Los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez junto a Diosdado Cabello Reuters
Venezuela, de la ley a la ley
El reparto de la transición venezolana y la española se parecen: Juan Carlos I es Trump, Fernández-Miranda es Jorge Rodríguez, Suárez es Delcy, Milans del Bosch es Diosdado Cabello y Felipe González es María Corina.
Los españoles, independientemente de su posición, saben que las transiciones traen en el menú el tragarse unos cuantos sapos.
De repente, sin ton ni son, el conflicto desaparece y aparecen las amnistías, las habilitaciones, las liberaciones de presos políticos, la apertura económica y otras yerbas aromáticas que causan alergia en los regímenes autoritarios.
Ese momento se suele vender como reconciliación, se suele discutir como moral y, casi siempre, se decide como mecánica.
La Transición española quedó resumida en una frase que suena elegante porque es brutalmente práctica: "de la ley a la ley". Torcuato Fernández-Miranda entendió que el cambio profundo, el verdadero, el duradero, no se da por revoluciones sino por ajustes paulatinos que, casi, parecen continuidad cuando, realmente, la sustancia cambia por dentro.
En 2026, Venezuela está entrando en un terreno que se parece a esa fase.
Y no hace falta romantizar a nadie para verlo: el poder está empezando a moverse en instrumentos jurídicos desde que, el 3 de enero, las fuerzas estadounidenses pescaron al dictador Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores para depositarlos en una helada cárcel en Nueva York.
De hecho, informalmente, hasta el reparto se parece, salvando las obvias distancias. Sin embargo, en este caso, echar mano de la imaginación ayuda.
Adolfo Suárez junto al dictador Francisco Franco, bajo cuyo régimen fue secretario general del Movimiento.
En este marco, el rey Juan Carlos es Trump, Fernández-Miranda es Jorge Rodríguez, Adolfo Suárez es Delcy Rodríguez, Javier Milans del Bosch es Diosdado Cabello y Felipe González es María Corina Machado.
La comparación no pretende convertir Caracas en Madrid, pero sí ayuda a ordenar funciones, incentivos y vetos, que es donde se ganan o se pierden estas cosas.
El papel del Rey en España fue el de tutela efectiva, un eje que podía hablarle al Estado con autoridad reconocida, sobre todo cuando el proceso rozaba el pánico. El director de orquesta.
En Venezuela, esa tutela no nace de la legitimidad interna de una Corona sino del músculo externo y del hecho de que Washington está marcando el carril en el que se puede mover el nuevo equilibrio. Esto quedó harto demostrado el 3 de enero y en días subsiguientes.
De hecho, el actual gobierno de Estados Unidos, con su acostumbrado desparpajo, lo ha dejado claro explícitamente.
La designación de Laura Dogu como encargada para el dossier venezolano, el aterrizaje en Caracas y el discurso público sobre una hoja de ruta por etapas son señales de que el garante existe y se está dejando ver, con un objetivo claro: que lo que pase sea ejecutable. Que lo que pase sea lo que en Washington diseñaron.
Torcuato, en este reparto, es Jorge Rodríguez, y eso se sostiene porque su valor no está en la popularidad ni en la narrativa sino en su capacidad de urdir acuerdos, hilar los tejidos legales y administrar los tiempos.
"El mensaje que vende hacia fuera es de reforma mientras el mensaje que necesita sostener hacia dentro es control"
Esta semana, la Asamblea Nacional aprobó en primera discusión una Ley de Amnistía con un alcance enorme, pensada para cubrir delitos asociados a protestas y a crítica política. Y con un paquete de efectos que va desde restitución de activos hasta la eliminación de alertas internacionales para que los exiliados puedan regresar.
Ese tipo de texto es el lenguaje de un sistema que intenta reescribir el tablero sin desmontar el tablero.
Suárez, en el reparto venezolano, es Delcy Rodríguez, con el respeto que merece el expresidente español. Sin embargo, la similitud viene de que el ejecutor no es quien diseña la salida, sino quien la convierte en actos concretos y absorbe el coste.
Delcy, empujada por Trump y su hermano Jorge, está operando como presidenta interina en un momento donde el Estado tiene que demostrar que manda sin parecer que se desmorona.
Por eso, sus gestos combinan legislación de alto impacto con decisiones simbólicas que buscan marcar una ruptura administrada con el pasado inmediato, como el anuncio sobre el cierre del tenebroso El Helicoide, el mayor centro de torturas de Latinoamérica y que se ha convertido en el símbolo perfecto del horror chavista.
El mensaje que vende hacia fuera es de reforma, mientras el mensaje que necesita sostener hacia dentro es control.
Milans del Bosch, en esta lectura, es Diosdado Cabello, el del garrote del veto que no necesita escribir leyes para existir sino que todos crean que puede romper la mesa cuando quiera.
Por supuesto, Milans del Bosch no tenía la mayor recompensa del mundo sobre su cabeza: Estados Unidos aún ofrece 25 millones de dólares por su captura. Ni el terrorista más terrorista del mundo tiene ese precio.
"La amnistía es un intento de transformar la correlación de fuerzas en hechos administrativos que, una vez firmados, cuesta más revertir que un discurso"
Por eso, Cabello sabe que juega en la cuerda floja: si lo ven débil, se lo cargan; si lo ven demasiado fuerte, se lo cargan.
En Venezuela, el ala intransigente vive en el control del aparato coercitivo, en los expedientes, en la calle, en la capacidad de intimidación selectiva y en una reputación construida durante años. Se basa en un miedo que, sin embargo, se ha ido perdiendo desde el 3 de enero. Algo así como en el Mito de la Caverna.
Felipe González, en este reparto, es María Corina Machado por una razón fría: el polo de futuro no se mide por su rol en la ingeniería del cambio sino por su capacidad de encarnar el "después" y sostener gobernabilidad cuando la adrenalina se sosiegue.
El hecho de que, tras diversas reuniones en Washington, Machado haya decidido respaldar públicamente el actual ciclo, la fortalece.
Con ese mapa, el concepto "de la ley a la ley" deja de ser una referencia cultural española y se convierte en un prisma bajo el que leer el presente venezolano.
Una amnistía con ventana temporal amplia, con restitución de activos, con levantamiento de inhabilitaciones, con efectos sobre sanciones y alertas, es un intento de transformar la correlación de fuerzas en una serie de hechos administrativos que, una vez firmados, cuesta más revertir que un discurso.
Por eso, este momento es más serio de lo que parece. No está diseñado para convencer al público, sino para modificar el terreno de juego.
El riesgo, para cualquiera que quiera analizar esto con honestidad, es confundir forma legal con desenlace político. "De la ley a la ley" puede producir una salida real, y también puede producir un reempaquetado donde cambian los nombres, cambian los símbolos, cambia el relato y la estructura profunda conserva sus palancas.
No es por menos que, en estas mismas líneas, hemos advertido que los hermanos Rodríguez siempre han soñado con un chavismo peronista. Es decir, que puede dejar el palacio presidencial sin, realmente, perder el poder.
*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.