Cristina Cifuentes con Ignacio González.

Cristina Cifuentes con Ignacio González. EFE

LAS PREGUNTAS DE LA SEMANA

Cristina Cifuentes, la última mohicana ¿en el precipicio?

Sí. La escena más emotiva de El último mohicano, película inspirada en la novela del escritor americano del siglo XIX James Fenimore Cooper, sucede cuando una de las dos hijas del comandante Munroe decide quitarse la vida antes de caer en manos del malvado jefe de los indios hurones, Magua, alias Zorro Sutil, muy bien interpretado por Wesley Studi.

En la novela de F. Cooper es Cora quien se arroja por el precipicio, aunque en la película el director hace que se suicide la hermana pequeña, Alice, más idealista. Cosas del guion. Lo cierto es que ante la disyuntiva extrema de mantener intacto su honor aunque sea a costa de su vida, la hija del militar inglés opta por tan trágico final.

Cristina Cifuentes también es hija del cuerpo de artillería, con grado de general. Y está a un paso del vacío si la jugada sale mal. Junto a ella corre el mismo peligro de despeñamiento su fiel y eficaz colaboradora Marisa González, jefa de gabinete de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

No recuerdo si en la película al final del vacío se otea el agua o quizás son peñascos y afiladas rocas para hacer sentir al espectador, más aún, la dureza de la caída de la honrada Alice. Lo adecuado, ya que estamos buscando parecidos entre el cine y la política, sería que apareciera agua. Agua sucia, putrefacta, infecta, pasada, purulenta, ulcerada… como es la del Canal de Isabel II. O, mejor dicho, para lo que fueron utilizados durante años los beneficios del líquido elemento que bebemos los madrileños. Para la corrupción.

Fue en la primavera de 2016, hace justo un año, cuando Cristina Cifuentes decidió encargar una auditoría sobre las cuentas del Canal de Isabel II, al existir fundadas sospechas de que se habían distraído decenas de millones de euros para enriquecimiento de unos cuantos. En julio de 2016, el informe fue enviado al Fiscal General del Estado. “Nosotros no éramos nadie para juzgar lo que ahí se había encontrado, así que decidimos remitir toda la documentación”, declaró el entorno de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Un año después, el predecesor de Cifuentes en la presidencia autonómica, Ignacio González, duerme en una habitación con vistas peores que las de su ático en la Costa del Sol. Eso sí, goza de mayor seguridad. La prisión de Soto del Real está pidiendo a gritos un libro sobre sus más ilustres visitantes en la infame época de la apoteosis de la corrupción.

El tatuaje tribal de Cristina Cifuentes.

El tatuaje tribal de Cristina Cifuentes.

Si la palabra 'presunto' en brasileño portugués es jamón, mientras en español es casi siempre chorizo, como dice el chiste, Ignacio González es un gran presunto: ordenó comprar una empresa en Brasil sobrevalorada en más de 20 millones de euros. Cristina Cifuentes, en cambio, es una temeraria con coleta y tatuajes como lo era el último de los mohicanos, Nathaniel, Ojo de Halcón, interpretado por el gran Daniel Day-Lewis.

Cristina Cifuentes tiene una inteligencia natural y es una buena oteadora del futuro. Sólo así se entiende que haya hecho carrera política pese a la inveterada animadversión que siempre le profesó la lideresa Aguirre. Esta semana, la Esperanza de siempre pasó a ser Magdalena con las lágrimas derramadas al salir de declarar en el juicio del caso Gürtel y al referirse a Nacho (copyright de Pablo Iglesias) González. “Lo de Ignacio González sería muy lamentable. Si es culpable, para mí, que he puesto toda mi confianza en él durante años (20), es un palo verdaderamente muy, muy relevante”, dijo Aguirre. Y sollozó. Un palo muy grande, sí, de más de 20 millones de euros para las arcas del Canal.

