Todo empezó con José Luis Rodríguez Zapatero. En el desfile de la Fiesta Nacional del 12 de octubre de 2003, los estadounidenses tomaron buena nota de la falta de respeto del líder del PSOE, que se quedó sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos.

Sin duda, la segunda edición del aznarato (2000-2004), tuvo más sombras que luces. Pero es innegable que el atlantismo de José María Aznar puso a España en el mapa internacional y la consagró como un aliado fiable y amistoso de la primera potencia mundial.

La criticada foto de las Azores, la de Aznar con George W. Bush y Tony Blair, fue el mayor éxito internacional de España desde la Transición y la firma del acuerdo de adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1985.

La reunión de la Azores no suponía un reconocimiento de España como primera potencia. Pero cualquiera que recuerde un poco la historia de España deberá retrotraerse para ello al reconocimiento del peso internacional del Reino de España con Carlos III, Carlos IV (antes de Trafalgar) o de Alfonso XIII con su alianza franco-británica durante la Conferencia de Algeciras en 1906.

La excelente relación de España con Estados Unidos permitió frenar el expansionismo marroquí en el islote Perejil el 17 de julio de 2002. El despliegue diplomático y militar, tanto de la Armada como en la línea Canarias-Gibraltar-Baleares, convencieron al rey de Marruecos de que su órdago no tenía recorrido.

Las relaciones de España con los Estados Unidos se deterioraron ostensiblemente a causa del izquierdismo naif de Zapatero

Es muy probable que en los atentados del 11 de marzo de 2004, con 193 muertos y más de 2.000 heridos, jugara en parte la revancha y la intención de quebrar el atlantismo español, que es elemento fundamental de la integridad territorial y de la soberanía nacional en el citado eje Canarias-Gibraltar-Baleares.

George W. Bush no quiso saber nada del presidente Zapatero después de 2004 y no lo recibió formalmente durante los cinco años posteriores de su mandato, salvo un encuentro circunstancial, en 2008, con ocasión de una reunión del G20. Barack Obama tardó diez meses en recibir en la Casa Blanca a Zapatero, a pesar de que la ministra Leire Pajín consideraba un acontecimiento planetario la coincidencia de ambos.

Las relaciones de España con los Estados Unidos se deterioraron ostensiblemente a causa del izquierdismo naif de Zapatero. España dejó de estar en la agenda prioritaria de los Estados Unidos y ese fue el espacio que aprovechó Marruecos para afianzar sus relaciones con los americanos. Relaciones que se han estrechado durante las presidencias de Donald Trump y Joe Biden.

El periodo de mayoría absoluta del PP a partir de 2011 fue la oportunidad perdida para recuperar las deterioradas relaciones con Estados Unidos y frenar su inclinación promarroquí. Pero Mariano Rajoy no tenía una visión atlantista. Estaba centrado en las relaciones con Alemania y la Unión Europea. Además, sus preocupaciones domésticas por Francisco Correa y Luis Bárcenas acaparaban todo el tiempo de su limitada dedicación a los asuntos internacionales.

Los protocolos habituales de la diplomacia estadounidense dicen que el presidente estadounidense no suele tardar más de seis meses en recibir en la Casa Blanca a un primer ministro de un país amigo o aliado.

Los casos de corrupción y el registro por parte de la policía del despacho de Rajoy alimentaron la desconfianza de la Casa Blanca

Moncloa desplegó una gran acción lobista (a un elevado coste, como acostumbran las oficinas de Washington) para conseguir la foto de Mariano Rajoy con Barack Obama. Se podría escribir una novela picaresca contando cómo el ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo, el jefe de gabinete, Jorge Moragas, y Mariano Rajoy se escondían en los pasillos y se hacían los encontradizos con el presidente Obama con ocasión de reuniones internaciones de la OTAN o del G20. A la espera del encuentro casual con Obama, Rajoy y su séquito corrían un riesgo frente al aparato de seguridad del presidente americano.

El empeño por coincidir con Obama para que este supiera que Rajoy existía llegó hasta el extremo de acudir, con pantalón de deporte, a la misma hora del ejercicio de Obama en la cinta de caminar del gimnasio del hotel en el que se alojaban ambos. En el fondo, la administración estadounidense desconfiaba acerca de la continuidad del presidente del Gobierno español.

Moncloa contrató a Madeleine Albright para facilitar que un director general de Moncloa fuera recibido en la Casa Blanca para concertar una fecha para la visita de Rajoy a Obama. La pregunta que hizo la señora Albright a la oficina del lobby de Madrid que medió en el asunto fue “¿es una persona honorable?”.

Los casos de corrupción y el registro por parte de la policía judicial del despacho de Rajoy en Génova 13 alimentaron la desconfianza y la inseguridad de la Casa Blanca respecto al presidente español. Resultado: Obama tardó 26 meses en recibir a Rajoy. Llegó, fuese y no hubo nada.

Con estos antecedentes, y con un Gobierno débil, coaligado con partidos separatistas y con la izquierda populista, el régimen marroquí se apresuró a convertirse en aliado preferente y cliente armamentístico privilegiado de los Estados Unidos.

La política exterior no puede estar en manos de la torpeza de la ministra Arancha González Laya

Por un lado, Marruecos reconocía el Estado de Israel, lo que suponía un triunfo de Donald Trump. Por otro lado, los Estados Unidos se convertían en suministradores militares del Reino de Marruecos y reconocían la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental.

En los dos últimos años, Marruecos ha adquirido doscientos tanques M1 Abrams, drones, misiles tierra-aire y aviones de última generación F-35 que hacen de Marruecos una potencia militar capaz de amenazar el equilibrio de fuerzas en el Mediterráneo y en el Atlántico.

En el pasado mes de marzo se llevaron a cabo maniobras conjuntas del portaaviones Eisenhower con fuerzas navales y aéreas marroquíes al norte de las islas Canarias para sorpresa de los controladores aéreos españoles, que no se explicaban el espectacular despliegue aéreo. Despliegue del que no fue informada España, ni siquiera por la elemental deferencia derivada de la seguridad del tráfico aéreo comercial.

Es hora de reaccionar si España no quiere verse envuelta en graves problemas de soberanía y de seguridad nacional que afectan a Ceuta, Melilla y las islas Canarias. La política exterior no puede estar en manos de la torpeza de la ministra Arancha González Laya. Es necesario un acuerdo estratégico de defensa y de política internacional que se aleje del buenismo naif de Zapatero. Desde la firmeza y el acierto de Perejil hasta la actual crisis en Ceuta se ha recorrido un camino que debe ser rectificado.

*** Guillermo Gortázar es historiador. Su último libro es 'Romanones. La transición fallida a la democracia'. 

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