Las dos jornadas del debate de investidura que terminaron este domingo con una primera votación perdida por Pedro Sánchez son un anticipo de lo que nos espera esta legislatura. Los enfrentamientos y las palabras gruesas revivieron una atmósfera que recuerda a la de los peores momentos de nuestra Historia.

Este martes, salvo que algún diputado vote en conciencia y deje a un lado la disciplina de voto, Sánchez será elegido por fin presidente gracias al acuerdo alcanzado con Esquerra Republicana y Bildu para su abstención. Y el interrogante surge de inmediato: ¿se puede construir algo positivo para España yendo de la mano de quien tiene como absoluta prioridad destruir España?

Sánchez, rehén

Hay quien aún confía en que Sánchez se desembarace de estas compañías en cuanto se instale en la Moncloa. Harto improbable. Primero, porque tanto Junqueras como Otegi tienen sentado en el Consejo de Ministros a un aliado: Iglesias. Pero también porque la voladura de puentes entre los partidos moderados que se ha puesto de manifiesto estos días lo hace prácticamente imposible.   

Por otra parte, lo peor no es que Sánchez cuente para ser investido con los votos de formaciones separatistas y con los de otra que ni siquiera condena los asesinatos de ETA, sino que al callar ante sus demandas de "amnistía" o sus ataques a Felipe VI está admitiendo implícitamente que es rehén suyo. 

Tremendismo

Ahora bien, lo inteligente por parte de la oposición habría sido responder con firmeza pero con serenidad, y no recurrir al exabrupto. El objetivo debe ser crear debate e incertidumbre en el PSOE para intentar atraerse al votante socialista enojado con lo que está viendo. Lo otro contribuye a crear la imagen de derechona feroz y asilvestrada que busca Sánchez para convencer a los ciudadanos de que no tiene otra alternativa que escoger el camino que ha elegido.

No es con ocurrencias y juegos de palabras como el de Cayetana Álvarez de Toledo, asegurando que estamos en una "embestidura contra el Estado de derecho" y no ante una investidura, como se desmontará el juego de Sánchez. Ni tampoco retorciendo la realidad, como hizo Edmundo Bal al asegurar que la diputada de Bildu había llamado "fascista" al Rey, porque este término es sinónimo de "autoritario". Todo ese tremendismo, insistimos, conviene a la estrategia del PSOE de construir en el imaginario la "coalición del Apocalipsis" que justifica su apuesta por Iglesias, Junqueras y Otegi. Vienen tiempos complicados y desalienta comprobar cómo los discursos escuchados en la investidura auguran lo peor.