El catedrático Ángel Pelayo durante su intervención en la toma de posesión como rector de la UIMP ante la ministra Diana Morant.

El catedrático Ángel Pelayo durante su intervención en la toma de posesión como rector de la UIMP ante la ministra Diana Morant. EFE

Tribunas

Ángel Pelayo González‑Torre: un rector para consolidar el liderazgo intelectual de la UIMP

La Universidad Internacional Menéndez Pelayo apuesta por el pensamiento, el rigor y el liderazgo internacional con el profesor doctor Ángel Pelayo González-Torre.

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Este 27 de enero, en el salón de actos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y bajo la presidencia de la ministra de Ciencia del Gobierno de España, tomó posesión como rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo el profesor doctor Ángel Pelayo González-Torre, el decimosexto rector de esta universidad singular.

El acto, solemne y sobrio, fue algo más que un trámite administrativo. Simbolizó el respaldo institucional a una trayectoria académica y humana sólida, coherente y profundamente comprometida con la universidad pública, el pensamiento crítico y la proyección internacional del conocimiento.

El nombramiento de Ángel Pelayo por parte del Ministerio es, sin duda, una decisión acertada y oportuna.

En un tiempo que exige liderazgo intelectual, experiencia de gobierno y una concepción humanista del saber, la elección del nuevo rector de la UIMP expresa una clara voluntad de fortalecer una universidad que ha sido históricamente espacio de diálogo, apertura y excelencia.

El Ministerio no sólo ha reconocido una trayectoria impecable, sino que ha apostado por una forma de entender la universidad como servicio público y como conciencia crítica de su tiempo.

"La verdadera amistad es una lenta maduración del afecto y de la confianza", escribió Cicerón.

Pocas experiencias universitarias permiten comprobarlo con tanta verdad como el trabajo compartido al servicio de una institución que se ama. Hay compañeros que lo son por circunstancia, y hay otros, muy pocos, que acaban formando parte de esa familia elegida que la vida va construyendo con el tiempo, la lealtad y la complicidad intelectual.

El Palacio de La Magdalena, sede de los cursos de verano de la UIMP.

El Palacio de La Magdalena, sede de los cursos de verano de la UIMP. EFE

Conocí a Ángel Pelayo González-Torre en los años en los que compartimos responsabilidades de gobierno en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, durante el rectorado de Salvador Ordóñez.

Fueron años de trabajo intenso, de viajes constantes, de decisiones complejas y de una dedicación absoluta a una universidad que entendíamos, y seguimos entendiendo, como un servicio público al pensamiento, a la ciencia y a la cultura.

En ese tiempo, entre inauguraciones académicas, cursos de verano, sedes repartidas por la geografía española y largas conversaciones más allá de los despachos, fue fraguándose una relación que trascendió lo profesional para convertirse en una amistad profunda, serena y fiel.

Trabajar junto a Ángel Pelayo ha sido siempre como navegar con alguien que conoce bien los mapas, pero que no olvida levantar la vista hacia el horizonte.

Discreto en las formas, firme en los principios, generoso en el trato, ha sabido conjugar el rigor intelectual con una rara cualidad humana: la capacidad de cuidar a las personas sin renunciar a la exigencia.

Por eso estas líneas no nacen sólo del reconocimiento institucional al nuevo rector de la UIMP, sino también del afecto sincero de quien ha compartido con él un proyecto común, una forma de entender la universidad y una manera honesta de estar en el mundo.

"Hay universidades que se miden por estadísticas. Y hay otras que se reconocen por una forma de pensar y de estar en el mundo. La Universidad Internacional Menéndez Pelayo pertenece a esta última estirpe"

En ese tiempo de trabajo intenso y de proyecto compartido, mi recuerdo y mi cariño se dirigen también, de manera muy especial, a dos mujeres excepcionales que fueron alma y sostén del equipo de gobierno del rectorado de Salvador Ordóñez.

Mari Cruz Díaz, gran ingeniera agrónoma, presidenta del Real Colegio de Ingenieros Agrónomos y académica de enorme prestigio, era para todos nosotros mucho más que una vicerrectora: era raíz firme y refugio cálido.

Como la buena tierra que nutre sin hacerse visible, hacía crecer a quienes trabajábamos a su lado, cuidándonos, literalmente, como una madre sabia y generosa.

Y junto a ella, Virginia Maquieira, capaz de organizar la vida cultural de la UIMP como nadie, dotando cada actividad de sentido, belleza y humanidad. Tenía la palabra justa y el gesto oportuno; era como una música de fondo que armoniza, acompaña y deja huella.

