Michelle Bachelet durante el debate de los candidatos a secretario general de la ONU.

Michelle Bachelet durante el debate de los candidatos a secretario general de la ONU. Eduardo Munoz Reuters

Tribunas

Bachelet en la ONU: una derrota anunciada

El fracaso de Bachelet confirma que calibró mal su legendaria tendencia a cuidar su imagen política y personal.

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La fallida aspiración de la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, de ocupar la secretaría general de la ONU a partir de 2027 ha ilustrado de nuevo una lección invaluable: en política basta con cometer el primer error y todos los demás vienen como consecuencia.

Repasemos las piezas.

De manera poco meditada, el presidente Gabriel Boric, sólo cinco semanas antes de terminar su mandato, muy debilitado políticamente y habiendo perdido las elecciones, confirmó de manera oficial dicha candidatura, que había anunciado en septiembre del 2025, sin haberla convenido (o al menos intentado) con su sucesor José Antonio Kast que para entonces ya era presidente electo de Chile.

La lectura del nuevo Gobierno fue que había sido una movida inoportuna, carente de tacto y, peor aún, un albazo diplomático. Ese fue el primer error.

Ya en funciones, Kast naturalmente retiró el apoyo a Bachelet anticipando que la dispersión de propuestas latinoamericanas presentadas (procedentes de Argentina, Costa Rica, Ecuador y Guyana) para esa misma posición y las diferencias políticas entre su sector partidista la hacían "inviable" y fallida, como en efecto sucedió.

En esa deriva se cometió el segundo tropiezo: pretender introducir de manera muy forzada la opción de Bachelet, ahora bajo el alero solitario de Brasil y México, las dos economías más grandes de la región ciertamente, pero sin peso político real en el escenario global ni en el laberíntico ecosistema de la ONU ni en el inner circle de la Casa Blanca.

Michele Bachelet.

Michele Bachelet. Cedida

De hecho, argumentar que era hora de que el organismo fuera encabezado por alguien de América Latina no tenía mayor sentido en la medida en que, como advirtió Ricardo Lagos, el expresidente chileno, en 2022, en el reacomodo geopolítico y económico global "nuestra capacidad de incidir en él como América Latina es muy pequeña. América Latina está en el peor de los momentos".

En el caso de México, además, era más que evidente no sólo la debilidad internacional de su actual gobierno reflejada, entre otras cosas, en su penoso historial de huidas, fracasos y derrotas sufridas en las candidaturas que ha presentado en los últimos años tanto para la presidencia del BID como para distintos cargos del sistema de Naciones Unidas (OMC, OPS, ONU Turismo y UNESCO) a las que ahora, de la mano de Brasil, se suma la de la ONU.

Peor todavía fue el hecho de que tanto personeros experimentados del equipo de Bachelet como de los dos países patrocinadores, Brasil y México, buscaron que la expresidenta fuera recibida por algún funcionario de cierto nivel en Washington o de la representación norteamericana ante la propia ONU.

La gestión fracasó y eso debió haber sido la señal definitiva de que su candidatura no transitaría.

El tercer error fue de coherencia. Tan pronto surgió su nominación, los observadores especializados recordaron que Bachelet había declinado competir en 2022 para su reelección al frente de la oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU alegando "razones familiares y de edad" y su deseo de volver a Chile. Fue un mero pretexto para no exponerse porque en ese momento todo indicaba que habría salido derrotada.

Medios como Foreign Policy, entre otros, enjuiciaron severamente la gestión de Bachelet argumentando que incumplió con su responsabilidad moral y política, especialmente en el caso de China, y que su gestión estuvo "marcada por una crisis de derechos humanos sin precedentes".

Varios organismos defensores de derechos humanos fueron también particularmente duros con la candidata Bachelet.

Hillel Feuer, director ejecutivo de UN Watch, por ejemplo, escribió que Bachelet "falló repetidamente en alzar la voz contra algunas de las peores dictaduras del mundo. Reiteradamente no usó su voz contra algunos de los regímenes más poderosos y represivos, incluyendo China, Irán, Cuba, Corea del Norte y Arabia Saudí. Permaneció en gran medida en silencio sobre presos políticos, disidentes, persecución religiosa, leyes forzadas hasta las últimas horas de su mandato. Elevarla ahora al cargo más alto de la ONU enviaría la señal de que mirar hacia otro lado ante la tiranía no tiene costo, e incluso puede ser recompensado" (The UN can't afford another appeaser: Why Michelle Bachelet must not lead, The Jerusalem Post, 6 de junio de 2026).

Es válido preguntarse ¿cuáles fueron los activos y las fortalezas con que decidió presentarse ahora a la máxima posición en la ONU?

La única explicación posible es que calibró mal su legendaria tendencia a cuidar, por encima de todo, su imagen política y personal.

Finalmente, hubo falta de realismo. Bachelet es uno de esos personajes cuya figura ha sido muy sobrevalorada. Su biografía familiar (su padre, un militar de alto rango, fue asesinado por la dictadura de Pinochet y ella se exilió en Alemania muy joven) la catapultó para su primera elección, pero su segundo gobierno resultó un fracaso total: bajo crecimiento, reformas políticas mal diseñadas y peor ejecutadas y un discreto 39 % de aprobación al final de su gestión.

Fue un mandato, apuntó José Joaquín Brunner, carente "de conducción política, de solidez técnica y de capacidad de gestión".

Más aun, como acusó sin rodeos el expresidente Sebastián Piñera, el "pacto social" que produjo resultados tan exitosos para Chile entre 1990 y 2020 empezó a resquebrajarse, "sin duda, durante el segundo gobierno de Bachelet. Allí los treinta años fueron sometidos a un ataque sin piedad y se quiso demostrar al país que en ese período hubo treinta años de abuso, oscurantismo y retrocesos".

Al formular y sostener esa versión, Bachelet se dio un tiro en el pie porque se enajenó las simpatías de una parte de su propia coalición partidista.

Esa narrativa, conveniente a Bachelet, fue al final profundamente oportunista, no correspondió a la verdad histórica y resultó políticamente dañina para el progresismo chileno, como se vio en las elecciones de 2025.

La derrota de Bachelet en el proceso de la ONU supone, finalmente, la confirmación de que en política el engaño es, frecuentemente, autoengaño.

*** Otto Granados Roldán ha sido embajador de México en Chile (1999-2001 y 2013-2015).