Lucrecia, durante el espectáculo 'Celia Cruz, El Musical'

Lucrecia, durante el espectáculo 'Celia Cruz, El Musical' EP / Starlite

Starlite Marbella

‘Sa Majesté’ mimi Lucrecia

La autora reseña el espectáculo 'Celia Cruz, El Musical', donde Lucrecia hace un repaso de la vida de quien fue la única que ha regado al mundo de su cubanía y de la cubanidad ancestral de la isla.

Hace ya algunos años, en aquella Habana de todos los arrebatos y de los últimos encandilamientos musicales que buscaban a la desesperada rescatar la antigua y buena música original cubana creando un ritmo diferente llamado timba, conocí a una joven de cadencia “argentada”, como la ‘Longina’ de “todos los encantos” de Manuel Corona, y también al igual que ella de una “ignota idealidad”, que “conmovía liras”, y en mí avivó “la inspiración”.

El cineasta Pastor Vega se encontraba filmando la última secuencia de la película Vidas Paralelas, cuyo guión original fue escrito por ‘menda’ (yo), y Pastor había conseguido para esa escena final en el cabaret del Boulevard de San Rafael a una agrupación musical femenina de jóvenes talentosas que se hicieron llamar Anacaona, en homenaje a una de las primeras orquestas de mujeres que existieron en Cuba y en el mundo en los turbulentos años 30 cuyo nombre era precisamente ese: Anacaona.

El realizador de Retrato de Teresa y de otras tantas memorables películas cubanas estaba fascinado con su hallazgo, pues las últimas ‘anacaonas’ le hacían recordar la época de su juventud, en la que La Habana era una fiesta y una metrópolis “sin comparación” posible con alguna otra (¡y miren que había viajado mundo!); entonces me invitó a la filmación de la secuencia final. Empezó la orquesta a tocar, y desde la primera nota yo no pude dejar de observar a la muchacha que cantaba con una melodiosa voz de ébano, y se movía como perfilada, o más bien “orlada”, por una nube maciza, compacta de lluvia, esa agua “cristalina” que empapa y limpia la ciudad durante los vapores calurosos del mes de mayo. Pregunté a alguien de la producción y me respondió que se llamaba Lucrecia, y enseguida la asocié con la espuma del oleaje nacarado en las orillas de nuestra isla, esos fluidos batidos por la arena fina y caldosa y la tibia noche.

Volví a encontrarme con ella muchos años después, en Madrid, en el Café Central. En aquella ocasión Lucrecia deleitó con su majestuosa voz de bolerista empedernida emanada de lo mejor de la maestría de Isolina Carrillo. Reconocí enseguida a la muchachita ya convertida en una mujer refinada y elegante, que recorría todos los tonos del bolero como dueña y señora de consumados registros. Nos encontramos en el camerino, nos abrazamos para siempre. Con un abrazo duradero que se ha extendido todos estos años de mi exilio, en los que Lucrecia ha ido creciendo hacia derroteros inimaginables, enriqueciéndonos con sus ensueños y logros reales. Si una compositora e intérprete merece respeto, además de la admiración que inspira su obra, esa es Lucrecia, que tuvo el coraje de pertenecer a una orquesta de mujeres timbaleras en un mundo dominado por hombres mayormente, que no había cambiando mucho desde la época de las Anacaona originales, pasando por Celia Cruz, y culminando con ella.

Lucrecia, ese encanto emanado del torbellino creador, con una generosidad como artista que el corazón se le desborda del pecho, ha cantado con las más grandes, con Merceditas Valdés, actuó con Celia Cruz, Paquito d’Rivera y Albita, con Chavela Vargas, Víctor Manuel y Joaquín Sabina, entre otras y otros de semejante magnitud.

