Los últimos viajes de Francisco Franco y Adele Bloch-Bauer

Los últimos viajes de Francisco Franco y Adele Bloch-Bauer

LA TRIBUNA

Los últimos viajes de Francisco Franco y Adele Bloch-Bauer

Pleitos polémicos para un destino sin retorno.

La Mona Lisa austriaca reside, hoy, en el Upper East Side de Nueva York. Ni Gustav Klimt, tan lascivo como bizantino, ni Adele, tan pudorosa como bella, imaginaban que el destino final de uno de los retratos encargados al pintor pelirrojo por Ferdinand Bloch-Bauer, el amante esposo de la mecenas austriaca, sería la pieza estrella de la Neue Gallery.

La memoria histórica es la respuesta a las cicatrices de los pueblos. Unos dicen que es medicina reparadora, otros, que absurdo placebo traumático y otros, que no hay mejor vacuna para el futuro que borrar los tatuajes del pasado. Unos la ven fundamental y otros innecesaria. La polémica siempre envuelve nuestra relación con la historia que han conocido nuestros abuelos cuando ha habido pérdidas y desgarros. La tradición oral, lo que hemos conocido a través de los protagonistas, pone el límite entre lo que sigue sangrando y lo que pasa a los manuales de historia.

El retrato The Lady in gold abandonó la Galería Belvedere de Viena rumbo a Nueva York, como los restos de Franco salen del Valle de los Caídos hacia Mingorrubio. Quizás algunos consideren una osadía poner en una misma oración una obra de arte y los restos mortales de una persona. Las circunstancias son además distintas pero, en ambos casos, para su traslado, medió una resolución judicial polémica. Poco nuevo falta por decir de la salida de los restos de Franco tras el posicionamiento del Tribunal Supremo. Ya solo queda el ruido del helicóptero que albergará el último viaje del otrora dictador.

Algo parecido sucedió tras el pleito de la familia de Adele Bloch-Bauer. Su sobrina, Maria Altmann, litigó frente al Estado austriaco durante siete años, encontrando la fórmula para hacerlo en Estados Unidos, lugar al que huyó la demandante en plena invasión nazi junto a su marido, el cantante de ópera Fritz Altmann.

España se divide ahora entre quienes preferían dejar a Franco en el Valle y quienes veían una afrenta mantenerlo

Austria había preparado unas leyes para la restitución de los objetos arrebatados por los invasores, pero se había reservado el derecho a mantener en el patrimonio nacional lo que fuera de su interés, imponiendo unas tasas inasumibles para los litigios por particulares.

La opinión pública estaba dividida entre quienes se postulaban a favor de la empatía por el dolor de las víctimas del expolio nazi, por la aplicación de las leyes de restitución, y quienes pensaban que no había que remover el doloroso pasado cuando, además, afectaba al patrimonio nacional.

Para conocer mejor la historia, es altamente recomendable que vean la película protagonizada por Helen Mirren en 2015, La dama de oro, dirigida por Simon Curtis. En un momento dado, el guión incluye, refiriéndose al cuadro, un “no podríamos imaginar Austria sin ella”. También en España la tumba de Franco en el Valle de los Caídos se había convertido en parte del paisaje, si bien, como decía Brecht lo "habitual" no tiene por qué coincidir siempre con lo "normal".

España se divide ahora entre quienes hubieran preferido dejar a Franco en el Valle de los Caídos y quienes creen que era una afrenta a la historia mantenerlo ahí. Es el Tribunal Supremo el que ha zanjado la cuestión. Igual que el retrato de Bloch-Bauer, el féretro de Franco realizará este jueves su último viaje hacia su destino final, en ejecución de una resolución judicial.

Ronald Lauder (miembro de la familia propietaria de Estée Lauder) compró el cuadro por unos 135 millones de dólares a Maria Altmann, tras la baza final que supuso el descubrimiento realizado por el periodista Hubertus Czernin del testamento que había escrito Ferdinand Bloch-Bauer en el exilio suizo en 1945. Legaba los seis cuadros de Klimt a sus tres sobrinos y dejaba sin efecto las últimas voluntades de su esposa, fallecida veinte años antes por una meningitis.

Nunca sabremos qué habría dicho Franco sobre su traslado. Tampoco qué habría dicho Adele sobre el suyo

Nunca he ido al Valle de los Caídos, pero hace unos días fui a la Neue Gallery a contemplar y conocer a Adele. Parece que, según la perspectiva, tiene una u otra expresión. Melancólica, pensativa y tímida si la miras de frente. Cuando uno se aleja, al volver la vista atrás y mirándola de lado, su gesto resulta pícaro, complacido y sensual. Cualquiera diría que se trata de un guiño a la victoria, a la vuelta a su familia. Adele sigue acariciando su collar favorito, ese que acabó en el cuello de la esposa del líder nazi Herman Göering.

Nunca sabremos qué habría dicho Franco sobre su traslado. Tampoco qué habría dicho Adele sobre el suyo, aunque parece feliz sintiéndose la reina austriaca de la Quinta Avenida. Sí sabemos lo que han dicho los tribunales en Viena y en Madrid.

El paso del tiempo todo lo matiza hasta la indiferencia de la mayoría. Las minorías, las que fueron víctimas directas o indirectas de una injusticia, encuentran la reparación en las leyes, si es que la reparación existe. Muchos no entendían que para los descendientes de aquella familia expoliada fuera una ofensa que el Belvedere tuviera colgado ese retrato. Tampoco muchos españoles entienden que otros se sintieran agraviados por el hecho de que, al cabo de medio siglo de transición y reconciliación, los restos mortales de Franco siguieran en el Valle de los Caídos. Una parte importante de la población ve todo esto como innecesario, absurdo y hasta ridículo. Pero para eso están los tribunales, para resolver estos conflictos según las reglas del Estado de Derecho.

Es verdad que en el caso del retrato de Adele, el Gobierno austriaco trató de impedir el traslado y en el de los restos de Franco ha sido el Ejecutivo de Pedro Sánchez el que la ha impulsado, aplicando una resolución del Parlamento. Pero en ambos casos ha sido la Justicia la que ha tenido la última palabra. Y en ambos casos lo ha hecho a favor de la restitución y de la memoria histórica, expresiones contenidas en los respectivos textos legales, que a todos nos obligan, aunque no todos los compartan.

*** Cruz Sánchez de Lara es abogada, presidenta de Thribune for Human Rights y miembro del Consejo de Administración de EL ESPAÑOL.

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