Conocemos el final de El último de los mohicanos, título real de la novela de J. F. Cooper, admirado por Balzac, pero no el de Cifuentes. Y no será intrascendente lo que le suceda ni para el futuro del Partido Popular ni para la salud de la enfermiza democracia española.

Magua, el indio malo de El último mohicano.

Magua, el indio malo de "El último mohicano".

Por mantener limpio su honor o por adoptar la decisión política menos mala, esta rubia que no tiene un pelo de tonta envió las cuentas del Canal de Isabel II a la Fiscalía General del Estado, pese a saber que el informe olía como el peor de los odres abandonados en el desierto, con restos de agua putrefacta mezclada con mierda de camello. Sí, una panda de camellos políticos es lo que son, traficantes con el dinero robado.

Cifuentes podría haber encargado una auditoría y no haber enviado el informe, pero lo hizo. Y todo esto sucedió: 1) Se puso de frente a la historia del Partido Popular de Madrid (presidido ahora por ella misma), financiado durante tantos años con dinero de comisiones; 2) Contrarió el espíritu del líder del PP, Rajoy, partidario del laissez faire, laissez passer hasta la exasperación; 3) Puso en la picota a grandes empresas constructoras que han contribuido durante tantos años a la coima política; 4) Echó un pulso al periódico La Razón, cuyo presidente y cuyo director defendían a muerte a Edmundo Rodrigo Sobrino, compañero de negocios de Ignacio González desde el Canal de Isabel II; desafío a un periódico que pertenece al grupo Planeta y tiene detrás a Antena 3, La Sexta y Onda Cero). Y 5) Sin saberlo, la política, agnóstica confesa, y no se sabe si republicana pero leal a la monarquía, acabó llevando al calabozo al compiyogui de la reina Letizia y de Felipe VI, Javier López Madrid, yerno de José Miguel Villar Mir, el dueño de OHL nombrado marqués por Juan Carlos I.

¿Se acuerdan del episodio? Tras publicarse que López Madrid había utilizado indebidamente las tarjetas black de Bankia, Letizia escribió una frase memorablemente inadecuada en el Día del Libro que celebramos este domingo: “Ya sabes lo que pienso. Sabemos quién eres, sabemos quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso compiyogui (miss you)”. Del “sé fuerte, Luis” del presidente, al que se vayan “a la merde” de la reina.

El empresario Javier López Madrid.

El empresario Javier López Madrid.

¿Se irá ahí Cristina Cifuentes, la mujer que por razones nobles o razones políticas, o por las dos cosas a la vez, envío a la Fiscalía General del Estado el informe sobre las cuentas del Canal de Isabel II, que meses después desembocaría en la llamada Operación Lezo? Esperemos que no. Seamos optimistas aunque en El último mohicano, como decimos, una de las protagonistas prefiere defenestrarse antes de caer en manos del guerrero hurón. (¿Por qué me recordará Ignacio González a Magua, el indio de la coleta? ¿Será por el mechón blanco que el taimado político lucía por encima del cuello de su camisa en sus años de esplendor?).

En las fallidas profecías de los Nostradamus del análisis político español, la líder madrileña ha aparecido como posible sustituta de Mariano Rajoy, en puertas de declarar en el juicio por la Gürtel. Cifuentes debería ir pensando en hacerse su sexto tatuaje. En la muñeca lleva escrito en chino guardar, proteger; en los tobillos un sol y una estrella, por su hijo y su hija, más una rosa. Donde acaba la espalda, el quinto, un dibujo tribal. El sexto podría ser una golondrina; para algunos significa honor y lealtad.

La semana empezó con la broma del “tramabus” de Podemos y ha acabado con los barrotes de Soto del Real. Una idea para este domingo es volver a ver El último mohicano y así recuperar cierto tono vital épico. O leer a Lao-Tse, el poeta del triunfo del débil sobre el fuerte. “El agua blanda en movimiento acaba venciendo a lo más duro. Hace falta paciencia”, escribió. Paciencia, en España, no nos falta.

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