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. EFE

LA TRIBUNA

Los tres apellidos del PSOE

El autor denuncia una deriva del socialismo que, asegura, mancha la historia del partido y compromete su propia supervivencia política.

El pasado 6 de noviembre, en una entrevista publicada en EL ESPAÑOL, Fernando Savater le decía a Daniel Ramírez: “Es curioso cómo los apellidos empiezan a justificar las descripciones. Tenemos un Rufián en el Congreso y un Gil en el Senado”. Savater, siempre lúcido, hacía esa afirmación después de que Ander Gil, el portavoz del PSOE en el Senado, asegurara que la plataforma España Ciudadana había ido “a agitar el odio a Alsasua”.

El filósofo vasco sólo se equivocó en un detalle: desde la noche de los tiempos ha habido apellidos que han justificado descripciones, incluso destinos. Cuando empezaba en el periodismo, uno de los consejos que recibió Cansinos Assens fue que, para triunfar, hay que tener un apellido “sonoro, rotundo, como Salmerón…”. Secundaba dicha idea Julio Camba, convencido de que si Salmerón se hubiera llamado Salmerín no habría llegado a ninguna parte. La sonoridad del apellido Salmerón era el eco de una moral intachable.

Que la Primera República fuera un desastre, no es óbice para que grabaran en la piedra del mausoleo de don Nicolás: “Abandonó el poder por no firmar una sentencia de muerte”. Ni es óbice para que recordemos con afecto a otro de los presidentes de aquella efímera república, otro de apellidos sonoros: Pi y Margall. Cuando era ministro de la Gobernación, cuenta Luis Carandell en Se abre la sesión: “Una noche tuvo que quedarse trabajando en el ministerio y mandó que le subieran la cena.

—Aquí tiene usted el dinero —le dijo al ordenanza.

Éste respondió:

—No es necesario, señor ministro. La costumbre es ir a Lhardy y ellos lo cargan en la cuenta del ministerio.

Pi insistió en darle el dinero y le dijo:

—Pues se acabó la costumbre de cenar a cargo del presupuesto”.

Falla cambió su nombre porque sin la partícula 'de' resultaba torpe: Manuel Falla. Es decir, Manuel Fracasa

Carandell también cuenta una anécdota protagonizada por otro ilustre apellido, “Godoy”: Carlos IV justificaba el vertiginoso ascenso de Manuel diciendo que, como él, descendía de los godos (“Godo soy”).

Álex Grijelmo, en La seducción de las palabras, escribe sobre Paul Hongas, un candidato desconocido que se presentó en 1978 a las elecciones para el Senado por Massachusetts: “Al poco de comenzar la campaña su fama era enorme gracias a un anuncio televisivo en el que un niño pronunciaba con especial gracia su nombre”.

En la época del humanismo, lo que daba prestigio a los apellidos era latinizarlos: Erasmo de Rotterdam se llamaba en verdad Geert Geertsen, pero buscando reputación y sonoridad se convirtió en Erasmus; Copérnico nació Koppernigk, pero murió Copernicus… El latín fue el primer idioma común europeo. (Los apellidos más frecuentes en Cataluña son los mismos que en el resto de España, a pesar de que muchos catalanicen sus apellidos). 

En Toque de queda, Ramón J. Sender justifica el éxito de Manuel de Falla en Francia por el “de” entre el nombre y el apellido: “En Francia la particule tiene una importancia enorme. Falla vio que se le abrían las puertas en París por el de. El gran compositor andaluz se lo había puesto no por presunción, sino porque su nombre sin la partícula resultaba torpe: Manuel Falla. Es decir, Manuel Fracasa. En gran parte debió su éxito en Francia a esa curiosa y nimia circunstancia”. (A quienes puerilmente añaden la partícula “de” a Albert Rivera para emparentarlo con José Antonio, habría que recordarles que, lo más parecido a un Primo de Rivera que tenemos, son los independentistas catalanes, que han dado un golpe de Estado como el que dio Miguel en 1923).

El pasaje anterior de Toque de queda recuerda otro de las memorias de Sándor Márai: “Nosotros, unos húngaros pobres y sufridores, en Alemania éramos considerados extranjeros elegantes. Nos admiraban y nos respetaban. Claro, éramos unos Von: en nuestros pasaportes figuraba esa partícula en señal de nuestra nobleza, que a los ojos de los alemanes significaba que éramos unos verdaderos barones, y los hoteleros de Leipzig y de Frankfurt no tenían ni idea de la frecuencia con que tal partícula aparece en los pasaportes húngaros”.

Unamuno se alejó de las izquierdas con el reproche de que creían más avanzado ser autonomista que unitario

Decía Freud que el primer hombre que lanzó un insulto en vez de una piedra fundó la civilización. Como en Alsasua insultaron a Savater y a Rivera, como en Alsasua les lanzaron piedras, es fácil deducir que a ese pueblo —y por sinécdoque aberzale a muchos lugares de Navarra y el País Vasco— no ha llegado la civilización (tampoco a muchos lugares de Cataluña, ya que donde reina el nacionalismo reina la barbarie).

