

Pasear hoy en día por esta área de la ciudad no revela la existencia de esas tres ciudades, salvo por el marcado límite entre Ciudad Jardín y el área definida por el estadio de Riazor. El borrado de los límites es un rasgo de la ciudad contemporánea, pero también un síntoma de su organicidad y constante transformación. Uno de los conjuntos más interesantes de estos límites difusos es el Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, una obra que ocupa el espacio donde se encontraba el antiguo campo de fútbol antes de la construcción del nuevo estadio.

Fotografía Nuria Prieto

Fotografía Nuria Prieto

Un edificio de Rey Pedreira

El edificio es obra del arquitecto Santiago Rey Pedreira, y se compone de un templo religioso que se inserta como elemento central del conjunto, además de los volúmenes de la escuela. En el año 1888 la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón llega a la ciudad, situando su primer colegio en la calle Juana de Vega 9, pero abandonan la ciudad pasados pocos años. En 1939 vuelven a la ciudad, esta vez en la calle Teresa Herrera 4, pero será en 1944 cuando pongan en marcha un centro docente. En 1949 se trasladan al nuevo centro. En el año 1945 se traslada el campo de fútbol, por lo que el solar comienza a perfilarse como el espacio adecuado para el nuevo centro escolar. En 1950 la obra se termina tras varios años de trabajo precedidos por el desarrollo del proyecto. Los bloques destinados a las aulas responden a un diseño funcional, en el que el uso del edificio es la principal idea que lo sostiene, de tal forma que el lenguaje ocupa un segundo plano. Este mismo criterio se sigue en la iglesia del conjunto, aunque en esta, debido a su significado, el lenguaje se cuida un poco más.

Los aularios contaban con tres plantas y bajo inicialmente, a los que se añadió dos plantas más. Esta distinción está definida mediante líneas de cornisa que construyen una jerarquía consciente que busca eliminar la planeidad y monotonía de la fachada. De la misma manera el ritmo de huecos de la fachada es ordenado en distancia, pero variable en tamaño ya que responden a la función, pero al mismo tiempo crean cierto movimiento compositivo. El arquitecto busca con los volúmenes de los aularios crear una simetría en torno a la iglesia que sirve, al mismo tiempo, de bisagra, aunque uno de ellos es más alto que el otro. En ambos volúmenes el lenguaje es un elemento secundario que se destaca especialmente en la planta baja que sirve como zócalo, donde el recercado de los huecos es ligeramente más complejo que en los de plantas superiores. En las plantas bajas, el recercado de los huecos sigue una composición geométrica en la que el cuadrado se interseca con semicírculos creando un efecto similar a un motivo religioso tradicional.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía Nuria Prieto

Fotografía Nuria Prieto

La pieza de la iglesia consagrada a de San Pío X γ San Roque, destaca del conjunto en términos volumétricos ya que no sólo ocupa la esquina, sino que además se sitúa en el chaflán del conjunto sirviendo de aparente fachada principal. La fachada de la iglesia se proyecta hacia el exterior a través de dos planos: el primero crea un pequeño pórtico a modo de nártex y el segundo es la propia alineación de la iglesia. El lenguaje elegido para la fachada es neoclásico, con un porticado de tres arcos de medio punto revestidos con un acabado similar a la piedra y un frontón partido. La partición del frontón se aprovecha para insertar una figura de Jesucristo. El frontón del volumen posterior es aún más interesante ya que incorpora un motivo curvo (similar al de iglesias como la de Santa Eulalia en Murcia, s. XVIII, muy propio del barroco Mediterráneo) que parece intentar formar volutas como la fachada del desaparecido Cine Goya (también obra de Rey Pedreira), aunque estas se simplifican de manera racional creando una fragmentación. Bajo este, inscrito en el mismo plano, se dibuja un frontón curvo y dentro de él se dispone un pequeño rosetón circular. Interiormente la nave es muy sencilla, formada por una bóveda de cañón, con una ornamentación austera basada en motivos geométricos. El altar está rematado por un lucernario en forma de semicúpula de tal manera que se crea una entrada de luz que singulariza el fondo perspectivo del edificio. En la girola se dispone la ornamentación propia del uso religioso, pero de una manera ordenada de tal forma que crea una percepción de espacio sobrio

Los muros laterales que sostienen la bóveda crean pequeños lucernarios en la parte superior aprovechando el tímpano del arco. Sin embargo, no todo es sobriedad, sino que el espacio destinado al coro incorpora un interesante juego de curvas que dota de movimiento y riqueza espacial, ya que este mismo gesto se repite en los palcos interiores. La materialidad del conjunto es honesta y sencilla, utilizando estructura de hormigón y revocos de mortero para crear la ornamentación del edificio. El campanario, en tipología de espadaña, se sitúa tras la fachada, casi oculto. La incorporación del color en los paramentos, y la teja en cubierta, acerca el conjunto a la arquitectura vernácula coruñesa. Esta mezcla lingüística es muy propia de la obra de Santiago Rey Pedreira, que buscaba en muchos de sus proyectos integrar el lenguaje más vanguardista con el contexto coruñés, de hecho, su trabajo como arquitecto municipal le permitió comprender y dar forma a la ciudad.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Antiguo cine Goya

Antiguo cine Goya

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

La vida iba en serio

La construcción de la ciudad supera en el tiempo cualquier planteamiento instantáneo. Su organización y las nuevas obras van consolidando una forma que no nace de la improvisación, pero sí de la adaptación al lugar. El escritor español Jaime Gil de Biedma decía que lo de “que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde-como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”. La experiencia de la ciudad es capaz de comprender que la vida de un organismo tan grande sí va en serio, porque de ella depende la vida de quienes la habitan. Cada pequeña obra es un paso más que dota de madurez y seriedad a la ciudad.