La arquitecta compostelana Marta Morato, en Madison Square, Nueva York.
La obra de Marta Morato deja huella en Nueva York: "La arquitectura gallega actúa como mi brújula"
Tras su paso por Madrid y Suecia, la arquitecta compostelana reside en Nueva York, donde ha participado en proyectos de gran escala como la renovación del aeropuerto JFK o el Jardín Botánico de Maine
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Hace dos años, la compostelana Marta Morato Costa obtuvo un premio que le permitió desarrollar su carrera profesional como arquitecta en Nueva York. En la 'gran manzana', la compostelana ha sido artífice de la renovación del aeropuerto internacional John F. Kennedy, una de las terminales con mayor volumen de pasajeros de Estados Unidos.
Además de participar en proyectos internacionales de gran escala, durante su corta trayectoria la arquitecta gallega ya ha sido reconocida con el Premio ASEMAS de Arquitectura y con el Premio Eduardo Torroja a la innovación estructural.
También ha sido finalista de los Young Talents Architecture Awards 2025 y los Mies Van der Rohe 2024 con Suma Arquitectura y se ha convertido en una de las tres jóvenes de todo el mundo beneficiarias con los prestigiosos Premios Renzo Piano World Tour 2025. Todo esto, con la mirada puesta en Galicia.
¿Cómo surgió tu interés por la arquitectura?
Santiago de Compostela fue el escenario ideal para despertar en mí una sensibilidad particular hacia el espacio y el tiempo. Es una ciudad que te enseña a mirar con pausa, a sentir el peso de la historia en cada rincón, pero también a entender cómo la arquitectura habla de silencio y de memoria a la vez. Recuerdo que en mi primer día en la universidad, un profesor contaba que su plaza favorita en el mundo entero era la praza da Quintana, pero vacía, cuando llueve. Al escuchar aquello, entendí por primera vez que los espacios emocionan, aunque aún no supiera exactamente que eso era arquitectura.
Con el tiempo, esta sensibilidad se fue transformando en vocación. Me siento muy próxima a reflexiones de arquitectos como Peter Zumthor, que habla del contacto emocional con el lugar y de cómo la forma surge de la escucha atenta. Esa idea de "entender lo que hay alrededor" me resulta muy cercana, y creo que nace, en mi caso, de haber crecido en una ciudad como Santiago, donde todo lo que nos rodea allí -las calles, los pavimentos, los tejados, las plazas o los jardines- está impregnado de esa memoria.
¿Ha influido Santiago en tu forma de entender y practicar la arquitectura?
Sí, esa convivencia que ocurre en el casco histórico de Santiago entre lo monumental y lo doméstico, entre lo construido y el paisaje, ha marcado profundamente mi manera de entender y practicar la arquitectura.
En cuanto a tu formación, has estudiado en Madrid y en Gotemburgo. ¿Cómo valoras tu estancia en Suecia?
El mundo nórdico te permite entrar en contacto con una arquitectura muy comprometida con el entorno, en la que la sostenibilidad, los procesos colaborativos y la relación directa con la naturaleza no son discursos añadidos, sino principios estructurales en los proyectos. La mirada nórdica me enseñó a pensar desde la contención, aprendí que un edificio no necesita imponerse para dejar huella.
"La forma de entender la arquitectura en Suecia no está tan alejada de lo que nos enseña de forma silenciosa el paisaje gallego"
Y profesionalmente, ¿qué te ha aportado?
Suecia me aportó una mirada más abierta y crítica, me animó a explorar herramientas y metodologías que hasta entonces no había tenido tan presentes como el diseño paramétrico, la construcción bioclimática, los sistemas constructivos en madera o la importancia de la comunidad en los procesos de diseño. Con el tiempo he comprendido que esta forma de entender la arquitectura no está tan alejada de lo que ya me enseñaba de forma silenciosa el paisaje gallego: la relación con el clima, el uso honesto de los materiales, la implantación cuidadosa en el terreno. En ambos casos, la arquitectura nace del lugar y, por tanto, le pertenece.
¿Te has especializado en algún tipo concreto de arquitectura?