En las Cortes de los años 30, Unamuno abandonó cualquier simpatía con las izquierdas con el reproche de que creían más avanzado ser autonomista que unitario; y en vísperas de la Guerra Civil, el Frente Popular coqueteaba con los nacionalistas catalanes y vascos. Lo preocupante es que la izquierda continúe con esos coqueteos en la Europa moderna: Juan Carlos Girauta abandonó el PSOE cuando en la sede del PSC aplaudieron al saber que ETA había asesinado a un comandante, igual que hizo en diciembre el hijo de otro asesinado —Fernando Múgica— al ver que la líder de los socialistas vascos cocinaba sonriente junto a Otegi.

Tomás Meabe fue uno de los fundadores de las Juventudes Socialistas de España. Amigo de Indalecio Prieto, vecino de Unamuno, La palabra en la piedra recoge sus libros, cartas y artículos. En el prólogo, Rodríguez Zapatero afirma que leer hoy a Meabe es redescubrir lo esencial del socialismo, pues fue un hombre que luchó por la igualdad y la libertad. Sin embargo, Zapatero primero y Pedro Sánchez después son los máximos responsables del viraje reaccionario del partido.

Tomás Meabe empezó en las Juventudes Nacionalistas de Sabino Arana, pero el desprecio que sentían hacia los maquetos le hizo abrazar el socialismo, por aquel entonces de vocación universal. A finales del siglo XIX, en los años de la II Internacional socialista, años de explotación obrera por el capitalismo, escribió Meabe: “En Begoña, no lejos de lo que llaman la Virgen, hay un lorito educado por los bizcaitarras. Grita a todas horas: '¡Maketos! ¡Maketos!'. Y ahora le están enseñando el himno de los Puritanos, con una letra que empieza así: ‘Suena el irrintzi intrépido. Gora la bandera euzcotarra. Corra la sangre hispana…'”.

Fue un intelectual proletario que quería socializar la cultura. Sabía latín y griego (en París tradujo a Platón). En algunos artículos combatió dialécticamente contra La Patria, el órgano de Sabino Arana. Incluso estuvo en la cárcel “por socialista”, lo que provocó las lágrimas de su madre, que le creía perdido. Meabe estaba dispuesto a dar su vida por un “hombre de palabra, con tal de que se tenga palabra, y no como ocurre, que sólo se tiene lengua y logorrea”.

El silencio cómplice de la mayoría de los socialistas de la primera fila puede estar cavando la tumba del partido

¿Qué pensaría aquel socialista puro, muerto de tuberculosis hace más de un siglo, de Pedro Sánchez, un presidente capaz de pactar con los herederos de quienes pedían que corriera la sangre hispana —y con los golpistas catalanes— con tal de disfrutar de la embriaguez del poder? (Al referirse a dos socialistas catalanes con apellidos españoles, Quim Torra escribió: “Aquí no cabe todo el mundo”. A pesar del racismo, a pesar del golpe de Estado derivado de dicho racismo, el Gobierno de Sánchez quería premiar a la Generalitat con 2.200 millones de euros).

Intentando responder a la pregunta: ¿cuándo se jodió el PSOE?, he leído el último libro de Félix Ovejero, La deriva reaccionaria de la izquierda. Ovejero asegura que el desorden de la izquierda, del socialismo heredero de los ideales de la Revolución francesa, se concretó en otra revolución francesa: Mayo del 68, los días de las “inanidades”, “adolescencia en estado puro”. Desde entonces, se ha cambiado la discusión de ideas por el prejuicio escandalizado, la igualdad por la identidad. Y en una afirmación que da la razón a Tomás Meabe y a otros socialistas puros, leemos en el libro: “Como si se desandara la historia en la peor dirección, se ha acabado por regurgitar ideas que la izquierda combatió” […]. “Una parte de la izquierda ha abandonado su compromiso con las naciones republicanas, ilustradas y racionalistas, y se ha entregado a una defensa de las naciones reaccionarias y étnico-culturales”.

Y en otra afirmación que podría dar la razón a Fukuyama y su Fin de la Historia, Ovejero plantea la hipótesis de que, conseguidos los principales objetivos que justificaron el nacimiento de la izquierda (sufragio universal, protecciones sociales, educación y sanidad públicas, etc.), “se ha visto en la necesidad de recrear innecesarias revisiones ideológicas”.

Sin desdeñar la dejadez del PP, los socialistas, en connivencia con distintos nacionalismos que vienen a ser uno mismo, son culpables de que muchos padres no podamos elegir libremente en qué lengua queremos que sean educados nuestros hijos en Cataluña, la Comunidad Valenciana y Baleares. Y eso es democráticamente inaceptable. Mientras haya socialistas como Redondo Terreros, Joaquín Leguina y Víctor Gómez Frías habrá esperanza, pero el apoyo o silencio cómplice de la mayoría de los socialistas de la primera fila puede estar cavando la tumba del partido, como sucedió por diferentes motivos en Francia, Grecia, Alemania… Han manchado de ignominia los tres apellidos: de socialistas han pasado a reaccionarios; de obreros a burgueses con el puño alzado; de españoles a antiespañoles. Espero que las urnas continúen castigándoles en abril por haber traicionado a sus antepasados.

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor. 

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