El papa León XIV y Bob Dylan.

El papa León XIV y Bob Dylan. Simone Risoluti Vatican Media / Reuters

Columnas ANTES DE DESAPARECER

Lo blanco y lo negro

La escritora Espido Freire analiza cada semana en EL ESPAÑOL una fotografía de gran impacto.

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Ah, podrían ser tantas las historias detrás de esta foto, nos recuerda a tantas cosas, roza con un delicado dedo el corazón de tantas fantasías con las que crecimos…

Bob Dylan ha sido comparado con Palpatine, el gran villano de Star Wars, o incluso con uno de los encapuchados del juego de Assassin's Creed, o con la Parca, que a todos nos aguarda, o con la Muerte tal y como la describe Terry Pratchett en su saga de fantasía del Mundodisco, una muerte amiga de los gatos y de las brujas que habla con mayúsculas y se pasea con su peculiar idea de equilibrio y el karma.

El bien y el mal enfrentados, la muerte que, como en las danzas medievales, recoge a papas y a campesinos, a pobres y a poderosos, de todo eso se ha hablado.

El de blanco y el de negro.

Yo, sin embargo, veo algo diferente; imagino algo más cotidiano e igualmente fantástico: los dos jarrones de mayólica, sin duda de valor y tan imitados que se encuentran, en diferentes versiones, en todos los salones de las tías solteras del mundo.

Los enchufes de embellecedores dorados, que a alguien, en algún momento, le parecieron una indudable señal de distinción para la biblioteca del apartamento pontificio, en la Tercera Logia del Palacio Apostólico del Vaticano, que es donde tuvo lugar el encuentro.

Me pierdo en el suelo de mármol que sube en un zócalo que apenas asoma tras las dos figuras, en el chiffonier con su delicado trabajo de marquetería a sus espaldas, en el cuadro con un marco sencillo, posiblemente una anunciación, o el encuentro entre una santa y su verdugo, y cuya autoría o nombre no he podido comprobar.

El papa León XIV y Bob Dylan.

El papa León XIV y Bob Dylan. Simone Risoluti Vatican Media / Reuters

Reparo en las dos grandes kentias que bordean la escena con sus hojitas verdes, primorosamente regadas por las monjas que, invisibles, se encargan de que todo lo que vemos reluzca, se conserve, no muestre nunca ni una mota de polvo.

Veo a esos dos compañeros de seminario brillantes y destinados, desde su juventud, a dos futuros complementarios: el de mirada apacible, vestido de blanco, que acabaría bajo todos los focos en el trono de Roma.

Su amigo de alma torturada por las dudas, que acaudillaría las huestes de exorcistas que mantienen, bajo ese suelo de mármol, el control del inframundo.

Años más tarde han podido encontrarse por unos instantes, el Papa con su cruz de plata bendecida, el Exorcista con el sable que esconde en un inverosímil paraguas, siempre alerta, conocedor de secretos atroces que lo han envejecido y casi, casi, ganado para su causa.

Los enchufes del apartamento pontificio.

Los enchufes del apartamento pontificio. Simone Risoluti Vatican Media / Reuters

Veo, bajo esos atuendos, tras esas máscaras y esas armaduras a Robbie Prevost, de Chicago, Illinois, cuando escuchó con siete u ocho años Blowin' in the Wind, y que de vez en cuando cita, en su trabajo, a los señores de la guerra a los que cantó y maldijo Robbie Zimmerman, de Duluth, Minnesota, que salió de esa habitación con un rosario, él, un judío que se convirtió al cristianismo y regresó después, arrepentido, a la fe de sus mayores.

Veo, tras los años y la fama, a dos chicos del Medio Oeste que comparten nombre, lengua y la admiración por San Agustín, y los imagino hablando de música, de la guerra, de la fe y la salvación.

De la vida y la muerte, del bien y del mal, de lo blanco y lo negro.