Un bombero en llamas durante las protestas en Francia.
Arde París
La escritora Espido Freire analiza cada semana en EL ESPAÑOL una fotografía de gran impacto.
Resulta difícil apartar los ojos del teléfono; todos, mayores, jóvenes, interponemos una pantalla entre nosotros y el mundo. Así vemos un concierto, un nacimiento, un accidente, la guerra y sus víctimas. Alzamos el móvil entre nosotros y el miedo.
Tal vez algunos de esos jóvenes que vemos en la imagen grabaran por inercia, como lo hacen con todo lo ordinario y lo extraordinario, de manera preventiva, o porque sacar el móvil se ha convertido en algo más rápido e instintivo que el pensamiento.
Francia lleva días presenciando cómo los contenedores arden a las puertas de sus institutos.
Lo que comenzó el 21 de septiembre en un lycée de Créteil porque varios profesores faltaban y no habían sido sustituidos se extendió en apenas una semana al país entero: y entonces afloró todo, los alumnos que bloquearon sus centros y agredieron a policías y maestros, la ansiedad por la prohibición de los móviles y la presión que sienten ante el Parcoursup, el sistema de Selectividad francés.
Los profesores en huelga por sus aulas de treinta y cinco estudiantes, por los edificios deteriorados y la falta de personal, por los horarios imposibles.
El bombero de la imagen también estaba en huelga. Era el 29 de septiembre cuando acudió a la rue Sainte-Catherine de Burdeos, donde un grupo de estudiantes había levantado barricadas durante una jornada de movilizaciones. Los bomberos reclamaban mejores condiciones y más medios; sus vehículos llevaban el cartel de En grève, "En huelga".
Aun así, seguían de servicio, y él hizo lo que su puesto le demanda.
Entonces explotó un aerosol oculto entre la quincalla que ardía.
La fotografía de Guillaume Bonnaud congela ese instante. El bombero inclina la cabeza, se dobla sobre sí mismo, intenta desprenderse de las llamas que le han prendido en el uniforme. No le vemos la cara.
A sus espaldas, Burdeos se convierte en un escenario fantasmagórico y decenas de muchachos gritan, otros se llevan las manos a la boca, algunos retroceden con el móvil en alto.
No les tendré en vilo: por fortuna, el bombero sobrevivió y fue dado de alta en el hospital ese mismo día, pero eso, en ese momento, los testigos no lo saben, y podemos detenernos en esos adolescentes que observan, espantados, cómo las consignas, la rebeldía, la trastada, la aventura de saltarse las clases, sus pancartas, sus agravios y sus razones se convierten de repente en un cuerpo que se retuerce y arde.
Cuando estos adolescentes eran niños señalarían en sus cuentos al bombero como un héroe con un casco, su uniforme, un camión rojo, la inconfundible sirena.
Hasta que un día, a los dieciséis o diecisiete años, vieron a uno dirigirse hacia el incendio que ellos mismos habían provocado y (Gil de Biedma dixit) aunque venían, como todos los jóvenes, a llevarse la vida por delante, comprendieron, en ese momento, que la vida iba en serio.
Supongo que alguno de esos chicos conservará todavía el vídeo en su teléfono.
Espero que lo guarde toda su vida, que entienda, algún día, qué implica que desee que París arda.