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TRIBUNA

Mis dos encuentros con Chirac, el último de los grandes

Para el eminente historiador Jean-Pierre Rioux, el presidente Jacques Chirac, recientemente fallecido, quedará como “el último gran hombre político a la antigua, incluso comprendiendo sus zonas sombrías”; es a mi juicio una muy justa apreciación.

Francia llora a un caballero de verbo elegante y cumplido, a un hombre cultivado que no hacía precisamente alarde de su cultura, más bien la ocultaba bajo la discreción de una insólita humildad, de un desenfado inusual poco propia de los hombres de su clase, y al mismo tiempo de un humor elevado e irónico no siempre entendido por la masividad populachera -y sin embargo popular.

Chirac tuvo siempre a su favor su estatura de galán, beau garçon, y su gaullismo interpretado por una suerte de fidelidad política colindante con una catequesis de profesión a la lealtad. Después de Charles De Gaulle y en ocasiones más que el original, el gran gaullista de la historia de Francia es sin duda alguna Jacques Chirac. El más nacional y territorial de todos los presidentes franceses, incluido el General. Sorpresivamente con un gran sentido de una especie de poder, como de un nuevo pacifismo frente a los norteamericanos que observó su cumbre en el momento de la guerra de Irak. Por ello, entre otras acciones, se le recordará principalmente.

Cuando no pocos lo tildaban de inculto, de bravío, de imprudente, desveló entonces su pasión y refinado gusto por las artes primarias, que no primitivas (palabra que detestaba para definir esas artes aborígenes y africanas). Era un hombre de la tierra y del terreno, aunque no abusara de esos rasgos. Demostró que su proximidad con la cultura del campesinado, con la vida rural, provenía de una entrañable afición por las obras anónimas de los fundadores mucho antes del Descubrimiento.

En lo referente a Cuba sintió un ferviente amor por las poblaciones taína, siboney y guanahatabey. A tal punto de inaugurar exposiciones en su honor con catálogos que ilustran el profundo estudio que merecían, según su apreciación. En el Museo del Quai de Branly-Jacques Chirac, idea suya, monumento individual de su paso por la presidencia y gobernación de Francia, se exhiben piezas de gran valor pertenecientes a importantes momentos de la historia aborigen de aquella isla del Caribe, y del Caribe, así como del mundo asiático y africano.

Chirac fue también el gran aliado de los africanos con sus portentosas y hasta temibles consecuencias, quién lo pondría en duda. Un hombre conciliador hasta los límites del peligro, pero siempre conciliador.

Inolvidable su presencia por La Corrèze natal como un joven y concentrado político. Y todavía más considerable su actuación como alcalde en el Ayuntamiento principal de París.

Las mujeres de su vida, pero sobre todo su esposa Bernardette Chirac y su hija Claude, le facilitaron una cercanía y hermandad francesas al pueblo, y a la juventud. La imagen que guardarán varias generaciones de jóvenes es la de Chirac recibiendo a Madonna, siendo besado en público divertidamente por la muchacha que recién se iniciaba con su Like a Virgin; y en otro instante al presidente mismo saltándose una entrada de Métro a la manera de los bribones de los suburbios.

Chirac se ocupó especialmente de Cuba, bajo su presidencia se otorgó el premio Liberté a uno de los más conocidos disidentes de la época. Tuve la oportunidad de encontrarlo en dos ocasiones, de manera cercana e íntima. La última fue hace pocos años en el célebre restaurante La Palette, en donde el escritor suizo-cubano Alejo Carpentier gustaba de ir a devorar bandejas de frites faites maison (papas fritas hechas como en casa).

Serían alrededor de las dos y algo del mediodía, de un verano indio o de un otoño retrasado. La soleada terraza se hallaba repleta de ávidos turistas, entré al hermoso segundo salón del restaurante. Estaba vacío. Al rato, para mi sorpresa, llegaron Jacques Chirac y su asistente, acompañados de su guardaespaldas. Chirac ya avanzaba arrastrando los pies. La asistente se dirigía a él en un tono bastante alto, era evidente que su interlocutor oía mal. Chirac sonreía con esa sonrisa amplia con la que lo recordará la posteridad. Hice una señal al guardaespaldas para consultar si podía acercarme. Asintió.

- Monsieur le président… -abordé tímidamente…-. Gracias por todo lo que usted ha hecho por Cuba, por los taínos…

- Moi? -se irguió no menos tímido que yo sin reconocerme, tendió su mano, la tomé entre las mías-. Sí, por supuesto, los taínos y Cuba. Ah, los siboneyes…

Sonreí, no sabía cómo reaccionar al presentirlo medio perdido.

- ¿El otro sigue vivo? -preguntó con un guiño pícaro en una reacción de extrema lucidez.

Respondí que sí, que seguía vivo (fue antes de la muerte del Otro). De súbito, su mirada danzó por encima de las mesas, y volvió a la mía. 

- Président moi? -como si se preguntara a sí mismo.

Apreté su mano y me despedí con afecto. Chirac no padecía de Alzheimer, como se ha dicho tantas veces. Había sufrido varios AVC y en consecuencia su memoria lo abandonaba por cortos períodos de tiempo.

En verdad, mi mejor recuerdo de Jacques Chirac fue de mucho antes, cuando pudimos conversar brevemente acerca de la obra de Alexandre Dumas. Ocurrió en el año 2002, al ser invitada a la ceremonia de ingreso de los restos del gran escritor en el Panteón de los Ilustres de París.

Inolvidable también la alocución del presidente francés honrando a uno de los héroes literarios de mi vida: “Alexandre Dumas, con usted es la infancia, esas horas de lecturas saboreadas en secreto…”. Y todo París unido simulaba las obras escritas de Dumas en masivas actuaciones teatrales callejeras, frente a las cenizas del inmenso escritor y al hombre admirador y admirado que lo honraba. Sólo en Francia, sólo Chirac.

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