La crisis de Groenlandia sella el vuelco geopolítico instaurado por Donald Trump en apenas un año desde su regreso a la Casa Blanca.

No es exagerado afirmar que la amenaza del presidente de EEUU de imponer aranceles del 10% a los ocho países que han enviado tropas a Groenlandia solemniza la fractura de la alianza transatlántica.

Porque aunque ya se han dado en el pasado otras desavenencias en el seno de la OTAN, el actual supone un desafío sin precedentes. Es la misma columna vertebral de la OTAN la que está comprometiendo la soberanía de otro Estado miembro y, por extensión, antagonizando con el resto de países que lo apoyan.

Los ocho países que han enviado tropas a la isla (Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido) han firmado este domingo un comunicado conjunto repudiando una intimidación que "corre el riesgo de desencadenar una peligrosa espiral descendente".

Los aliados de la OTAN señalados han aclarado que el ejercicio coordinado Arctic Endurance que ha soliviantado a Trump se enmarca en el compromiso de "reforzar la seguridad en el Ártico como un interés transatlántico compartido".

Es decir, que el despliegue no está planteado como una disuasión militar dirigida contra EEUU. Sino, precisamente, como un intento de responder a las preocupaciones por las presuntas infiltraciones chinas y rusas en Groenlandia verbalizadas por Trump.

Parece claro, por tanto, que la cuestión de la seguridad puede abordarse dentro del vigente marco de la Alianza, sin necesidad de recurrir a la fuerza.

Por eso, el empecinamiento de la Casa Blanca en imponer la "compra completa y total" no hace sino constatar que el interés de EEUU en Groenlandia no responde realmente a motivaciones de índole securitaria. Sino a unas ambiciones de anexión encaminadas a ampliar su ámbito de dominio espacial y explotar los recursos materiales de la isla.

Urge desengañarse: Washington no persigue un mero reequilibrio de la relación transatlántica, sino su desarticulación operativa.

Y la lección que ha de extraerse de ello es que supone un error reincidir en la fórmula del apaciguamiento ensayada al acatar el aumento del gasto en Defensa que impuso Trump al resto de miembros de la OTAN.

El punto de inflexión que supone que EEUU le haya declarado la guerra económica a sus propios aliados debe ejercer de revulsivo definitivo para que Europa reoriente su brújula geoestratégica.

En este primer año de su segundo mandato, Trump ha impreso de forma brutal y acelerada un giro de 180 grados a la política exterior estadounidense de los últimos ochenta, con el propósito de alumbrar un nuevo orden mundial bajo el signo de la desglobalización.

El recurso a los aranceles como arma política es sólo otro de los indicadores de la regresión decimonónica a una competición entre grandes potencias. La voladura del derecho internacional, la principal víctima de esta mutación. Y el desmantelamiento de las instituciones a través de las cuales se había realizado la gobernanza multilateral (entre ellas, la OTAN), su fruto.

Naturalmente, lo deseable hubiera sido conservar el sistema que ha permitido uno de los periodos de estabilidad, paz y prosperidad más dilatados de la Historia.

Pero la insólita ruptura infligida por Trump obliga a Europa a asumir que las reglas del juego han cambiado. Y que no puede seguir supeditando su agenda a las prioridades de quien se ha significado reiteradamente como su adversario.

Europa debe explorar sus propias alianzas diplomáticas, aprovechar su potencial para constituirse como potencia y encontrar su lugar en el nuevo orden multipolar.

Y si pretende ajustarse al regreso de la gramática del poder duro, no puede volver a doblegarse como hizo a cuenta del acuerdo arancelario con EEUU.

Los líderes europeos han asegurado que no se dejarán chantajear por Trump. Pero pasar de las palabras a los hechos exige advertir a EEUU con represalias creíbles.

Además, la Unión Europea está en todo su derecho de tomar contramedidas económicas coordinadas como sanciones o impuestos. Porque la normativa europea contempla la figura de la "coerción económica", que se corresponde exactamente con el uso que pretende hacer Trump de los aranceles.

Si la UE ha evitado hasta ahora recurrir a represalias severas contra Trump, es fundamentalmente por la dependencia militar del continente de EEUU. Y lo cierto es que la arquitectura de seguridad europea difícilmente podría sobrevivir sin el sostén estadounidense, máxime en un contexto de acuciante hostigamiento desde Rusia.

Pero si Europa no puede confiar ya ni en el paraguas defensivo ni en la colaboración económica con Washington, la única forma de escapar a esta trampa de la dependencia será profundizar en la integración europea hacia la unión militar y presupuestaria.