Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid, amenazó ayer, en la Asamblea de Madrid, con una guerra urbana en la capital. "En las calles de Madrid no va a haber paz", dijo, utilizando como pretexto la muerte de Maricarmen.

Isabel Díaz Ayuso le preguntó si eso era una amenaza física. El portavoz popular la retó a hacerla explícita.

Por la tarde, el PP denunció las palabras de Bergerot, abiertamente guerracivilistas, ante la policía.

No hace falta esperar al atestado para leer lo evidente: frente al fracaso que los sondeos prevén para la extrema izquierda en las próximas elecciones generales, sus líderes anuncian violencia contra sus adversarios políticos.

La frase no es un exabrupto aislado. Es el tono con el que el espacio a la izquierda del PSOE quiere presentarse en las urnas el 29 de noviembre.

Si es que consiguen presentarse, claro. Porque Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los Comunes de Ada Colau negocian un Frente Amplio. Pero sin resultados de momento.

Podemos quiere unas primarias abiertas los días 14 y 15 para sumarse a la plataforma.

Ada Colau dice que se sumará si hay una sola papeleta. Dice también que le encantaría contar con Gabriel Rufián.

Rufián ha dicho que quiere representar a ERC, pero acompañado de "otras fuerzas de izquierdas y antifascistas" (esta por ver que su partido también lo quiera).

Oriol Junqueras lleva meses respondiendo que ERC se presentará como ERC.

El Frente Amplio es, de momento, de todo menos amplio, y la guerra callejera con la que amenaza Bergerot está más cerca de librarse entre los propios actores de la extrema izquierda española que en las calles contra esa imaginaria alianza de rentistas, ultraderechistas y fondos buitre.

La aritmética es menos épica que Bergerot.

En 2023, ese espacio a la extrema izquierda, todavía junto, sacó el 12,3% de los votos y treinta y un escaños.

Hoy, los sondeos hablan de un Sumar que estaría entre el 5 y el 7% y un Podemos entre el 3 y el 4%. Apenas diez diputados entre ambos.

Ir unidos, incluso descontando el rechazo cruzado de una parte de cada electorado, les daría unos pocos escaños más. Algunos se los quitarían al PSOE en provincias como Valencia, Alicante o Asturias.

Pero no invertirían el resultado.

Ir separados los dejará por debajo del umbral efectivo, y fuera de Madrid y de Barcelona. Pero esos votos no se evaporarían: engordarían el cociente del partido grande de cada circunscripción. Es decir, el PP y el PSOE en la mayor parte de los casos.

Y ahí está el beneficiario. Pedro Sánchez no necesita que la extrema izquierda desaparezca. Necesita que sea lo bastante ruidosa para asustar y lo bastante pequeña para no condicionarle.

La frase de Bergerot le hace el primer favor. La batalla por los puestos y sus sueldos asociados, el segundo.

Cada semana sin papeleta única refuerza el voto útil socialista: quien tema a la derecha no tiene, a la izquierda del PSOE, una lista alternativa a Sánchez.

De creer al CIS, entre quienes votaron Sumar en 2023, sólo un 30% repetiría. Un 20% se iría a Podemos y casi otro tanto al PSOE.

Sánchez ha absorbido lo que ese espacio no sabe retener, y se comerá al resto si llega dividido a la urna.

Lo que no se le puede negar a la extrema izquierda es la coherencia. La misma izquierda que anuncia que no habrá paz es incapaz de pactar un candidato y le pone en bandeja a Sánchez las dos cosas que más le convienen: la coartada moral de la radicalidad ajena y la soledad práctica de quien no tiene socio.

El Frente Amplio puede todavía ahorrarse el segundo favor. El primero, el de la guerra declarada desde su escaño por una revolucionaria de salón con sueldo público, ya se lo ha hecho a Sánchez.