Los Reyes Felipe y Letizia y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, posan con la presidenta del Congreso, Ana Pastor; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez;  y el presidente del Tribunal Constitucional, Juan José Gonzalez Rivas.

Los Reyes Felipe y Letizia y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, posan con la presidenta del Congreso, Ana Pastor; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; y el presidente del Tribunal Constitucional, Juan José Gonzalez Rivas. Ballesteros EFE Madrid

LA LISTA DEL SÉPTIMO DÍA

9 razones para declararse monárquico en 2018

Siete de los diez países más avanzados y menos corruptos del mundo son monarquías. Pero hay más razones para declararse monárquico en un momento en que la Corona sufre su mayor ataque desde la promulgación de la Constitución. 

1. Porque las monarquías salen baratas y la española, más

La cifra oficial es de 7,9 millones de euros (los asignados por los Presupuestos Generales del Estado a la Casa Real en 2018). Pero esa cantidad tiene truco porque no incluye los gastos de personal o de seguridad asumidos entre otros por los ministerios de Presidencia, Interior, Exteriores y Defensa. En cualquier caso, la inmensa mayoría de esos gastos, como los derivados del mantenimiento del Palacio de la Zarzuela o del Palacio Real, deberían ser asumidos igualmente como gastos de mantenimiento del patrimonio nacional por una hipotética república. Lo comido por lo servido. 

Las monarquías suelen salir baratas en términos de coste-beneficio y la española tiene la particularidad de ser la más barata entre las baratas. El coste de la Corona española es inferior al de monarquías como la noruega (29,3 millones de euros anuales), la británica (48,7), la holandesa (también 40,7) o incluso la danesa (10,9), la sueca (13,4) o la belga (11,8). Más barata, incluso, que la de Luxemburgo, que le cuesta al contribuyente 10,1 millones de euros anuales más un 'salario' anual de 273.000 euros para la Gran Familia Ducal. 

2. Porque una república sería bastante más cara

Sin llegar a los extremos de una república como la estadounidense, que cuenta con un presupuesto aproximado de mil millones de dólares anuales y que sería más adecuado calificar de "imperio", nadie niega que una hipotética república española sería sensiblemente más cara que la actual monarquía

Una jefatura de Estado puramente ornamental como la italiana o la alemana ronda los 20 millones de euros anuales. La comparativa correcta, sin embargo, sería con una república como la francesa (112 millones de euros) o la italiana (228 millones de euros). Un conocido estudio de la Universidad de Pensilvania habla de un coste de aproximadamente 350 millones de euros para una república española. Es una cifra en buena parte especulativa. Pero, a falta de mayores detalles acerca de la forma exacta en la que se concretaría esa república española, sirva como orden de magnitud

3. Por prevención

¿Quién desea leer en los diarios españoles un titular como "El presidente de la República Española Pablo Echenique provoca una crisis institucional sin precedentes al negarse a firmar el nombramiento de Albert Rivera como presidente del Gobierno" o como "La jefa de Estado Ada Colau califica de 'reliquia franquista' el derecho a la presunción de inocencia y aboga por su eliminación del sistema jurídico español"? Una monarquía profesionalizada como la española es una garantía contra las tentaciones caudillistas de una hipotética jefatura del Estado en manos de determinados elementos de determinados partidos políticos españoles. 

4. Porque los reyes son un recurso de última instancia en una monarquía parlamentaria

En una monarquía parlamentaria como la española, el Rey asume la función de última barrera del Estado de derecho cuando el resto de poderes de la Nación han sido desbordados por el enemigo. Quedó demostrado el 23-F y, de nuevo, el 3 de octubre de 2017, cuando la dejadez del Gobierno de Mariano Rajoy y la pasividad del PSOE frente al golpe de Estado ejecutado por los líderes independentistas catalanes abocaban al país a un conflicto civil sin precedentes en democracia. Sólo el discurso al borde de la sirena de Felipe VI y la posterior movilización de los catalanes no nacionalistas en las calles de Barcelona, espoleados por ese mismo discurso, lograron poner pie en pared contra el guerracivilismo nacionalista. ¿Cómo habría actuado en su lugar un presidente de la República apellidado Oltra, Lastra, Barkos o incluso Otegi

5. Por su valor simbólico

Sería deseable, por el bien del debate político en España, un discurso republicano ligeramente más sofisticado que ese que habla de una jefatura de Estado heredada por vía vaginal. La especie humana es la única con capacidad simbólica y de ahí que uno le presuponga a los republicanos españoles la inteligencia necesaria para comprender, como explica el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz en uno de sus artículos, que una bandera no es sólo un trapo de la misma manera que la foto de un ser querido no es sólo tinta sobre papel fotográfico y de ahí nuestro enfado si alguien intentara romperla. En España, en fin, es necesario explicar una y otra vez lo más básico: ¿Por qué considerar delito el robo de un furgón blindado si sólo se trata de papeles de colores? ¿Por qué no, simplemente, imprimir más y volver a llenar el furgón blindado de nuevos papeles de colores, evitándonos el engorro de perseguir a los ladrones, condenarlos, encarcelarlos, rehabilitarlos y reintegrarlos en la sociedad? 

