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LA TRIBUNA

7 herencias de Mayo del 68

Coincidiendo con el 50º aniversario de Mayo del 68, el autor reflexiona sobre las consecuencias que en nuestra historia reciente ha tenido aquella revuelta.  

Mayo del 68 fue en apariencia un fracaso. Las movilizaciones de los estudiantes, con sus eslóganes rompedores, no fueron acompañadas por el sindicalismo ni por la mayoría de los franceses. El Movimiento del 22 de Marzo, en la Universidad de Nanterre, donde todo empezó, con Cohn-Bendit, Geismar, Krivine, Sauvageot, la Internacional Situacionista, los intelectuales de culto, y los disidentes del comunismo soviético, aquellos trotkistas y maoístas que devoraban libros, todo aquello, insisto, quedó aparentemente en nada.

El PCF se desentendió, y la CGT culminó sus huelgas con un acuerdo con el Gobierno. Luego llegó la gran manifestación del 30 de mayo para mostrar que la calle no era solo de los que buscaban la playa bajo los adoquines, y De Gaulle, símbolo del pasado y lo viejo, volvió a ganar las elecciones en julio del 68.

Los sesentayochistas perdieron la batalla pero ganaron la guerra de la opinión. Aquel movimiento revolucionario dio comienzo a una nueva Era. Se trataba de sembrar para el futuro, como escribió el filósofo gurú del Mayo interminable, Herbert Marcuse, en su Contrarrevolución y rebeldía (1972). La nueva élite cultural que surgió de aquel 68 cambió el contenido y espíritu de la vida pública, las costumbres y la mentalidad; es decir, el paradigma principal para la interpretación del Hombre y la Sociedad. Su herencia se puede cifrar en siete consecuencias, y alguna más.

1. El feminismo obligatorio

El movimiento feminista estuvo ausente de Mayo del 68, a pesar de que la Segunda Oleada se había iniciado en Estados Unidos unos años antes. Las mujeres ocuparon un segundo lugar en las manifestaciones, pero no en las reivindicaciones y el imaginario, aunque ahí estuvo el Movimiento de Liberación de las Mujeres. La Nueva Izquierda insistió en que el capitalismo era machista, heteropatriarcal, y daba un papel subalterno a la mujer, siempre bajo el dominio del varón.

El cambio en el rol de las féminas supondría el desmoronamiento de los pilares del sistema: la familia, la herencia, la propiedad y la tradición, e incluso la industria si eliminaban el consumismo de género. El movimiento se dirigió hacia la denuncia de la cosificación de la mujer, los certámenes de belleza y la esclavitud de la imagen, aspectos a su entender típicos del capitalismo.

El feminismo se convirtió en uno de los fundamentos revolucionarios. La lucha de géneros sustituyó a la de clases. Todo había que interpretarlo desde la perspectiva feminista, ya fuera la composición de un consejo a una sentencia. La paridad en la vida pública dejó de ser entre obreros y patronos, como había sido desde el XIX, a ser entre hombres y mujeres. Ese vínculo entre feminismo y anticapitalismo propició la apropiación de la izquierda de un movimiento en origen liberal y humanista. Y así ha seguido siendo.

2. Amor y sexo

El amor libre y la liberación sexual fueron la respuesta revolucionaria del 68 a la moral puritana de la generación anterior. Al fondo estaba la idea maoísta de derribar las tradiciones y costumbres capitalistas como primer paso del Gran Salto Adelante. Frente a la represión de los instintos y las emociones, los sesentayochistas impulsaron las desinhibiciones como reflejo de la libertad individual, el hedonismo y la búsqueda del placer como sentido de la vida.

El mundo de la cultura hizo el resto. Las discográficas hicieron fortuna con grupos y canciones explícitas. Resucitaron al marqués de Sade como ejemplo, y El nuevo mundo amoroso, un libro de Fourier sobre el amor libre, se convirtió en un best seller en 1967. Era un nuevo concepto y práctica del amor y del sexo como modo de romper la hipocresía moral del capitalismo. Incluso Wilheim Reich se convirtió en pensador de culto porque había escrito que la restricción moral era la base del conservadurismo y del fascismo.

No romper ese puritanismo era colaborar con el sistema, como también explicó Marcuse en Eros y civilización: la destrucción del orden existente dependía de la ruptura gradual de los instintos.

3. Pacifismo y ecologismo

La Ofensiva del Tet, en Vietnam, fue decisiva porque los comunistas, a pesar de perder la batalla, ganaron la guerra de propaganda. Aquella foto de Eddie Adams que publicaron The New York Times y Washington Post, en febrero de 1968, en la que se veía al general Ngoc Loan ejecutando a un norvietnamita hizo más que cualquier proclama, artículo o libro. Las protestas de estudiantes e intelectuales izquierdistas en Occidente se multiplicaron.

Otro mundo era posible. El viejo orden internacional basado en el conflicto entre pueblos debía dejar paso a otro fundado en parámetros distintos, “sin dolor”, escribió André Glucksmann. Era hora de poner fin a la industria armamentística, sustituir los tanques por tractores -algo que ya había dicho Lenin, en fin-, las balas por flores, y acabar con la política de bloques. All you need is love, que cantaban The Beatles. El miedo a la guerra nuclear, alimentado por la crisis de los misiles en Cuba, hizo el resto.

