El presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Valladolid, Luis Argüello

El presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Valladolid, Luis Argüello Miriam Chacón Ical

Tribunas

¿Obliga la caridad cristiana a apoyar la regularización del Gobierno?

Cuando se usa la Doctrina Social de la Iglesia como una filantropía emotivista, abstraída del carácter excepcional del fenómeno migratorio actual, se la está falseando y generando escándalo.

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Tras décadas de descristianización, con el amago de supuestos revivals, parece que la Iglesia española vuelve a ser una voz central en el debate público a raíz de su celebración de la regularización exprés de inmigrantes anunciada la semana pasada.

Plumillas y tertulianos, aprovechando el benedícite, desempolvaban sus recuerdos de las clases de religión de su colegio de monjas para catequizar a la población española a este respecto. Versículos de la Biblia, apelaciones al universalismo paulino y referencias a la Doctrina Social de la Iglesia son esgrimidos como argumentos de actualidad para hisopar el Real Decreto.

Aceptando el envite, quisiéramos tomarnos en serio el enfoque y tratar de enmarcar lo sucedido en su contexto.

El forastero al que se refieren las Escrituras es una persona vulnerable que aparece incidentalmente y necesita de nuestra asistencia. Acoger al extranjero y al peregrino es exigencia de la caridad y en la Biblia forma parte de la desmitificación de los mecanismos del chivo expiatorio que tanto estudia Girard.

Sin embargo, el fenómeno que estamos experimentando no es parangonable a ningún caso que aparezca en la Biblia. Si a Abraham en vez de ver acercarse a tres visitantes a las encinas de Mambré hubiera visto a un contingente de amorreos dispuestos a instalarse en su casa, quizás no se habría postrado a sus pies.

Esto no es una cuestión que pueda resolverse desde una actitud subjetiva de acogida, sino como problema político.

Como decía Julien Freund, lo político es fundamentalmente un problema de intensidad. Ha habido momentos de la historia de España en que la inmigración no suponía un problema político y se agotaba en la esfera de la conciencia: en el trato dispensado al distinto.

Pero hoy no estamos en ese caso.

La Doctrina Social de la Iglesia constituye una serie de directrices en el ámbito de los principios, pero en ningún caso pretende ser un programa político aplicable en cualquier contexto. No sustituye el ejercicio de la prudencia ni pretende actuar al margen de consideraciones históricas.

El fenómeno migratorio que están experimentando las sociedades europeas no puede despacharse como un asunto de hospitalidad ordinaria, sino que hay que constatar su radical excepcionalidad.

Si se quieren trazar comparaciones históricas, más que casos ejemplarizantes de la Biblia, habría que remitirse a episodios de grandes transformaciones demográficas como los que encontramos en las migraciones indoeuropeas, en los movimientos germánicos de finales del Imperio romano o en los desplazamientos forzosos por la partición de la India.

No puede hacerse ningún planteamiento moral de acogida obviando esta excepcionalidad. Además, quien se asome honestamente al magisterio pontificio, se dará cuenta que lo que se pretende es una síntesis que realce la dignidad humana del extranjero y la acogida responsable según las capacidades del Estado receptor.

"El fenómeno migratorio que están experimentando las sociedades europeas no puede despacharse como un asunto de hospitalidad ordinaria, sino que hay que constatar su radical excepcionalidad"

Así, se afirma que la acogida debe ser "generosa y responsable, compatible con el bien de la propia comunidad" (Fratelli tutti, 129) y subordinada al "bien común" y a las "diversas condiciones jurídicas" (Catecismo, 2241).

Vemos que esta regularización estimada en 840.000 personas (que acabarán siendo muchas más por la reagrupación familiar y el efecto llamada consiguiente) no ha ido acompañada de una ampliación en la infraestructura del país, ni de una nueva veta de demanda de puestos de trabajo. ni de un incremento en la oferta de la vivienda.

Aplaudir esta medida en un momento de precariedad de infraestructura, salarios, poder adquisitivo, vivienda, recursos sanitarios y seguridad es instrumentalizar irresponsablemente la Doctrina Social de la Iglesia.

¿Y cuál será el límite de la caridad? ¿Volveremos a regularizar en un año o dos cuando vuelva a llenarse la bolsa de la inmigración irregular? ¿Por qué no?

Estas cuestiones son relevantes y deberían haber sido tenidas en consideración en el comunicado de la Conferencia Episcopal.

Con este comunicado, la moral de la Iglesia aparece como lo que no es, como una de las luxury beliefs o "creencias de lujo". Como una opinión que otorga prestigio moral sin tener que asumir las consecuencias que de ella se deriven.

La moral cristiana, como toda moral de altura, se articula en torno al prójimo. Es una llamada a todos los hombres, pero se actualiza en el próximo, en la realidad cercana en la que debemos entregarnos.

No se disuelve en los lejanos horizontes de la abstracción, sino que se materializa en la llamada concreta. No es difusa solidaridad con la humanidad, sino amor a quien tengo al lado. Por eso es mucho más exigente.

"No tendría sentido desguazar una nación para atender a todos los necesitados de la tierra, como tampoco que un padre de familia recogiera personas sin hogar para meterlas en las habitaciones de sus hijos"

Como señalaba Chesterton, "la Biblia nos dice que amemos a nuestros vecinos, y también a nuestros enemigos; probablemente porque suelen ser la misma gente". Es fácil perderse en ensoñaciones filantrópicas, pero difícil atender las molestias de lo cotidiano.

No eres responsable de solucionar todos los problemas del mundo, sino algo mucho más difícil: eres guardián de tu hermano. Es una propuesta sobrenatural, pero que se edifica en lo natural.

No tendría sentido desguazar una nación para atender a todos los necesitados de la tierra, como no lo tendría que un padre de familia recogiera personas sin hogar para meterlas en las habitaciones de sus hijos.

La caridad no es irracional ni suicida. En ocasiones puede desafiar la lógica humana, pero siempre poniendo el propio cuerpo, no con el dinero de los demás, los barrios de los demás, o los empleos de los demás.

Es importante luchar por la dignidad y contra la explotación del inmigrante. Pero esto no puede llevarnos a un emotivismo que nos abstraiga de los problemas estructurales de nuestra patria ni del momento histórico que estamos viviendo.

Y cuando se usa la Doctrina Social de la Iglesia como palio bajo el que cobijar lo que no es sino una turbia maniobra política, se la está falseando y generando escándalo.

*** Javier Crevillén es profesor de Filosofía del Derecho y Humanidades.