El Rey, en fin, no es sólo un mamífero bípedo más sino también la imagen de la permanencia y la estabilidad del Estado más allá del partidismo, los intereses electorales y las modas ideológicas de los partidos políticos. Que es lo mismo que decir el símbolo de la permanencia y la estabilidad de los derechos contenidos en la Constitución española y de los que, es de suponer, ningún republicano desea prescindir. ¿Podría esa función ser cumplida por un jefe de Estado electo? No, precisamente por su naturaleza democrática, que le convertiría en el representante de sólo una parte de los españoles. Y, por lo tanto, de algunos de los derechos contenidos en la Constitución por encima de otros de esos derechos.   

6. Porque supone un límite para Gobiernos de todo signo, incluidos los de derechas

La república imaginada por los republicanos españoles parece ser siempre una república intrínsecamente de izquierdas y más parecida a la Segunda República española que a la República Francesa de 2018. Pero no parece muy inteligente plantearse futuribles en los que el poder ande siempre, como por arte de magia, copado por los tuyos. ¿Por qué no imaginar una república en la que VOX obtuviera porcentajes de voto similares a los de Bolsonaro en Brasil, Le Pen en Francia, Orbán en Hungría o Putin en Rusia? ¿Abogaría Podemos en ese caso por un presidente de la República elegido por los mismos ciudadanos que han votado a VOX o preferiría como jefe de Estado a una figura neutral, al margen del debate político y respetada por la derecha? Cuando Felipe VI dio su discurso del 3 de octubre no lo hizo en defensa del PP, de Ciudadanos o de la propia monarquía, sino de la Constitución, de la misma manera que su padre no apareció por TV el 23-F en defensa del Partido Comunista o de los nacionalistas catalanes o vascos, sino de la democracia

7. Porque la Corona tiene poco que ganar y mucho que perder

Hablar de las monarquías parlamentarias europeas del siglo XXI en los mismos términos que de las monarquías absolutistas del siglo XV es un anacronismo: ni siquiera se trata de la misma institución, por más que compartan el nombre.

En 2018, ¿qué hay más allá de la corona para un rey europeo? ¿A qué terrenos situados más allá de la Constitución puede llegar un monarca sueco, o belga, o británico, o español? Un político siempre podrá obtener más poder, ganar más dinero y disfrutar de más prebendas. Pero un rey en una monarquía parlamentaria tiene un límite natural y otro legal: Felipe VI lo ganó todo el día de su coronación y no se moverá de ese punto hasta el día de su abdicación o de su muerte. Sus opciones, en definitiva, son sólo dos: la estabilidad constitucional o la república

Obviamente, un rey puede corromperse igual que cualquier otro ciudadano y amasar una fortuna personal haciendo uso de sus prerrogativas en tanto que primer diplomático del Estado y facilitador de contratos y pactos de alto nivel. Pero resulta difícil imaginar que un rey corrupto en una democracia parlamentaria con libertad de prensa pudiera ir mucho más allá de acumular unas pocas decenas de millones más en su cuenta corriente. Las tentaciones de un jefe de Estado, en cambio, pueden ser bastante más gravosas que las de una monarquía limitada por un concepto casi medieval de la dignidad institucional. 

8. Porque la monarquía rejuvenece

Las causas perdidas siempre lo hacen. Especialmente cuando caminan en sentido contrario al signo de su tiempo. Es decir al señalado por el populismo y los sacerdotes de la superioridad moral de turno. Una causa perdida sin enemigos es un pierdetiempos masturbatorio. Pero una causa perdida que te sitúa frente a una horda de millones de sectarios, demagogos y aspirantes corruptos a califa en lugar del califa… ¡ah, señores! Eso espolea la inteligencia, aviva la imaginación y excita el espíritu guerrero. La monarquía es el nuevo punk y la princesa Leonor, la Angela Davis del constitucionalismo

9. Porque la naturaleza humana existe

Racionalmente, la monarquía no tiene el más mínimo sentido político. Es anacrónica, intrínsecamente antidemocrática, redundante y éticamente dudosa incluso para los que entendemos que la ética es un subproducto de la estética, precisamente uno de los puntos fuertes de cualquier monarquía. Pero funciona.

Funciona en Dinamarca, en Noruega, en Suecia, en Japón, en Luxemburgo, en Holanda, en Bélgica y en Reino Unido. Que todos esos países figuren entre los más avanzados y prósperos del planeta, y que el republicanismo militante sea en ellos prácticamente marginal, demuestra que existe algo, un factor humano de respeto por la pompa y la circunstancia, que escapa a la racionalidad pero que actúa como cemento social. Las monarquías unen a las naciones más de lo que lo hacen sus partidos políticos, producen más riqueza que la que detraen y tienen un efecto secundario beneficioso que podríamos llamar "de ejemplaridad": siete de los diez países menos corruptos del mundo son monarquías (Dinamarca, Nueva Zelanda, Suecia, Noruega, Holanda, Luxemburgo y Canadá).

O quizá la explicación sea aún más sencilla que esa. Quizá lo que ocurre es que los seres humanos necesitamos modelos. Y en tiempos de relativismo moral y cultural, la monarquía es una de las pocas instituciones que nos ligan a nuestra historia. ¿A qué nos ligan, en este sentido, los republicanos españoles? A la guerra civil y al exterminio del discrepante, del contrario, del vecino, del librepensador. Quizá por eso un republicano natural como yo anda escribiendo este artículo.  

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