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LA TRIBUNA

La difícil distancia entre políticos y periodistas

El autor reflexiona sobre la función del periodista, su relación con las fuentes y el riesgo de perder la objetividad.

24 octubre, 2020 02:20

Cuando Arturo Pérez-Reverte tenía 16 años, haciendo prácticas en la redacción cartagenera del diario La Verdad, Pepe Monerri —el director— le encargó que entrevistase al alcalde. Ante el miedo mostrado por el adolescente, Monerri, mirándole fijamente, le dijo: “¿Miedo? Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

En La vida de un periodista, las memorias de Ben Bradlee, hay una foto de este —con papel y lápiz— entrevistando al presidente Kennedy. El matrimonio Bradlee llegó a intimar tanto con el matrimonio Kennedy que, una noche de primavera de 1960, acabaron viendo en el cine una película porno, Private Property, que estaba en el índice católico de películas prohibidas.

“Los periodistas, y particularmente los directores, siempre andan con el temor de ser seducidos por los políticos, al mismo tiempo que buscan esa seducción, o al menos una sombra de intimidad”, reflexiona Ben, quien destaca de John que entendiera el conflicto entre amistad y periodismo.

Por el contrario, Jackie no le perdonaría nunca que intentara ser amigo y periodista al mismo tiempo. Una turbadora escena lo prueba: en el Hospital Naval de Bethesda, con la sangre de Kennedy en el jersey rosa, Jackie abrazó a Bradlee, preguntándole si quería saber qué había sucedido. “Pero apenas salió la pregunta de sus labios, sintió que tenía que recordarme que lo que iba a decir no era para el próximo número de Newsweek. El corazón se me hundió al darme cuenta de que, a pesar de su dolor, ella sentía que no podía confiar en mí”.

¿Qué distancia debe haber entre los políticos y los periodistas? ¿Pueden forjar una amistad sin poner en peligro sus respectivas independencias? El actual panorama del periodismo español, cuya crisis económica se ha visto agravada por el desplome publicitario causado por el coronavirus, muestra una preocupante dependencia respecto a los partidos políticos a través de las subvenciones y la publicidad institucional. Muchos Gobiernos (el ejemplo catalán es el más aberrante) marcan la línea editorial de los medios a cambio de miles de euros, convirtiendo a muchos periodistas —por obligación o por devoción— en propagandistas.

Si cada vez que un político nos ningunea no somos capaces de levantarnos e irnos, merecemos la displicencia 

Iñaki Gabilondo, en El fin de una época, ilustra el vínculo ideal entre políticos y periodistas recurriendo a la parábola de Schopenhauer sobre los puercoespines, según la cual estos, en invierno, tienen que acercarse para darse calor, pero no tanto como para herirse: “Acercarte porque debes acercarte, porque si no percibes ese calor no estás en condiciones de contar nada. Pero nunca te acerques tanto como para pincharte, porque en ese caso ya has perdido la vida. Yo no podía ir a comer con los políticos, salvo rarísimas excepciones, porque ahí perdía la distancia”.

En Salvados, junto a la pista de pádel donde jugaba con Aznar, Pedro J. le confesó a Évole: “Tú puedes decir ‘mantengo la máxima distancia para no dejarme influir por ellos’ o tú puedes decir ‘voy a intentar estar lo más cerca posible de ellos para saber mejor cómo son y entender mejor su comportamiento’. Yo siempre he buscado la máxima cercanía y el máximo acceso, consciente de que, muchas veces, cuanto más te acercas al sol, más posibilidades tienes de que se te derrita la cera y te pegues el batacazo”.

Desde hace años, tengo la impresión de que la relación entre el político y el periodista no es frontal, de tú a tú, sino que ellos tienden a mirarnos por encima del hombro, en un acto de dominación profesional en el que siempre se sitúan por encima. Los primeros políticos que no admitieron preguntas en una rueda de prensa fueron los batasunos en los 80. En aquella ocasión, los periodistas se levantaron y se fueron. ¿Por qué aquella muestra de dignidad es tan escasa hoy en día?

