Judith arriba a la izquierda, Fanny abajo y Ricardo a la derecha con su pareja
Ofrecido por:
Ellos cruzaron el charco e hicieron de A Coruña su hogar: "Llegué por amor y me quedé por morriña" / "Nunca pedimos nada, solo un trabajo"
Tres historias, tres países, un destino: venezolanos, peruanos y colombianos que encontraron en la ciudad de cristal su casa
Puede interesarte: Las causas del aumento poblacional más allá del área de A Coruña: cambio de hábitos y crisis de la vivienda
Tres historias, un destino: A Coruña. Diferentes países, diferentes razones y una ciudad que los acogió. No es casualidad que estas voces vengan de Venezuela, Perú y Colombia. Son, hoy, las nacionalidades latinoamericanas con mayor presencia en A Coruña.
Detrás de las cifras, hay nombres propios. Gente que decidió dejarlo todo atrás y cruzar el charco en busca de nuevas oportunidades. Es el caso de Judith, Ricardo o Fanny, latinos de corazón, pero coruñeses de adopción.
Judith llegó a A Coruña con solo 18 años y una maleta cargada de expectativas. Cruzó el océano por amor. Su pareja, hijo de gallegos, decidió regresar a la tierra de sus padres y ella lo acompañó sin pensarlo demasiado. Corría el año 1990 y la ciudad era muy distinta a la actual.
"Por aquel entonces no era habitual ver a una mujer con mi color de piel por las calles", recuerda. Hubo miradas curiosas y algún roce, pero nunca dejó de sentirse acogida. El idioma fue clave: hablar castellano le permitió integrarse con rapidez y abrirse camino en el mundo laboral, mucho más accesible entonces. "Si querías trabajar, los empresarios se encargaban de todo, incluso del papeleo", cuenta, comparándolo con las trabas burocráticas que hoy enfrentan muchas personas migrantes.
A Coruña se convirtió en su hogar. Aquí nacieron sus hijas y aquí echó raíces. Con el tiempo, Judith descubrió algo que no esperaba: la morriña. "Me siento profundamente gallega, pero sin soltarle nunca la mano a Venezuela". Su mapa emocional tiene dos símbolos: el Orinoco, como origen, y la Torre de Hércules, como faro vital. No tuvo que elegir entre uno u otro. En ella conviven ambos.
Ricardo Flores, peruano: "Solo queríamos un documento para trabajar"
Ricardo y su pareja
La historia de Ricardo está marcada por la inseguridad. En Perú, él y su pareja tenían un restaurante, pero la situación empezó a volverse insostenible: robos, extorsiones, pagos forzados. "Nos pedían cupos. Eso fue lo que nos empujó a irnos", explica.
Llegó por primera vez a A Coruña en 2016, gracias a su hermana, aunque solo por tres meses. En 2018 regresó definitivamente con su pareja. La ciudad les gustó y decidieron quedarse. Ricardo se hizo autónomo con la tarjeta roja el 20 de febrero de 2020. Menos de un mes después, el país se paralizó por la pandemia. "El 14 de marzo cerró todo. Lo pasamos muy mal", recuerda.
Sobrevivieron gracias al reparto a domicilio y a jornadas interminables. "Somos gente de trabajo, más de 12 horas al día", dice con orgullo. Nunca pidieron ayudas. "Solo queríamos un documento para trabajar". No fue fácil: tuvo problemas para darse de alta como autónomo y necesitó apoyo legal para lograrlo. Hoy, casi siete años después, el negocio sigue en pie. Tienen tarjeta de residencia por cuatro años, han aprobado el examen de nacionalidad y esperan la resolución definitiva. "Salimos adelante", resume.
Fanny, colombiana: "El mundo es de todos"
Fanny
Fanny llegó a A Coruña con 26 años. En Colombia tenía trabajo y una vida estable, pero sentía que las oportunidades eran limitadas y que la situación se complicaba cada día más. Su objetivo era claro: formarse. Gracias a que su hermana ya vivía aquí, pudo informarse y matricularse en un máster en Banca y Finanzas en la Universidade da Coruña.
Tres años después, con 29, hace un balance agridulce. Por un lado, valora poder estudiar con un coste mucho más asequible que en su país y destaca la calidad de vida y la seguridad. Por otro, no oculta una realidad incómoda: el racismo. "Lo vivo a diario", afirma. Especialmente en el ámbito laboral, donde siente que sus oportunidades están más limitadas por ser latinoamericana.
Le frustra, pero intenta entenderlo. "Hay personas que sienten que les quitamos oportunidades", reflexiona, aunque defiende una idea clara: "El mundo es de todos". Fanny trabaja de forma legal mientras estudia y reivindica su aportación a la sociedad. "Estoy aportando mi granito de arena a este país". A pesar de las dificultades, se siente agradecida y convencida de que, poco a poco, está reorganizando su vida en A Coruña.
Una ciudad de llegada, una historia compartida
A Coruña siempre miró al mar. Durante décadas fue sinónimo de despedida, de gallegos que emigraban a América Latina o a Europa. Hoy, ese mismo mar trae historias de vuelta. La ciudad cuenta con más de 23.000 personas de nacionalidad extranjera, casi 10.000 más que a comienzos de la década, y la mayoría procede de América Latina.
La socióloga de la Universidade da Coruña Raquel Martínez Buján explica que no se trata de un fenómeno reciente ni casual. "Desde hace más de dos décadas somos un país de recepción migratoria". Venezuela, Colombia y Perú encabezan la lista, en gran parte por los vínculos históricos, culturales y familiares con Galicia. Muchas personas que llegan son descendientes de gallegos que un día emigraron, incluso en el exilio.
Pero la migración no se explica solo por la memoria. El mercado laboral, la demanda de mano de obra y un mundo interconectado también empujan estos movimientos, al tiempo que muchos gallegos siguen marchándose al exterior. En medio de este cruce de caminos surgen tensiones y discursos de rechazo, especialmente hacia la población migrante más precarizada.
Para Martínez Buján, la clave está en la educación y en la pedagogía social. La diversidad ya no es una promesa, sino una realidad cotidiana. Historias como las de Judith, Ricardo y Fanny lo demuestran: A Coruña no es solo un lugar al que se llega, sino un espacio donde, a veces, se aprende a quedarse.