El aragonés que este domingo votará en su colegio electoral sabe mejor que nadie qué le preocupa: la lista de espera del hospital, si su hijo podrá emanciparse antes de los 35, si su hija podrá encontrar un piso sin que se lo okupen, si el consultorio del pueblo seguirá abierto el año que viene.

Lo que difícilmente figurará entre sus desvelos es la última filípica de Pedro Sánchez contra Elon Musk o el dueño de Telegram.

Que el cierre de campaña del PSOE de Aragón haya acabado convertido en un mitin sobre “tecnoligarcas” dice más del momento político del presidente del Gobierno que de las verdaderas prioridades de la comunidad.

Las encuestas (todas, incluida la de EL ESPAÑOL) dibujan un panorama nítido. El PP de Jorge Azcón camina hacia una victoria amplia, mientras que el PSOE se asoma a un resultado que puede rozar su suelo histórico en Aragón o incluso convertirse en el peor de su historia.

Los populares consolidarán este domingo previsiblemente su condición de primera fuerza, rozando o incluso mejorando sus últimos guarismos, y Vox crecerá hasta hacerse prácticamente imprescindible para la gobernabilidad.

El PSOE, en cambio, pierde fuelle por todos los flancos: hacia la abstención, hacia la izquierda y, en determinados segmentos, incluso hacia la derecha.

El mapa que anticipan los sondeos es el de una comunidad girando con claridad hacia la derecha, en línea con lo sucedido hace apenas unas semanas en Extremadura.

Conviene recordar el contexto. Estas elecciones no son un capricho de Azcón, sino la consecuencia de la ruptura con Vox y del bloqueo presupuestario.

El presidente aragonés asumió un riesgo evidente al adelantar los comicios. Un riesgo que el votante entiende mejor que el ruido interesado de campaña. Gobernar sin cuentas aprobadas dos años seguidos es incompatible con una gestión seria.

El electorado sanciona o recompensa estas decisiones, pero raramente se deja impresionar por fuegos artificiales de última hora.

Frente a ello, la respuesta del PSOE ha sido una campaña errática, incómoda y crecientemente nacionalizada.

Pilar Alegría, candidata y ministra, ha tenido que cargar con dos mochilas a la vez. La de una federación socialista desgastada tras años de pérdida de influencia territorial, y la de un Gobierno central sumido en la polarización continua, los bandazos estratégicos y los pactos incómodos.

Cuando en Ferraz se decidió que Aragón podía ser el escenario de la “remontada”, ya era tarde. Las encuestas marcaban tendencia descendente y el clima social en la comunidad era todo menos propicio para un milagro demoscópico.

Es en ese marco donde hay que situar el último invento propagandístico de la Moncloa: la guerra contra los tecnoligarcas. La secuencia es conocida. Telegram lanza una alerta masiva a sus usuarios, Musk se suma a la trinchera en redes, y Sánchez responde elevando el tono, envolviéndose en la bandera de la “defensa de la democracia” frente a los millonarios extranjeros.

El problema no es que el debate sobre la regulación de las plataformas digitales carezca de interés (lo tiene, aunque haya sido aprovechado de forma cínica por Pedro Sánchez), sino la completa desconexión entre ese relato épico y la realidad electoral aragonesa.

Pretender que un choque retórico con dos magnates tecnológicos va a reanimar a un electorado socialista desmovilizado, después de un ciclo entero de desgaste, roza lo ingenuo y se acerca peligrosamente a lo desesperado.

Si la campaña ha acabado girando alrededor de los tecnoligarcas, quizá no sea porque ese sea el terreno natural del PSOE, sino porque los demás terrenos (economía, gestión, credibilidad) están hoy minados para el presidente.

La ironía es que el uso de Aragón como laboratorio comunicativo tiene consecuencias muy reales para quienes viven allí. Un buen resultado del PP, con una mayoría holgada y una derecha claramente hegemónica, reforzaría la idea de que la comunidad apuesta por la estabilidad, la previsibilidad y una agenda económica más favorable a la inversión y al empleo.

También obligaría a Vox a moverse en el marco de un gobierno encabezado por Azcón, con menos margen para el chantaje permanente que se ha visto en otras plazas.

Para el PSOE, en cambio, un mal resultado en Aragón tendría derivadas profundas. Tras Extremadura, una nueva derrota contundente en un territorio donde los socialistas fueron durante años fuerza determinante consolidaría la percepción de fin de ciclo territorial.

No es sólo una cuestión de escaños. Es la imagen de un partido que se va quedando sin anclajes sólidos fuera de La Moncloa, sin baronías fuertes y sin referentes regionales capaces de poner límites a la estrategia de Ferraz.

¿Y para Pedro Sánchez? Un resultado muy negativo en Aragón, tras el revés extremeño, reforzaría la sensación de aislamiento del presidente dentro de su propio espacio.

Podría seguir en el Gobierno, podría seguir controlando la maquinaria federal, pero su capacidad para presentar su liderazgo como un activo electoral quedaría seriamente dañada.

La batalla contra los tecnoligarcas pasará. Musk dejará de tuitear sobre España, Telegram dejará de mandar avisos apocalípticos y los titulares sobre esta polémica se esfumarán con la misma rapidez con la que llegaron.

Lo que quedará, en cambio, será el mapa político resultante de las urnas aragonesas. La correlación de fuerzas en las Cortes, la solidez o debilidad del gobierno que salga de ellas y el mensaje que los aragoneses envíen al conjunto de España sobre el tipo de política que desean.

Si alguien va a Calatayud el lunes y pregunta por Elon Musk, probablemente obtendrá una sonrisa cortés y un encogimiento de hombros. Y eso será la señal de que el aragonés medio tiene los pies más en el suelo que el propio presidente del Gobierno.