Repasando la hemeroteca del último año, encuentro: durante la rueda de prensa en la que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias anuncian el Gobierno de coalición, no admiten preguntas; después de la sentencia de los ERE, tras dos semanas en las que Sánchez ha permanecido callado, permite un par de preguntas en una rueda de prensa motivada por la Cumbre del Clima en Madrid (ese mismo número de preguntas admite luego de conversar con el rey para la investidura); PSOE y Unidas Podemos vetan la entrada de los periodistas en la sala donde han firmado su acuerdo; Sánchez no acepta ninguna pregunta en la presentación del nuevo Gobierno; en la visita que hace a Fitur, se impide a la prensa seguir al presidente en su recorrido por los estands; Quim Torra, después de reunirse con Sánchez, realiza una declaración institucional sin preguntas; Casado y Arrimadas se reúnen, pero no admiten fotografías; en las comparecencias de Sánchez durante el estado de alarma, el secretario de Estado de Comunicación filtra las preguntas de los periodistas, eligiendo quién puede preguntar y sin permitir las repreguntas…

Si cada vez que un político nos ningunea no somos capaces de levantarnos e irnos, merecemos la displicencia con la que nos tratan a menudo. Aunque haya que pagar la hipoteca, ninguna subvención, ninguna publicidad institucional, debería supeditar nuestra dignidad profesional. Nuestro bloc, nuestro bolígrafo, nuestro móvil, nuestro ordenador, los libros que hemos leído… Con esas herramientas no deberían temernos, pero sí respetarnos.

¿En algún momento el periodismo ha sido un oficio con prestigio, independiente del poder político?

En Madrid, un día del verano del 49, una comisión de periodistas le entregó a Franco el carné de prensa número 1. En el tardofranquismo, la Prensa del Movimiento recibía mil millones de pesetas. El diario Madrid, que guardaba las distancias con el régimen, no recibía subvenciones. Tras expedientes y sanciones, fue cerrado en noviembre del 71. Pertrechado con su cuaderno de notas, Miguel Ángel Aguilar fue redactor jefe de aquel diario: por el editorial La protesta no es siempre moralmente condenable, le procesó el Tribunal de Orden Público.

En su autobiografía, Aguilar cuenta los perplejos lamentos de su padre: “Hijo mío, no entiendo nada. Tú eres del Opus, y yo sé que estos del Opus unos son ministros, otros son banqueros, pero a esta casa solo viene la Guardia Civil a preguntar por ti al portero”.

En Cuba, luego de escuchar cómo el director del Granma defendía con orgullo que, desde la fundación, “jamás había tenido diferencias, ni siquiera milimétricas, con el Gobierno, cuyas consignas había seguido con toda fidelidad de modo permanente”, Miguel Ángel Aguilar se levantó: “Cuando entre un periódico y un Gobierno existe una sumisión o un idilio de esa naturaleza, hay que deducir patologías”.

¿En algún momento el periodismo ha sido un oficio con prestigio, independiente del poder político, respetado por él? Durante La ruta de Don Quijote, Azorín conoció a un labriego, Martín:

—Martín —le dicen—, este señor es periodista.

—Ya, ya; este señor es de los que ponen las cosas en leyenda.

Sin embargo, Azorín, según Baroja, acabaría escribiendo “elogios excesivos de todos los Gobiernos que ha habido en España, fuera cual fuese su tendencia”.

La distancia entre Pujol y Cebrián no era la adecuada cuando este cedió a las presiones de aquel con Banca Catalana

En sus Diarios, Manuel Azaña se preguntaba cómo se hace un partido sin periódico. En otra página, describiendo los pasillos del Congreso describe su propia arrogancia: “Los periodistas no me preguntan nada porque ya saben que no les contesto”. Y en otra: “Todavía a la salida del teatro hay periodistas que me preguntan simplezas, en virtud de lo que ellos llaman ‘información’. Les contesto del modo más desabrido que sé, y nos volvemos a casa”.

En la Facultad de Periodismo no me enseñaron cuántos centímetros de distancia (física o espiritual) hay que mantener con los políticos. A pesar de ello, sé, por ejemplo, que la distancia entre Jordi Pujol y Juan Luis Cebrián no era la adecuada cuando este cedió a las presiones de aquel para que El País no publicara informaciones sobre Banca Catalana.

Sé que, durante la conferencia de prensa que dieron Adolfo Suárez y Fidel Castro en La Habana, este empezó diciendo a los periodistas: “Acérquense, que están muy lejos”. (Según Miguel Ángel Aguilar, el amontonamiento acabó con la oportunidad de preguntar, quedando comprobado que, anulada la distancia física, no se puede mantener la distancia crítica necesaria). Y sé que, a principios de verano, en La Vanguardia, John Carlin destrozó cualquier distancia mínimamente exigible con un ridículo panegírico dedicado a Pedro Sánchez, como si en lugar de ver juntos una película porno quisiera protagonizarla con él: “El jefe de Gobierno más guapo de Europa tiene el físico de un futbolista profesional”.

Aunque el poder sea uno de los mayores afrodisíacos, los periodistas, si no queremos prostituirnos, no deberíamos abrazarnos a él, manteniendo una distancia en la que, al menos, quepa un cuaderno.

*** José Blasco del Álamo es escritor y periodista.

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