Donald Trump, durante su intervención ante el Comité Nacional Republicano.

Donald Trump, durante su intervención ante el Comité Nacional Republicano.

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La diferencia sustancial que aporta Trump es que el clásico maquillaje hipócrita para justificar intervenciones ha saltado por los aires, dejando al descubierto la descarnada crudeza de sus intereses.

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Hay quienes siguen creyendo en la vigencia real de la Carta de Naciones Unidas y, en cambio, ya no tienen fe en la existencia de los Reyes Magos de Oriente. Francamente, no se entiende la contradicción.

Existen indicios mucho más sólidos para creer en la magia de una noche tan hermosa como la de todos los cinco de enero que evidencias que nos permitan confiar en un mundo regido por reglas basadas en el derecho internacional, la convivencia pacífica y soberana entre Estados. En la defensa irrestricta de los derechos humanos y la tajante imposibilidad de deponer ningún gobierno, por muy sangriento y dictatorial que sea, a base de bombazos.

Bombazos patrocinados, además, por quien no disimula sus querencias imperiales y es capaz de reconocer, sin maquillaje ni disimulo, que la democracia y los derechos humanos le importan, si me permiten la ordinariez, una mierda.

¿Nos debería sorprender? A la vista de los antecedentes, no parece.

Somoza era un "hijo de puta" (sic), pero se trataba de "nuestro" hijo de puta. Quién sabe si la antaño vicepresidenta de la dictadura venezolana pase a ser ahora acreedora de un título similar.

Si alguien se ha ciscado históricamente en el derecho internacional, ese ha sido EEUU. Y lo sigue haciendo. Repasen las alianzas preferenciales con Israel, Arabia Saudí o Marruecos, por poner un puñado de ejemplos; o las salvajadas en Afganistán o Irak. Con y sin Trump, mucho antes de Trump.

Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez.

Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez.

Escuela de las Américas y CIA mediante, Operación Cóndor y vuelos de la muerte, golpes de Estado y un patio trasero repleto de criminales. Sátrapas, dictadorzuelos atroces ungidos como necesarios para aplicar el shock económico neoliberal y abortar cualquier alternativa, insurreccional o reformista, que abogara por una Iberoamérica no sometida a los miopes intereses de una oligarquía tan retóricamente patriotera como sustancialmente ajena a cualquier mínima noción de justicia social.

Como el célebre y corrosivo "campismo", esa hemiplejía moral que permite ver sólo una parte de la realidad, devino hace demasiado ley general, denunciar la repulsiva actuación del matón Trump y adláteres varios pareciera incompatible con hablar claro de la caricatura sangrienta en que desembocó el chavismo.

A saber, una autocracia sanguinaria, en la que una burocracia dirigente ha construido un macabro populismo sin pueblo, con más de siete millones de exiliados, con un reguero tenebroso de asesinados, torturados, perseguidos y represaliados.

Los dirigentes estadounidenses reconocen sin disimulo preferir la interlocución política con los gerifaltes del régimen que con cualquier opositor, socavar de forma explícita cualquier manifestación de soberanía del pueblo venezolano y apropiarse de los recursos del país, utilizándolos en beneficio propio. Así como establecer una nueva doctrina Monroe, con el patio trasero de siempre sometido a un remozado dominio imperial, en una regresión oscura al siglo XIX.

Como recordaba recientemente Pablo Stefanoni, si hoy no es aún mayor el clamor contra la injerencia imperialista de los EEUU, ello se debe a un régimen infame que, lejos de acercar la emancipación de los desposeídos, reducir desigualdades y poner al Estado al servicio del pueblo y de sus intereses, ha establecido una red de salvaje y brutal represión.

Una red que ha vulnerado sistemáticamente los derechos fundamentales y lastrado de forma dramática la credibilidad de buena parte de la izquierda latinoamericana, dejando huérfana de prestigio democrático, como recordaba Víctor J. Vázquez, la gran causa ética pendiente en América Latina: la justicia social.

"Es la historia interminable de Iberoamérica: de la desigualdad social más lacerante a unas oligarquías extractivas dispuestas a vender riqueza y nación al mejor postor"

Sobre la base de sistemas oligárquicos, en los que millones de personas no se acercaron nunca a la condición real de ciudadanos, en los que la apelación a una República constitucional no era más que papel mojado sin atisbo de traducción material (por cuanto jamás se respetó la dignidad de millones de los seres humanos que habitan esos territorios), es difícil extrañarse de que la descomposición social sea otra cosa que la puerta de entrada para toda suerte de caudillismos iliberales.

