Paz, casa y trabajo, la propuesta de Montero para las elecciones generales.

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Columnas DESÓRDENES

Por qué la nueva Irene Montero parece una catequista del PP

Lo único que le quedaba a Irene Montero de izquierdas era la rabia, y ya ni eso. La foto de la precampaña parece sacada de una orla de Las Ursulinas.

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Lo único que le quedaba a Irene Montero de izquierdas era la rabia, y ya ni eso.

Me deja picueta esa foto promocional que le han hecho para representar a Podemos despreciando a Podemos. Parece sacada de una orla de Las Ursulinas del curso aquel grisáceo en el que ninguna muchacha se acortó la falda de tablas del uniforme ni leyó a Anaïs Nin.

Aquella hornada sin ángel en la que nadie fumó en el baño durante el recreo.

Irene es niña buena, niña mansa. Su outfit es de esposa, de enfermera. De secretaria. Es un tópico de los cuidados.

Es tu tía Paquita.

Está a punto de coserte una bufanda o de darte a probar una rosquilla. Te sobrealimentará. Te dirá cosas amorosas y flácidas, cosas amables. Suenan despolitizadas y hueras pero en cuanto te fijas ves que tienen una pátina reaccionaria. Hay algo polvoriento aquí, algo opresivo. Su arma es discreta y letal: es el pellizco de monja.

Conocemos que dentro de ella late una regañona silenciada, una regañona histórica que sacaba a pasear hasta hace muy poco.

Irene es una mujer sempiternamente enfadada (siempre nos ha puesto de vuelta y media a la primera de cambio, se hundió en su propio ceño fruncido, nos aleccionó como a chicos malos), pero ahora la han maqueado para que luzca dulce en campaña y tenemos que fingir que no nos acordamos de que era la reina de la vara verde.

El gesto se le deformó durante años de pura mala baba, aunque ahora se lo haya planchado.

Siempre me recordó a aquello que escribía Bertolt Brecht en A los hombres futuros: "Sabíamos que el odio contra la bajeza también desfigura la cara. La ira contra la injusticia también pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad, no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia".

Pero esto fue en otra era. Ahora Irene, presidenciable, es inofensiva. Es conservadora. Ya el cuello de baberito de su suéter es conservador. Sólo un botón abierto: es el leve escalón que la separa de la novicia, es la sexualidad restringida y tibia de una mujer que ha tenido tres hijos antes de los treinta y cinco (aunque nos instaba acaloradamente a las demás a romper la "normatividad" y a crear "nuevos modelos de vida feminista" donde "la reproducción y la crianza no estuvieran en el centro") pero se representa pazguata (y es la misma que nos azuzaba a que nos liberásemos lúbricamente, a que nos expresásemos desde el erotismo).

La tela del suéter es azulada. Gama cromática PP. Claro que el cabello oscuro y sobrio marcado con tenacillas también es conservador. Hasta la raya del pelo le cojea un poco hacia el lado derecho del cráneo.

¡Y el maquillaje es tradicionalista! Hubo una forma de romper el canon de la homogeneidad y la apatía estética que fue la fantasía y el brilli-brilli, el dragueo insurgente, el menear la pestaña postiza como si fuera una bata de cola; y hubo otro modo de agrietar la idea dócil y cosmética de belleza que fue lavarse la cara con jabón y tirar para la calle con el poro al aire, a lomos de la propia naturaleza y del propio temperamento desnudo, siendo salvajemente quien una es.

Pero Irene ha optado de nuevo por el camino tibio: flow catequista.

Me detengo en su ortodoncia perfecta, en su diente grande y ovalado de niña bien. Es tan mona. Es esbelta. Su belleza no hace daño porque no dice nada. Cuenta que quiere la felicidad para todos. Y yo, mi vida. Las ideas de su precampaña son de discurso de miss. Paz en el mundo y demás brocha gorda.

Me recuerda a una de esas mujeres neutras con las que crecí en el Workbook y que siempre me hirieron a su extraño modo robótico: señoras sonrientes y vacías que hacían cosas apropiadas, las cosas que hace todo el mundo (cocinar, recoger la casa, ir a la oficina), amigas básicas, madres de familias estereotipadas de banco de imágenes.

Llama la atención el marco de la foto de la web con las esquinas redondeadas. Hasta eso han limado.

Ya no hay aristas aquí, ya no hay crudeza, a este lado no aguanta nada puntiagudo ni molesto. Irene ya está domesticada. Es gracioso. Pasó muy rápido, en tiempo récord, de ser una chavala desagradable y muy histriónica a una señora aburridísima, comodona.

Recuerdo cómo infantilizó la cartera de Igualdad y la convirtió en un club de amigas estúpidas que jugaban a hacer recortables, a regalarse tartitas por los cumples y a parir eslóganes sonrojantes (al menos ya no quiere llegar a casa sola y borracha, al menos ahora quiere paz, casa y trabajo, pero, por otra parte, ¿quién no?).

Recuerdo las alegrías que les dio a los violadores encarcelados. Recuerdo que no sabía definir lo que era una mujer (ni cis, ni trans). Recuerdo cómo desconvocó una manifestación tan poderosa como el 8-M.

Recuerdo cómo se desdijo en tantas cosas que acabó desdibujada entera, mercenaria del poder y del dinero, de la seguridad de los suyos (sólo de los suyos), adepta a las casas con piscina en cascadita a las afueras de Madrid, sin contacto con la peña, que es mucha y huele y molesta. Todo por la gente, pero sin la gente. De la gente sólo le gustamos las mujeres y los maricas cuando le venimos bien para alguna pancarta o alguna efeméride. Ahora ya no nos nombra. Ya no resultamos rentabilizables.

Montero nos contó que había que preservar el tejido cultural y afectivo de las ciudades. Que había que hacer vecindario.

La cosa es que a Irene no te la encuentras por el barrio (dos veces al año desembarca en Lavapiés para hacerse un vídeo multicultural comiendo en un restaurante hindú), pero sí pidiendo perras en internet.

Recuerdo que habló de romper las jerarquías, recuerdo que habló del colectivismo y de la escucha, recuerdo que nos enseñó a desconfiar del ego, y recuerdo que todo eso fue antes de ser incapaz de pactar con Frente Amplio y antes de calzar su nombre y su cara como la verdad única de su partido, hija sana del personalismo de su marido y de su viejo "vuELve".

Ahora se agarra al escaño como una jabata, aunque juró y perjuró que había que despedirse de la silla para ser un político decente.

Leo que se crió en una familia creyente y practicante. Leo que fue "hasta monaguilla". Jajá. No me extraña. Lo sigue siendo, ahora también por fuera.

Quizá el problema es que siempre profesó una sola fe. El culto a sí misma.