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LA TRIBUNA

Ciudadanos y el liberalismo foral

Al hilo del pacto entre Cs y UPN, el autor sostiene que los fueros no sólo no son contrarios, sino que son consustanciales a la unidad de España.

El acuerdo de Ciudadanos en Navarra para acudir a las próximas citas electorales de la mano de UPN y PP –que previamente habían acordado reeditar un pacto que siempre les dio resultados satisfactorios tanto en Navarra como en el resto del Estado–, es tan bueno en conjunto para las tres formaciones, que las manifestaciones de Luis Garicano anunciando que su partido suprimiría el régimen fiscal privativo de vascos y navarros si llega al gobierno, han permitido a todos sus rivales respirar de satisfacción y tomar así un poco de aire. Aparte de que desafiar de esa manera tan frontal las singularidades vasca y navarra supone ir contra la propia Constitución de 1978, que respeta y protege dichos regímenes.

Garicano, del que nadie pone en duda que es un gran economista, ha demostrado con sus manifestaciones adolecer de sentido político y de sentido histórico. Y resulta doloroso tener que demostrar, a estas alturas, que la política no se gestiona según los principios de la eficacia económica: ni el Estado es una empresa, ni las autonomías una franquicia. Y simplemente enunciando los principios del liberalismo, que tan a gala tiene su partido defender, habría que recordarle que el liberalismo político y el liberalismo económico, aunque procedan de un mismo tronco, no pueden ser tratados de la misma forma.

Como sabemos, el liberalismo político constituye el armazón de los regímenes occidentales más exitosos, en todos sus planteamientos de defensa de derechos y de arquitectura institucional. Pero en España ese liberalismo tiene, prácticamente desde su mismo origen, una variante vasca y otra navarra que se han mantenido hasta hoy: los fueros vascos y navarro, que se adaptaron a la modernidad política de la mano del liberalismo, tanto del progresista primero como del moderado después.

Y es que aquí hay un malentendido lamentable en toda nuestra Transición y probablemente el responsable máximo de que ese malentendido cundiera y fuera asumido por toda nuestra clase política y periodística fue el recientemente fallecido Xabier Arzalluz, presidente del PNV durante más de veinte años. Arzalluz, el del árbol y las nueces, sabía mucho de fueros y de derecho histórico y foral, y toreó literalmente a todos sus rivales políticos, a los que manejó como quiso en los conceptos más básicos del fuerismo histórico, fundando con ello una cultura política dominante hoy tanto en Euskadi como en Madrid, que hizo creer a todo el mundo que el nacionalismo surgió para defender los fueros, cuando en realidad los fueros es imposible entenderlos como ajenos o contrarios a la unidad de España.

Pero ya va siendo hora de que nos libremos de esa pesada losa y afirmemos, con la rotundidad que dan los mejores estudios y monografías al respecto, que los fueros vascos y navarro y los regímenes privativos actuales de esas dos comunidades, son un producto genuino y casi exclusivo del liberalismo español. Y digo casi exclusivo porque en una parte de esa historia intervino el tradicionalismo, para intentar apropiarse de esa cultura y para dejarla expedita y casi entera en manos de los nacionalismos emergentes de finales de siglo XIX.

El paso de Cs de asumir el régimen foral es consecuente con la trayectoria histórica del liberalismo español

Si vamos a los orígenes de esta historia, los hechos hablan por sí solos. El régimen foral vasco que conocemos procede directamente de la Ley foral de 25 de octubre de 1839, obra del Parlamento salido de la Constitución de 1837, que fue, como sabemos, de mayoría liberal progresista. Lo mismo que la Ley paccionada navarra de 16 de agosto de 1841, que también fue obra de los liberales progresistas y de la que procede directamente la actual Ley de amejoramiento foral de 1982.

Mientras tanto, en el ámbito vasco surge una cultura liberal moderada cuyos nombres más señalados son los alaveses Blas López, Fausto Otazu e Iñigo Ortés de Velasco, los vizcaínos Casimiro Loizaga y Manuel Urioste y el guipuzcoano Conde de Monterrón. En el caso navarro, casi todo el peso de la nueva foralidad cae sobre los hombros de José Yanguas y Miranda, liberal progresista. Y en la parte central del siglo XIX hasta la llamada Revolución Gloriosa, siguen siendo los liberales moderados los principales protagonistas y defensores del régimen foral. Por lo que respecta al País Vasco destacan ahora los guipuzcoanos Valentín Olano y Joaquín Barroeta-Aldamar, el alavés Moraza y sobre todos ellos, Pedro Egaña, de familia guipuzcoana pero nacido en Vitoria.

Los liberalismos español y vasco eran entonces como las dos versiones, nacional y autóctona, de una misma cultura política. Se trataba de la defensa de unos principios recogidos por las sucesivas constituciones españolas del periodo, basados en un difícil equilibrio entre tradición y modernidad, invocando unos derechos restringidos a unas élites locales y unas viejas instituciones refundadas sobre la división de poderes y sobre todo con la Monarquía y la Iglesia católica como cementos de unión. Esta fue la política liberal moderada de la llamada época isabelina, que tras el fiasco de la primera experiencia republicana y tras el desastre de la última guerra carlista, con ascenso del tradicionalismo y mengua del liberalismo, nos lleva a la Restauración con Cánovas y de nuevo a la búsqueda de unos equilibrios que llegaron a duras penas hasta la Segunda República.

Y fue con Cánovas y con los liberales fueristas autóctonos como se puso en pie el nuevo régimen vasco de conciertos económicos, iniciado en 1878 tras la Ley foral de 1876, que es el antecedente inmediato de la singularidad vasca actual. En Navarra también se firmó el primer Convenio económico en 1877, el llamado Convenio de Tejada Valdosera, por el nombre del delegado, también liberal, nombrado por Cánovas. Y así hasta hoy, con pocas alteraciones, como pudo ser la supresión de los conciertos en Vizcaya y Gipúzcoa durante el franquismo, y que dio lugar a la protesta de personalidades vascas del régimen como fueron los presidentes de ambas Diputaciones, singularmente Javier Ybarra y Bergé y Juan María Araluce Villar, ambos asesinados por ETA.

Ciudadanos, pactando con un partido tan inequívocamente foral como es UPN, debería sentirse muy cómodo en estos terrenos, y sería lamentable que por una falta de perspectiva histórica y política pudiera dar al traste con un paso tan realista y pragmático como el que ha dado y, por supuesto, tan consecuente con la trayectoria histórica del liberalismo español. Ahora solo queda que el ejemplo navarro sea adoptado por Ciudadanos y PP también en Euskadi. Y como me consta que están en ello, hagamos votos porque así sea.

*** Pedro José Chacón Delgado es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.

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