Es la historia interminable de Iberoamérica: de la desigualdad social más lacerante a unas oligarquías extractivas dispuestas a vender riqueza y nación al mejor postor, enterrando bajo la bota de sus intereses miopes y egoístas cualquier noción de bien común.

La otra cara de la moneda viene dada por procesos populares que terminaron disipando la esperanza de muchos y convirtiendo la promesa revolucionaria en pesadilla carcelaria.

Sistemas caudillistas, burocráticos, antipopulares y, en última instancia, tiránicos y sangrientos que no sólo han despreciado cualquier límite y contrapeso democrático (como si el Estado de derecho fuera una quimera irrealizable y, en todo caso, desaconsejable), sino que han abandonado cualquier promesa real de igualdad social y emancipación.

La atroz crudeza de una geopolítica en la que cualquier invocación a los principios del derecho internacional es ya flatus vocis, a la vista del dominio arbitrario de los gánsteres que dirigen el concierto internacional, deja al descubierto un panorama que no puede ser más sombrío.

Comprendiendo a los bienintencionados y, aún más, a los desesperados, no resulta sostenible la pretendida disociación entre un concierto internacional basado en reglas justas y la defensa de los sistemas políticos democráticos.

Si validamos el bombardeo imperial como instrumento de cambio del sistema político de cualquier país al que podamos someter por la fuerza, mañana mismo quedará (ha quedado) abierta la puerta al uso de la arbitrariedad y la fuerza por cualquier otro de los bullies locales o globales que campan a sus anchas por este mundo inhóspito.

"Si validamos el bombardeo imperial como instrumento de cambio del sistema político de cualquier país, quedará abierta la puerta al uso de la arbitrariedad y la fuerza por cualquier otro de los bullies"

La diferencia sustancial que aporta Trump es que el maquillaje del clásico pretexto hipócrita para justificar "intervenciones" ha saltado por los aires, dejando al descubierto la descarnada crudeza de los intereses más espurios.

Michel Ignatieff recordaba, en una de las reflexiones más certeras de todas las que se han escrito en los últimos días, que "los depredadores que promueven las esferas de influencia nos prometen un mundo más estable: sin policías globales, sin reclamaciones morales universalistas como los derechos humanos que justifiquen la intromisión en los asuntos de los depredadores.

La estabilidad se construirá en adelante sobre un relativismo moral franco –lo que está bien para mí es asunto mío, lo que está bien para ti es asunto tuyo– y la paz dependerá de la disuasión armada en una ley de la selva.

En el mundo en el que hemos entrado, los países más débiles deben aprender a adquirir autosuficiencia, resiliencia y astucia para mantener a raya a los depredadores".

Resulta verosímil pensar que nos encontremos ya en un punto de no retorno. La depredación y la arbitrariedad siempre ocuparon el frontispicio de las relaciones internacionales, pero quizás ahora se exhiben con una crudeza y falta de disimulo tan descarnadas como escalofriantes.

Ahí tienen la rueda de prensa de Trump, tan clarificadora como obscena, despreciando con especial saña a quienes aplaudían con ingenuo entusiasmo y no poco servilismo su patada en la puerta, y señalando como interlocutores válidos a la casta dirigente del régimen.

Ya no hacía falta siquiera apelar a la lucha contra el narcotráfico por parte de quienes, hacía apenas un mes, indultaban al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico y posesión de armas (cargos paradójicos, por cierto, en el país del fentanilo y la extrema violencia provocada por la libre posesión de armas).

El Departamento de Estado de EEUU, ocupado también en clarificar las relaciones de servidumbre que tiene reservadas para la UE y propalar de forma descarada sus amenazas a Groenlandia, publicó hace unos días en su cuenta oficial de X la máxima reveladora de su estrategia nacional: "Este es nuestro hemisferio", junto a una foto del autoproclamado sheriff mundial.

Y todavía hay quienes fingen sorpresa.

*** Guillermo del Valle es abogado y secretario general de Izquierda Española.