La estatua de Miguel de Cervantes en el acceso a la Biblioteca Nacional, en Madrid.

La estatua de Miguel de Cervantes en el acceso a la Biblioteca Nacional, en Madrid. Wikimedia Commons

Tribunas

Nadie es más que nadie: la forma hispana de estar en el mundo

Una ética lleva siglos circulando por nuestra tradición: el hombre nace libre, el nacimiento no determina su valor y la virtud no se hereda.

Publicada

España tiene un manual de instrucciones. Y ese manual es el Quijote.

No porque Cervantes pretendiera escribir un tratado de filosofía política, sino porque en sus páginas aparece condensada una determinada idea del hombre que llevaba siglos circulando por nuestra tradición.

Cervantes la resume en unas pocas frases:

"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos".

"Cada uno es hijo de sus obras".

"La sangre se hereda, y la virtud se aquista".

Y una todavía más radical: "Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro".

Ahí está, prácticamente entera, una ética.

El hombre nace libre. El nacimiento no determina su valor. La virtud no se hereda.

El hombre se hace mediante sus obras. Y existe algo dentro de él que no depende de su posición exterior.

Beatriz Paredes, durante su intervención en la jornada sobre la Tradición Jurídica Hispánica organizada el pasado lunes en el Senado por EL ESPAÑOL.

Beatriz Paredes, durante su intervención en la jornada sobre la Tradición Jurídica Hispánica organizada el pasado lunes en el Senado por EL ESPAÑOL. Javier Carbajal, Tomás Berrio

Calderón de la Barca lo expresó con una fórmula inolvidable: "Al rey la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma".

Patrimonio del alma: puede perderse la hacienda, la posición, incluso la vida, pero existe un último reducto que pertenece al hombre.

Por eso, en La vida es sueño, Calderón llega a una conclusión extraordinariamente sencilla: "Mas, sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa".

No triunfar, enriquecerse o vencer: obrar bien.

Lo interesante es que Cervantes y Calderón no inventaron esta idea.

Si tiramos del hilo hacia atrás, encontramos a un cordobés llamado Séneca que, unos mil quinientos años antes, escribe una carta sobre los esclavos: "Servi sunt. Immo homines". Son esclavos. No: son hombres.

Ese hombre al que llamas esclavo, explica Séneca, nació de la misma semilla que tú, disfruta del mismo cielo, respira igual, vive igual y muere igual. Y cuando se pregunta quién es noble, responde que lo es aquel que está dispuesto para la virtud.

La nobleza verdadera no está fuera del hombre. Está dentro.

Siglos después, Isidoro de Sevilla recoge la igualdad natural de los seres humanos.

Esa idea entra también en el derecho castellano: las Partidas de Alfonso X sostendrán que los hombres son naturalmente libres y que la servidumbre es contraria a la razón natural.

Y cuando España se enfrenta ante el mayor dilema moral de su historia, el descubrimiento y la conquista de América, vuelve a aparecer la misma pregunta.

En 1511, en Santo Domingo, Antonio de Montesinos sube a un púlpito e interpela a los españoles que le escuchan: "¿Estos no son hombres?"

"¿No tienen ánimas racionales?"

"¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?".

"Una de las grandes aportaciones de nuestra tradición es haber recibido y transmitido durante siglos una idea universal del hombre"

La radicalidad de la pregunta está en su sencillez.

No pregunta si son españoles, si son cristianos o si son civilizados según los parámetros europeos. Pregunta: ¿no son hombres?

Décadas después, Francisco de Vitoria desarrolla sobre esa misma idea, toda una arquitectura jurídica.

Reconoce que los indígenas eran verdaderos dueños de sus bienes y de sus comunidades. Niega que la diferencia de religión o el deseo de ampliar los propios dominios justifiquen una guerra. Y sostiene que quien sabe que una guerra es injusta no puede participar en ella, aunque se lo ordene el rey.

Aquí aparece otro elemento de esta ética: hay algo por encima del poder. La razón, la conciencia, la justicia.

