Cada vez son más los barones del Partido Socialista que levantan la voz ante la evidencia. Como publicamos hoy en EL ESPAÑOL, muchos de ellos comprenden que Unidas Podemos no es un socio leal ni fiable en el Gobierno. También que el PSOE debe explorar un camino solitario (o al menos despojado de la muleta morada) que aleje al partido de la radicalidad con el abandono de Podemos y apueste por el espacio de la moderación y la centralidad.

A nadie se le escapan los motivos por los que Unidas Podemos es una pareja de baile desagradable para el PSOE. La izquierda reaccionaria ha demostrado que su campaña de acoso y difamación contra las instituciones democráticas no tiene límites, con la ministra Ione Belarra acusando al Tribunal Supremo de “prevaricador” por la condena al diputado Alberto Rodríguez, defendido a capa y espada por sus compañeros pese a ser culpable de un delito de atentado contra un agente de policía.

Tampoco pasan desapercibidos sus ruidosos desafíos al PSOE, renovados con los recientes y furibundos ataques contra la vicepresidenta primera del Gobierno, Nadia Calviño, y contra la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet.

Podemos sostiene que la decisión del presidente Sánchez de incluir a Calviño en el diseño y la negociación de la reforma laboral es una “injerencia” al coto de la vicepresidenta segunda Yolanda Díaz. Y, en un acto de agresividad que no deja lugar a la interpretación, amenazó con presentar una querella contra Batet por la retirada del acta de Rodríguez. Esto es, por hacer cumplir una sentencia judicial.

Divorcio

Salta a la vista, con esta sucesión de hostilidades, la naturaleza genuinamente autoritaria de Podemos y su descarada voluntad de acabar con la separación de poderes. Las reacciones de Belarra o Echenique son demostraciones palpables de que las palabras justicia y democracia sólo tienen significado para ellos cuando están a su servicio.

Esta realidad no tendría por qué ser noticia. Pero que remueva la conciencia de los líderes y militantes del PSOE invita a la esperanza de un divorcio más o menos cercano, a dos años de las elecciones y en un momento decisivo para nuestro país.

El Gobierno afronta la empinada empresa de levantar la economía tras la crisis del coronavirus, que ha dejado heridas más profundas de lo esperado, y sacar el máximo partido a los fondos europeos, cuya llegada depende de reformas que no admiten demoras.

Malas compañías

Dejar la recuperación económica de España al albur de los delirios de la izquierda populista, contraria al interés nacional, sería un error que la amplia mayoría de ciudadanos difícilmente disculparía.

Lo saben bien en Ferraz, donde hay voces que apremian a “dejar claro al electorado” que no quieren a Podemos como compañero. Tampoco a ERC y EH Bildu, hermanados en su idea contraria a España, que millones de españoles observan con alarma y recelo.

Igual que aplaudimos la hoja de ruta pregonada por Pablo Casado en el congreso del PP en Valencia, donde remarcó sus diferencias con Vox y destacó que pujará por el espacio de la centralidad, animamos a Pedro Sánchez a seguir la misma vía. Aquella que aleja el destino político de España de las fauces del populismo.