Iraníes exiliados se manifiestan a favor del ataque de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolás.

Iraníes exiliados se manifiestan a favor del ataque de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolás. EFE

Tribunas

Trump no es Esther y Jamenei no es Amán

Irán es un animal herido que no dudará en hacer todo el daño posible antes de morir. Por lo pronto, ha atacado Kuwait, Emiratos, Bahréin, Arabia Saudí y Qatar.

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Los concilios de Charroux y de Clermont establecieron la prohibición de combatir durante el Adviento y la Cuaresma.

El Corán, si bien no establece claramente que prohíbe la violencia durante el Ramadán, sí habla de "una desincentivación moral del uso injustificado de la violencia".

El judaísmo prohíbe el trabajo, el porte de armas y, por supuesto, el uso de la violencia durante el Shabat.

A pesar de todos estos elementos, el ataque de Estados Unidos y de Israel a Irán parece estar teñido de una simbología religiosa. No es extraño: Donald Trump suele recurrir a ella debido a esa vocación mesiánica que impregna sus administraciones.

El lunes, los judíos de todo el mundo celebran Purim, una festividad que se ha secularizado y convertido en "el carnaval judío".

Purim conmemora la acción de Esther, quien denunció a Amán ante el rey y salvó a los judíos de una muerte segura en Persia, la actual Irán.

Aunque Trump y Netanyahu quieran presentarse ante sus respectivas poblaciones como sus salvadores, están muy lejos de serlo. El ataque conjunto de Washington y Jerusalén a Irán esconde oscuros intereses que están muy lejos de hacer de la región de Oriente Medio, en particular, y del mundo en general un lugar más seguro.

Occidentales se manifiestan a favor de los ayatolás y en contra del ataque conjunto de Estados Unidos  e Israel.

Occidentales se manifiestan a favor de los ayatolás y en contra del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel. EFE

La Operación Rugido del León, que es como se ha denominado en Israel, tiene por objetivo un cambio de régimen.

Supuestamente, la población iraní debería levantarse en armas contra los ayatolás, provocando un cambio de régimen.

Si bien es cierto que esto sería un objetivo deseable, Irán es un Estado sultanístico. Las lealtades se pagan con dinero y las deslealtades, con la cárcel o la muerte.

Se calcula que cerca del 10% de la población de Irán (9,3 millones) vive directamente del Estado, ya sea mediante un empleo o mediante transferencias directas del gobierno.

Además, el pueblo de Irán es profundamente orgulloso de su historia y de su identidad.

El mejor ejemplo lo encontramos en la guerra de Irán-Irak. Cuando las tropas de Sadam Husein entraron en la región iraní de Juzestán para liberar a los "hermanos árabes" del yugo persa, muchos de sus habitantes se rebelaron contra el invasor.

El ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán, en caso de tener éxito y de acabar con el régimen de los ayatolás, tiene pocos visos de convertirse en un cambio de régimen exitoso.

En primer lugar, porque la República Islámica de Irán lleva muchos años echando raíces en su población y muchos iraníes se han convertido en una parte fundamental del régimen.

En segundo lugar, porque los iraníes pueden interpretar estos ataques no como una ayuda, sino como una amenaza a lo que son y, lejos de conseguir ese cambio, pueden reforzar las posiciones más radicales.

Además, el mismo nombre de la operación, Rugido del León, nos indica cuál es la intención final: la restauración del sha. En la cultura persa, el León se identifica con Alí y, sobre todo, con las dos últimas dinastías reinantes: la Kayar y la Pahlevi.

El sha de Persia, antes de su huida del país, atesoraba un importante historial de represión en diferentes hitos históricos, entre los que podemos destacar la Revolución Blanca (1963), las protestas de Qom y de Tabriz (1978) o el fatídico Viernes Negro en el que las fuerzas de Mohammad Reza Pahlavi abrieron fuego contra las personas que se manifestaban en la plaza Yalé (hoy Shohada), asesinando al menos a ochenta y ocho civiles, según las estimaciones más conservadoras.

Además, Irán es un animal herido que no dudará en hacer todo el daño posible antes de morir. Por lo pronto, ha atacado Kuwait, Emiratos, Bahréin, Arabia Saudí y Qatar.

Si bien es cierto que el hecho es una catástrofe para las poblaciones de estos países, puede ser un punto de salvación para Netanyahu y Trump.

El primero se encuentra acorralado por la corrupción y por las acusaciones de crímenes internacionales.

El segundo ha sufrido un gran varapalo por parte del Tribunal Supremo, que ha anulado su principal arma: los aranceles.

Si consiguen reactivar el fantasma del enemigo iraní, se podría descongelar la acción más exitosa de ambos en política exterior: los Acuerdos de Abraham. Si lograra que Arabia Saudí reconociera a Israel y normalizara sus relaciones diplomáticas, Netanyahu podría presentarse ante sus electores como el líder que acabó con Hamás, con Hezbolá y con los ayatolás.

Al mismo tiempo, habría normalizado las relaciones con Arabia Saudí.

Por su parte, Trump cerraría su círculo mesiánico defendiendo que habría acabado con las guerras en el Congo, Azerbaiyán y Oriente Medio, además de haber encarcelado a Maduro.

A pesar de estos posibles logros, lo que Trump no sabe es que Esther acabó ocupando un rol secundario, de reina, al servicio de Mardoqueo, un hecho que Trump no está dispuesto a asumir.

*** Alberto Priego es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia de Comillas.