Esa misma concepción coral de la universidad se sostuvo también en la relación con los directores de las sedes de la UIMP, auténticos custodios del espíritu de la institución en cada territorio.

Entre todos ellos ocupa un lugar muy especial Antonio Monclús, gran amigo, codirector de mi tesis doctoral y director de la sede de La Línea de la Concepción durante años decisivos.

Antonio fue, y sigue siendo, de esos universitarios que hacen escuela sin alzar la voz. Firme en los principios, generoso en el acompañamiento, profundo en la reflexión. Falleció hace ya diez años, pero su presencia permanece viva, latente y constante en mi mente y en mi corazón.

"Viajar con la UIMP es participar en una experiencia intelectual compartida, donde el diálogo académico continúa más allá de las aulas"

Junto a él, Carmen Sabán, gran académica, codirectora junto a Antonio de mi tesis y, sobre todo, gran persona, amiga incondicional y admirable.

Carmen posee esa rara virtud de unir rigor intelectual y calidez humana. Es una de esas presencias que sostienen lo esencial sin necesidad de protagonismo.

Hay universidades que se miden por estadísticas. Y hay otras, muchas menos, que se reconocen por algo más duradero. Por una forma de pensar y de estar en el mundo. La Universidad Internacional Menéndez Pelayo pertenece a esta última estirpe.

Hablar de la UIMP es hablar de una geografía del pensamiento. Santander, Sevilla, Valencia, Barcelona, Cuenca, Cartagena, A Coruña, Pirineos, Madrid y La Línea de la Concepción. Cada sede es un espacio donde el conocimiento se enraíza en el territorio y se abre al mundo.

Viajar con la UIMP es participar en una experiencia intelectual compartida, donde el diálogo académico continúa más allá de las aulas.

Y si hay un lugar que condensa ese espíritu, es el Palacio de la Magdalena, en Santander. Frente al mar, la universidad adquiere una dimensión casi simbólica. Allí, el paisaje forma parte del pensamiento.

Recuerdo con especial cariño, y con esa nostalgia serena que sólo concede el tiempo bien vivido, aquellas cenas y comidas en la Magdalena, compartidas con mi querido amigo Ángel Pelayo, cuando la universidad se prolongaba alrededor de una mesa y el diálogo académico se transformaba en conversación humana.

Bajo aquellos techos cargados de historia coincidimos con personalidades que forman parte de la memoria intelectual y moral de nuestro tiempo: la reina Sofía; Mario Vargas Llosa; Gregorio Peces-Barba, maestro de maestros y maestro de Ángel; el presidente de los Estados Unidos de América Jimmy Carter; el Nobel Mario Molina; Margarita Salas, la científica española más importante del siglo XX y amiga entrañable, cuya escuela Qi celebra su 25 aniversario; Montserrat Caballé y mi querida y siempre recordada Teresa Berganza, cuya voz y humanidad ennoblecían cualquier encuentro; mi amigo Bernardo Hernández, ejemplo del talento español en la escena global; y Felipe VI y Letizia Ortiz, entonces príncipes de Asturias y actualmente nuestros queridos reyes de España.

Aquellos encuentros eran celebraciones del pensamiento. Como escribió Montaigne, "la conversación es el ejercicio más fructífero del espíritu".

Y cuando caía la noche, la luz del Cantábrico se desdibujaba tras los cristales, el sonido de los cubiertos marcaba el ritmo pausado del tiempo y los pasos resonaban en los pasillos del palacio. Entonces uno comprendía, con Ortega y Gasset, que sólo se avanza cuando se piensa en grande y se mira lejos.

Hay, además, una dimensión íntima que acompaña y explica la manera de ser de Ángel Pelayo. Su vínculo profundo con sus queridas hermanas, mujeres excepcionales, forma parte esencial de su equilibrio humano. Y sobre ese tejido de afectos late siempre la memoria de su madre, con la que le unía un amor incondicional.

Cabe pensar que, desde ese lugar sereno donde habitan quienes nos enseñaron a amar sin medida, contempla hoy con legítimo orgullo el camino de su amado hijo.

Con Ángel Pelayo al frente, la UIMP inicia una nueva etapa en un tiempo complejo, que exige universidades abiertas, internacionales, interdisciplinares y profundamente comprometidas con los grandes retos de nuestro tiempo. La universidad del siglo XXI necesita rigor intelectual, memoria, innovación y vocación de servicio público.

El camino continúa con rumbo firme y con la convicción de que el conocimiento, vivido así, sigue siendo una de las formas más altas de servicio a la sociedad.

*** Fernando de Saavedra es patrono de la Fundación UIMP-Campo de Gibraltar.