Si una compositora e intérprete merece respeto esa es Lucrecia, que tuvo el coraje de pertenecer a una orquesta de mujeres timbaleras en un mundo dominado por hombres

Asistí al concierto, histórico ya, de Lucrecia, en Barcelona, junto a Chavela Vargas, invitada por la que entonces era la jefa editorial de Planeta, Imelda Navajo. Inolvidable. No sólo por la belleza y la entrega de ambas artistas en escena, además por compartir la grata compañía de sus queridos padres recién llegados de Cuba. Lucrecia homenajeó con su inmensa prodigalidad a Chavela Vargas, y lo mismo hizo con ella, amadrinándola, la bravía artista mexicana de origen costarricense.

Desde entonces no me he desprendido de la que yo llamo de cariño “mimi”, de esa Lucrecia multidimensional, que lo mismo actúa en el cine que conduce en la televisión un programa infantil, escribe libros para niños, como compone y canta la música y tema principal de una película desgarradora, Balseros (2002), de Carles Bosch y Josep María Domènech; y por fin, invariablemente, nos batuquea el alma hasta lo más profundo con ese chorro de voz que sólo lucen los ángeles cuando deciden por fin “bajarse de una nube y venir aquí a la realidad”, ya expresado mejor que yo en un clásico de la cancionística universal.

Recién en Starlite, Lucrecia presentó el espectáculo titulado Celia Cruz, El Musical, donde se hace un repaso exhaustivo, con un magnífico y emotivo libreto bajo la autoría de Gonzalo Rodríguez, antes llevado a los escenarios de Miami. Se trata de un repaso a través de los éxitos y de instantes esenciales en la vida de quien fue, después de José Martí y José Lezama Lima, la única que ha regado, o rociado al mundo de su cubanía y de la cubanidad ancestral de aquella isla, con prestancia y sofisticación, de Celia Cruz.

Lucrecia, acompañada de sus músicos, todos artistas de espléndido orden, se desdobla en Celia, diluye su esencia en el aroma espiritual de la “Primera”, como la llamó ella, agradeciéndole, entregada hasta las lágrimas. Adquiere su voz, el movimiento de sus manos, el ritmo sensual de toda una época que quisieron borrarnos a golpe de intolerancia, acopla su cuerpo al de la Reina de la Salsa, la Guarachera de Cuba, e incorpora a aquella chiquilla que iba para maestra y se convirtió en la voz de toda una nación, desde los años de su juventud, hasta los achaques de una vejez que sólo la enfermedad pudo vencer.

Celia anhelaba que la recordaran con alegría tras su desaparición. En el espectáculo Lucrecia contagia de ese alborozo duplicado, que es el de Celia y el suyo propio, y también provoca hasta el llanto, llevando su nivel de actuación del monólogo hasta lo inimaginable; narrándole al público, mediante la voz de Celia, con sus ademanes, con sus lentos o estrepitosos meneos, y su lenguaje tan divertido, colorido, pero también disimulado, ‘trafucador’ de nostalgias y de su mayor tristeza, el exilio, la pérdida de Cuba.

Lucrecia adquiere su voz, el movimiento de sus manos, el ritmo sensual de toda una época que quisieron borrarnos a golpe de intolerancia

El espectáculo cuenta con la producción de Omer Pardillo Cid, quien además de ser el albacea de la obra de Celia Cruz, fue su manager, y más, su hijo, y quien también se ha hecho cargo de espectáculos de artistas de gran peso dentro del género “latino”, en Estados Unidos y en Europa.

Nunca olvidaré a Celia en el escenario, jamás la entereza de su entrega, con la majestuosidad de una Diosa. Esa Diosa le ha traspasado su legado a quien ya estaba también sentada, con su personal compás, en el trono de numerosos corazones cubanos y europeos, a Lucrecia. De una Diosa a otra Diosa, de Su Majestad a ‘Sa Majesté’. Del grito de “¡Azúcar!” al de “¡Agua!”. ¡Viva la Libertad!

“En el camino de la fama hay divas y estrellas”, me dijo una vez una gran actriz norteamericana del Hollywood de la época dorada, “yo siempre quise ser una estrella”. En Starlite, dos estrellas brillaron en el escenario situado entre las montañas que cobijaban al público: el espíritu sublime de Celia Cruz, la grandiosidad tocada por la gracia de Lucrecia.

*** Zoé Valdés es escritora.

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