No me he especializado en una sola tipología, pero sí he tendido hacia proyectos que resignifican espacios ya existentes, hacia la arquitectura que pregunta no solo qué construir, sino qué conservar, qué recuperar, y sobre todo qué dejar en paz. Desde que era estudiante, me han atraído los lugares que ya tienen algo que decir, donde la arquitectura no parte de una hoja en blanco, sino de un proceso de escucha, limpieza y revelación. Me interesa especialmente el gesto de intervenir con cuidado, como quien aparta la maleza para descubrir lo que siempre estuvo allí. A veces, como en Galicia, basta con despejar el monte para que aparezcan fornos de pedra, lareiras ocultas o muros que aún respiran historia. En esos momentos no se trata tanto de proyectar desde cero, sino de acompañar los ritmos del lugar, construyendo a partir de lo que ya existe: un muro, una piedra, una memoria.
Uno de los trabajos de Marta Morato sobre la ría de Arousa.
Tras años de experiencia en España, decidiste desarrollar tu carrera profesional en Nueva York. ¿Cómo y cuándo surgió la oportunidad?
La oportunidad de venir a Nueva York me la brindó la Fundación Arquia en 2023 y marcó un punto de inflexión en mi trayectoria. Gracias a ellos pude incorporarme al equipo de Grimshaw Architects, una experiencia que, más allá de lo profesional, tiene para mí un valor simbólico muy especial. Grimshaw Architects son autores del proyecto de la Fundación Caixa Galicia en A Coruña, un edificio que desde pequeña me fascinaba por su lenguaje contemporáneo y por la manera en que se insertaba con respeto en el tejido urbano. Poder formar parte de este estudio supuso para mí una conexión directa entre mi origen y una mirada hacia fuera.
Tras mi experiencia en España y colaboraciones con estudios como SUMA Arquitectura, sentía que necesitaba dar un paso más allá y explorar qué puede aportar la arquitectura en contextos donde las decisiones se multiplican, donde la infraestructura no es un fondo, sino una condición central del diseño. Grimshaw, con su enfoque centrado en la sostenibilidad, la cultura y el espacio público, ofrece siempre un marco de trabajo idóneo. Una práctica que no es espectacular, sino profundamente comprometida con el impacto urbano de cada gesto.
"Nueva York es una ciudad que te exige posicionarte constantemente, te obliga a afinar la mirada y, al mismo tiempo, a simplificar"
¿Qué diferencias has encontrado a la hora de hacer arquitectura en Nueva York con respecto a España?
Nueva York es una ciudad con un ritmo exagerado, que te exige posicionarte constantemente, te obliga a afinar la mirada y, al mismo tiempo, a simplificar. Esa ha sido mi mayor lección aquí, aprender a convivir con tanta complejidad sin perder la capacidad de síntesis. Igual que la ciudad, su arquitectura tiene un ritmo distinto. Los proyectos son más grandes, los equipos más diversos y los procesos más acelerados. Diría que trabajar aquí implica desarrollar una práctica muy consciente del tiempo, del impacto colectivo de cada decisión y de la necesidad de actuar sin perder la capacidad crítica.
¿En qué tipo de iniciativas estás trabajando?
Actualmente formo parte de equipos que desarrollan proyectos públicos y culturales en contextos donde el diálogo entre disciplinas, escalas y tiempos es constante, como el Jardín Botánico de Maine o un estadio en San Francisco. Son procesos donde cada decisión se construye a partir de una conversación prolongada, de un constante registro, entendiendo que las verdaderas ideas no nacen tanto del objeto sino más de lo que hay fuera de él y de las relaciones que el proyecto pone en movimiento.
¿Cuál ha sido el trabajo más desafiante en el que has participado en Grimshaw Architects?
Uno de los proyectos más desafiantes en los que he trabajado en Grimshaw ha sido la renovación del aeropuerto JFK, una intervención de enorme complejidad técnica y logística. A pesar de su escala, obliga a pensar desde lo más cotidiano cómo se transita, cómo se espera, cómo se cruza o cómo se mira. Aprender a proyectar desde esa tensión entre la infraestructura y la experiencia humana ha sido, sin duda, una escuela en sí misma.