El ecologismo apareció en esa idea de un planeta distinto, y en el rechazo al capitalismo, presentado como contaminante y destructor, en el que se decía que el hombre era la especie más dañina. Se trataba de un culto a lo natural, en una roussoniana vuelta a la naturaleza, que cambió la idea de progreso de la Humanidad: ya no era el desarrollo tecnológico lo que aseguraba la felicidad y el confort, sino el que fuera “sostenible”. Lo presentaron, y así ha quedado, como un moral cívica hacia el Planeta.

4. Tercermundismo

En la década de 1960 fueron los movimientos de independencia, muchos trufados de comunismo o izquierdismo. El colonialismo capitalista y el imperialismo occidental -nunca el soviético- eran la causa de la pobreza del Tercer Mundo, la desaparición de sus culturas autóctonas por imposición de una “globalización”, y la introducción de métodos capitalistas que rompían sus costumbres. Esto llevó al paroxismo en Occidente hacia las terapias, religiones y filosofías orientales. Este complejo subsiste.

Esa supremacía occidental llevaba al Tercer Mundo a la violencia. Frantz Fanon publicó Los desheredados de la Tierra (1961) con un prefacio de Sartre, otro de moda en el 68 que escribió que “matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido”. El Che Guevara, que resucitó los campos de concentración para homosexuales, puso en boga entonces el foquismo, entendido como establecer guerrillas en diversos focos para derribar gobiernos capitalistas.

5. El nuevo terrorismo

La Nueva Izquierda de los sesenta transformó el concepto de violencia, entendiéndola como la lógica respuesta a la “violencia estructural” del sistema. Esa reacción era un instrumento político para concienciar a la gente. Ese terrorismo se presentó como “lucha armada” para emancipar a los pueblos.

Ocurrió con los Black Panthers en EEUU, el IRA en Irlanda del Norte, las Brigadas Rojas en Italia, la Baader Meinhof en la Alemania Federal, ETA, los GRAPO o el FRAP en España. El lenguaje era maoísta y trotkista, haciendo suyos los conceptos anticolonialistas. Las víctimas elegidas eran los “representantes” del sistema, ya fueran políticos, policías, militares, banqueros o industriales, y el objetivo era derrotar al Estado.

6. Educación

La Nueva Izquierda del 68 tomó el sistema educativo como el lugar donde forjar generaciones de Hombres Nuevos para una Sociedad Nueva. Era llevar a la práctica las ideas gramscianas de “hegemonía cultural” como modo de cambiar el orden capitalista. Eran profesores que ya no pretendían formar profesionales, sino cambiar el mundo, algo que también se llevó al periodismo y a la cultura. Por esta razón la escuela se convirtió en un laboratorio social, donde se impartían los nuevos valores ciudadanos para la paz, el feminismo y el ecologismo.

Al tiempo, las formas cambiaron. Entre las reivindicaciones de los estudiantes parisinos estaba el eliminar la autoridad y la jerarquía en las aulas. El conocimiento y la opinión se igualaron. Las rigideces de las normas y las estructuras escolares se modificaron ante el nuevo paradigma de la doctrina pedagógica igualitarista. La “democratización” escolar suponía “dar poder” a los alumnos, llamar “fracaso escolar” al suspenso, demonizar la memoria, rebajar el nivel de exigencia y primar la intención con el “progresa adecuadamente”.

7. El regreso de la utopía

Frente a una realidad en la que todo, desde la mentalidad al orden social, la cultural o la economía eran despreciables, los del 68 reivindicaron el “derecho a la utopía”. Era el Imagine de John Lennon. Ya no atraía la utopía leninista, percibida por los sesentayochistas como auténtico fracaso porque se basaba igualmente en la represión del individuo y en la guerra.

El conjunto despertó las microutopías; es decir, la búsqueda de la utopía por grupos específicos con objetivos concretos ecológicos, feministas, migratorios, de peatonalización, antinucleares, antiglobalización. Fueron los movimientos sociales. El objetivo común era cambiar la realidad cada uno en su parcela para conseguir un “mundo mejor”. Apareció el “compromiso social”, ahora traducido como “activismo”.

El éxito del utopismo desde el 68 se ha basado en destruir la antítesis entre la utopía y la razón; esto es, en presentar como irracional el mundo existente, y como racional un nuevo mundo futuro fundado en el sesentayochismo.

Y más...

Además de las herencias citadas, podría hablarse de la consideración del capitalismo como algo negativo que el Estado debe corregir, el antiamericanismo, la denominación banal de “fascista” a todo aquel que no comulgue con la izquierda, la melancolía del idealismo frustrado, y los nuevos mitos (relato falso de una realidad para conseguir una predisposición en la gente), que son los personajes vinculados con ese supuesto futuro mundo feliz y que deben ser guía de comportamiento, cuyo ejemplo más evidente ha sido el Che.

*** Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro 'Contra la socialdemocracia. Una defensa de la libertad' (Deusto, 2017).

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