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EL PASEÍLLO

Qué viejo está Rodrigo Rato

Es difícil ver en esta imagen de Efe al hombre exitoso que dirigió el FMI. Por el aparcamiento de la cárcel de Soto del Real camina cabizbajo un ser extinguido y nuevo, deformado por el peso del equipaje y las preocupaciones. Sin el traje, Rodrigo Rato parece la clase de anciano que confió en sus preferentes. Para entrar en prisión ha escogido el clásico modelo embarque de Ryanair, combinadas al azar las prendas que no le entraron en las maletas la noche anterior. Debería saber que en España sólo existe una persona a la que le queda bien un polo debajo de la camisa.

A su paso caían al asfalto algunos restos de la placenta de poder que le ha envuelto todo este tiempo. El paseo hasta la entrada de la prisión muestra sus primeros movimientos de vuelta al mundo real, tambaleante, frágil, desconcertado, un viejito recién llegado a la vida, extraído del paraíso donde pastan los políticos retirados. El código penal también tiene puertas giratorias interesantes. Las sentencias esconden puestos CEO con pensión completa en las startups de convivencia conocidas como celdas. 

La escena contiene un western por el choque interior de mundos que refleja. El tiroteo ajusta las cuentas propias. Es imposible no acordarse de la fotografía sobre el fondo verde LaSexta en la salida de Bankia a Bolsa, está muy sobada, cuando Rato zarandeaba el cordel de la campanilla tan feliz, mirando a cámara invencible. Ahora le han salido manchas en la piel como goterones de café frío grabándole en la cara y las manos la resaca de aquellas mareas de influencia, la parte amarga de los afterworks enganchado al cajero. 

Estos instantes son muy sugerentes. Toda la humanidad está resumida cuando Rato se echa una de sus bolsas al hombro y da la espalda a los fotógrafos. Hay algo nuestro ahí, por lo menos mío, seguro. La culpa, la redención, la conciencia y todo eso. Es posible ensayar alguna teoría sobre el bien o el mal, el poder y la corrupción, la justicia como fuerza aleccionadora o la justicia como propina barata a pagar por los excesos cometidos –disfrutados–. Para mí, sin embargo, lo más interesante es la cara de gilipollas que se les queda a los que alguna vez se creyeron mejores cuando aparece The end en sus películas de ciencia ficción. 

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