¿Y algún proyecto del que te gustaría formar parte?
En cuanto a proyectos soñados, me gustaría trabajar en un centro cultural o museo donde la arquitectura pudiera establecer un vínculo profundo con el paisaje no como telón de fondo, sino como materia estructural del propio proyecto. Esa forma de hacer es la que más me conmueve y la que inevitablemente me lleva de vuelta a Galicia, donde la arquitectura tradicional ha dialogado siempre con el paisaje sin aspavientos, pero con una profunda carga de sentido.
Estudio de Marta Morato sobre la Ría de Arousa.
A lo largo de tu carrera profesional, ¿has tenido oportunidad de trabajar en alguna iniciativa gallega?
No, hasta ahora no he tenido la oportunidad de desarrollar un proyecto en Galicia, pero me encantaría hacerlo. Volver a Galicia con un proyecto significaría también volver con otra mirada, con aprendizajes acumulados y con el deseo de contribuir a una cultura arquitectónica que siempre me ha emocionado por su sobriedad, su resistencia y su capacidad de pertenencia.
¿Alguno en especial que te gustaría llevar a cabo?
Desde una intervención en el paisaje rural a un espacio educativo o incluso una instalación efímera, siento que hay algo profundamente coherente entre estas inquietudes y las condiciones que ofrece el territorio gallego.
"Incluso cuando trabajo en contextos lejanos, los principios de la arquitectura gallega actúan como mi brújula"
¿Hay algún elemento de la arquitectura gallega que intentes mantener presente en tu trabajo?
Sí, siempre he intentado mantener presentes ciertos valores esenciales de la arquitectura gallega en mi trabajo como el respeto por el lugar, la honestidad en el uso de los materiales, la atención a la escala humana, la integración con el clima y el paisaje. Incluso cuando trabajo en contextos lejanos, los principios de la arquitectura gallega actúan como mi brújula.
¿Cuál es tu rincón favorito de Santiago desde el punto de vista arquitectónico?
Mi rincón favorito es la plaza de San Martín Pinario, por su serenidad casi monástica. Es difícil de encontrar tanto silencio en otras plazas de Santiago. Es una plaza recogida, callada. Quizás por eso siempre vuelvo a ella.
Recientemente has sido una de las tres seleccionadas para el Premio Renzo Piano World Tour 2025. ¿En qué consiste y por qué es tan relevante?
Durante un mes, recorreremos algunos de los proyectos más emblemáticos del arquitecto Renzo Piano en distintas partes del mundo, con el objetivo de aprender directamente de la obra construida, entendiendo no solo la arquitectura, sino también su relación con el contexto, la técnica y la ciudad. Se trata de una oportunidad única, no solo por la dimensión del aprendizaje, sino también por la mirada profundamente humanista que atraviesa esta iniciativa. Es una forma de entender la arquitectura desde el oficio, desde el detalle y desde el respeto por el lugar. Es un reconocimiento que recibo con enorme gratitud y responsabilidad, y que sin duda marca un hito en mi trayectoria.
No ha sido el único reconocimiento que has recibido.
No, este mismo año he sido nominada a los Young Talents Awards, un reconocimiento internacional que destaca el potencial de arquitectos emergentes que buscan renovar el oficio desde una mirada crítica, sensible y comprometida. Ambas distinciones me animan a seguir explorando otras formas de hacer arquitectura.
¿Dónde te ves en un futuro?
Creo que los arquitectos jóvenes no somos simplemente "el futuro" de la disciplina, sino una parte activa y crítica del presente. Nuestra generación, marcada por la urgencia climática, la conciencia material y la necesidad de reconfigurar las formas de habitar está aportando nuevas preguntas, metodologías y valores que ya están transformando la práctica. Por eso, más que pensar en un horizonte lejano, me interesa participar desde ahora en ese cambio de mirada. Y es desde esa voluntad de entender lo que ocurre y actuar con compromiso desde donde me gustaría proyectar en Galicia: no solo un edificio, sino una conversación con todo lo que allí ya existe.