Gracián lo resumirá en pocas palabras: "Siempre de parte de la razón". Y añade: "Ni la pasión vulgar, ni la violencia tirana le obliguen jamás a pisar la raya de la razón".

Esta línea no desaparece con el Siglo de Oro.

A finales del XIX, Ganivet vuelve a Séneca para explicar el carácter español y recurre a una imagen magnífica: el hombre debe saber que tiene dentro de sí "algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino".

Galdós lo expresa de otra manera: "El honor es una cosa que está en el alma y no en el traje". Y Machado escribe: "Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre".

Este recorrido nos conduce a una cuestión especialmente actual: ¿cómo mide nuestra tradición el éxito?

Si aplicamos a don Quijote una métrica contemporánea de ganadores y perdedores, es un perdedor casi perfecto.

No consigue prácticamente nada de lo que se propone. Le apalean, se burlan de él, pierde dinero, confunde la realidad y fracasa una y otra vez. Finalmente, vuelve derrotado a su casa.

Según cualquier marcador externo, ha perdido.

Sin embargo, Cervantes no permite que la derrota exterior destruya su dignidad interior.

Ese es quizá el secreto del personaje: don Quijote puede perderlo todo sin convertirse necesariamente en un perdedor, porque el resultado y el valor moral pertenecen a categorías diferentes.

"Don Quijote puede perderlo todo sin convertirse en un perdedor, porque resultado y valor moral pertenecen a categorías diferentes"

Calderón establece una distinción semejante cuando sostiene que un soldado honrado, aunque sea pobre y esté desnudo, puede tener mejor cualidad que otro "galán y lucido".

Otra vez la misma separación: el traje, la riqueza y el éxito no definen al hombre. El fracaso tampoco.

Esta manera de entender a la persona tiene una consecuencia en la relación con los demás. Si su valor no puede reducirse a su éxito, a su riqueza o a su utilidad, tampoco nuestras relaciones pueden reducirse enteramente a una transacción.

Hay una expresión americana: "You owe me one". Te he hecho un favor; por tanto, me debes una. Es una pequeña contabilidad moral.

Frente a esa lógica, nuestra tradición conoce una palabra distinta: liberalidad, dar sin esperar nada a cambio.

Esto nos lleva de nuevo a Séneca, que dedicó un tratado entero, De beneficiis, a preguntarse qué significa realmente hacer un favor.

Para él, el beneficio no consiste fundamentalmente en la cosa que se entrega, sino en la intención con la que se da. Hay acciones cuyo valor se desvirtúa cuando intentamos convertirlas en una transacción.

Quizá por eso nuestra tradición resulta tan extraña vista desde una sociedad obsesionada con medir resultados. Insiste en separar cosas que tendemos a confundir: precio y valor, éxito y virtud, posición y dignidad, riqueza y nobleza, victoria y honor.

Esa puede ser la instrucción fundamental del manual que España lleva siglos escribiendo.

Desde Séneca hasta Machado, pasando por Isidoro, las Partidas, Montesinos, Vitoria, Cervantes, Calderón, Gracián, Ganivet y Galdós, reaparece una convicción que puede condensarse en una idea extraordinariamente sencilla:

Se puede triunfar de manera miserable y se puede fracasar de manera heroica.

La fortuna decide muchas cosas. Pero no decide cuánto vale un hombre.

Quizá ahí esté una de las grandes aportaciones de nuestra tradición: haber recibido, desarrollado y transmitido durante siglos una idea universal del hombre.

Y haberla convertido en literatura, en derecho, en pensamiento político, en conciencia crítica frente al poder y, finalmente, en una determinada manera de estar en el mundo.

*** Beatriz Paredes Camuñas es la presidenta de la Fundación Unidos por la Historia y directora del podcast Osos y Flamencos: Historias de la diversidad hispana.

*** Este texto es la transcripción de la intervención de Beatriz Paredes en las jornadas sobre la Tradición Jurídica Hispánica organizadas por EL ESPAÑOL en el Senado.