Un hombre lleva una bandera francesa durante los disturbios en Francia.

Un hombre lleva una bandera francesa durante los disturbios en Francia. Reuters

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La revolución de Mélenchon es el regalo que esperaba Le Pen

Cuanto más legitima la ultraizquierda la violencia, más fácil le resulta a la ultraderecha erigirse como la única oportunidad de orden.

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Los franceses son tan franceses que ni se molestan en disimular su decepción con Francia.

Lo escribí hace casi dos años, cuando Emmanuel Macron había conseguido convertir su promesa de renovación europea en una crisis política de consecuencias imprevisibles.

Hoy, mientras las calles francesas vuelven a arder, aquella decepción ha adquirido una dimensión más inquietante. El país que pretendía ofrecer una alternativa al populismo contempla cómo la violencia erosiona las reglas de la convivencia y cómo quienes más necesitan su desaparición pueden ser los principales beneficiarios de su fracaso.

La jornada del 17 de octubre ha llevado a su expresión más grave una movilización que comenzó entre estudiantes adolescentes de un liceo y se extendió a otros sectores descontentos con el coste de la vida, la educación y el deterioro de los servicios públicos.

El Gobierno francés ha cifrado en cientos de miles la participación en las manifestaciones, mientras las autoridades afrontan miles de detenciones acumuladas en las jornadas de violencia, que deja un edificio municipal histórico calcinado, enfrentamientos, incendios, saqueos y ataques a edificios públicos y agentes de policía, miles de comercios arrasados y un ministro del Interior ofreciendo su dimisión.

De los chalecos amarillos a las barricadas, de la indignación social a la llamada "convergencia de luchas", se ha ido construyendo un espacio en el que coinciden actores con objetivos muy distintos.

Un radical posa para la prensa durante los disturbios en Francia.

Un radical posa para la prensa durante los disturbios en Francia. Reuters

La ultraizquierda organizada encuentra la oportunidad de recuperar la confrontación como forma superior de acción política; los delincuentes oportunistas descubren la ocasión de saquear; y algunos participantes se dejan arrastrar por una dinámica colectiva que termina devorando el propósito inicial de la protesta.

Me ha resultado reveladora la clave que ofrece el politólogo Xavier Crettiez en Le Monde: "fun, profit and ego".

Diversión, porque visto desde dentro el disturbio es, según él, un gran momento de desahogo.

Beneficio, porque el escaparate roto se convierte en botín.

Y ego, porque romper algo ante los demás da reconocimiento dentro del grupo.

Se destroza por mimetismo y bajo la presión de los pares, y la violencia se aprende en entornos y redes que le proporcionan una justificación política o moral. Eso explica por qué la calle escapa a quienes creen dirigirla.

Una revolución no exige que todos sus participantes compartan programa. Le basta con que coincidan quienes quieren transformar el sistema, quienes quieren imponer una identidad y quienes aprovechan el desorden, y esa convergencia es mucho más eficaz para destruir que para construir.

Pero, más que cualquier pronóstico, importa una paradoja: cuanto más legitima la ultraizquierda la violencia como forma superior de protesta, más fácil le resulta a la ultraderecha erigirse como la única oportunidad de orden.

El ínclito Mélenchon pretende convertir la indignación en palanca revolucionaria, como si la calle pudiera sustituir a una mayoría democrática.

Pero este pseudo-1789 de rabioso atrezo, con sus librerías y floristerías reventadas, tiene un alto coste. Cuanto más se confunden protesta y violencia, más fácil resulta que el elector identifique a la izquierda radical con la desestabilización y busque refugio en la promesa de orden de la derecha nacionalista.

Mélenchon volverá a ser candidato en primavera, y todo apunta a que, desmantelado el centrismo macroniano, una segunda vuelta contra Le Pen será para ella un escenario extraordinariamente favorable.

No es una victoria escrita de antemano. Pero, para el cada vez menos delicado paladar francés, la legitimación de la violencia ha licuado el rechazo que aún despierta el proyecto de la ultraderecha entre quienes no quieren entregar el país a quienes cuestionan sus fundamentos republicanos.

A Le Pen le bastó con acusar a la extrema izquierda de haber secuestrado las protestas contra el coste de la vida. El frente republicano que salvó a Macron en 2017 y en 2022 descansaba en que el votante sensato temiera más a Le Pen que a su alternativa.

Si el miedo cambia de bando, y hoy es una hipótesis y no una profecía, la izquierda radical habrá contribuido a normalizar justo la alternativa que dice combatir.

Un policía durante los disturbios en Francia.

Un policía durante los disturbios en Francia. Reuters

Portugal e Italia también han vivido movilizaciones por el coste de la vida, la educación y la vivienda, multitudinarias en Lisboa y con choques graves en Milán y Bolonia. Albania añade una peculiaridad, porque lo que nació como protesta estudiantil contra tasas y corrupción llegó a su quinta jornada exigiendo la dimisión del primer ministro socialista, Edi Rama.

No hay dirección común ni explicación única, sólo una fractura compartida entre lo que espera la ciudadanía y lo que pueden dar sus instituciones. La diferencia francesa es el calendario, con las presidenciales a seis meses.

Mientras Europa afrontaba un 17 de octubre de violencia desatada, España asistía a un acto de enamorada afirmación electoral de Pedro Sánchez. La escenografía sentimental del presidente, hecha de besos y bailes, junto a la retórica victimista de un liderazgo perseguido, contrastaban con la gravedad de las crisis que atraviesan las democracias europeas.

Desplegar la horterada y la cursilería como repertorio desesperado es un recurso conocido, de Kirchner a Maduro. No por estomagante es menos efectivo, cuando de atrincherarse se trata.

La acampada inquilina devenida en lumpen sucio de chorizos y sin techo en Sol, instrumentalizada por un presidente a la fuga y hundida por su portavoz tenedora, contrastaba con la protesta de estudiantes adolescentes inflamada hasta el cataclismo por una ultraizquierda dispuesta a arrasar el país.

Y nos recuerda que ninguna causa queda a salvo de quien pretende apropiársela.

Sin garantías republicanas y en manos de los ultras, la Francia revolucionaria se reduce a capitulación al caos. La democracia no consiste en garantizar calles tranquilas ni en exigir obediencia a quien tiene motivos para estar enfadado.

Consiste en proteger el legítimo derecho a protestar y, a la vez, impedir que la violencia se convierta en otra manera de ejercer el poder.