Maricarmen, minutos antes de ser desahuciada.

Maricarmen, minutos antes de ser desahuciada. Europa Press

Columnas SIN SOLTAR AMARRAS

Maricarmen ya no vive aquí

Ojalá quienes animaron a Maricarmen a resistir la hubiesen animado a negociar y hubiesen trabajado con ella en una solución realista.

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El número 46 de la calle Sainz de Baranda está tranquilo. Me dicen que ya no queda nadie en la entrada, que el enjambre de reporteros y curiosos ha desaparecido.

Maricarmen, la mujer de 87 años que vivía en esa casa y fue desahuciada el miércoles, está ingresada en un hospital cuando acaban de redactarse estas líneas. Tiene un cuadro de agotamiento severo, y es fácil imaginar que sufre también las consecuencias del desconsuelo.

Imposible no sentir compasión por una anciana desvalida que fue sacada a la fuerza de la casa en la que vivió 70 años. Yo veo a Maricarmen y veo a mi padre, que tiene 85, a mi abuela, que murió a la misma edad de Maricarmen, y a toda la legión de personas mayores a las que he querido y que tuvieron la buena fortuna de poder morir en su casa.

No voy a juzgar la historia de Maricarmen porque sólo me sé el trazo grueso, y es muy arriesgado sacar conclusiones cuando uno ve lo que hay en escena e ignora por completo lo que sucede entre bambalinas, cuando se baja el telón y aparece la realidad de las cosas.

Sabemos que Maricarmen vivió toda la vida en un piso de renta antigua, que tenía un sueldo apañado, que pagaba una miseria por vivir en el barrio del Retiro. Pero a lo mejor hay detalles que desconocemos, y que eso imposibilita hacer un retrato fiel de esta historia de final desdichado.

Lo que sí puedo asegurar es que Maricarmen no ha tenido suerte en la vida porque parece que tampoco tuvo a nadie que la aconsejara bien. Nadie quiso animarla a que comprase ese piso en el que vivía cuando se lo ofrecieron a precio de ganga, que actualizase la renta, nadie le dijo que la ley es cruel pero es ley y que se te puede volver en contra.

Maricarmen, minutos antes de ser desahuciada.

Maricarmen, minutos antes de ser desahuciada. Europa Press

Al menos en los últimos tiempos, Maricarmen estaba rodeada de personas no sé hasta qué punto bienintencionadas que la animaban a la resistencia, a aguantar, a aferrarse a ese boleto de viaje a ninguna parte.

El lanzamiento de esta mujer puede no ser justo, pero es legal. Me pregunto si alguien se atrevió a pintar la realidad ante Maricarmen, a tomarla de la mano y a decirle: esto es lo que hay.

Porque, evidentemente, es mucho más romántico hablar de lucha obrera, de derechos y de Maricarmen somos todos, pero resulta que es ella la que se ha quedado sin casa.

Me temo que el afán de convertir a Maricarmen en un símbolo del fracaso del sistema de vivienda hizo que quienes decían defenderla no se parasen ni medio segundo a analizar todas las posibilidades funestas que se cernían sobre ella.

Porque Maricarmen fue desahuciada el lunes, pero había perdido su casa hace quince años.

Ojalá quienes la animaron a resistir la hubiesen animado a negociar. Ojalá aquellos que la empujaron a persistir hubiesen trabajado con ella en una solución realista, por triste que fuera. Me temo que no lo hizo nadie.

Yo no sé si el caso de Maricarmen se va a olvidar, pero lo que más me preocupa es que se olviden de ella.

Ojalá los miles de personas que salieron a la calle a gritar contra un sistema sin piedad se acuerden de Maricarmen y se organicen para acompañarla como antes se organizaron para manifestarse por las calles de Madrid.

Ojalá que los que gritaban “Maricarmen no se va”, los que se enfrentaron a la policía, los que le dedicaron canciones y poemas, la sigan teniendo presente en cuanto pase el ruido. Porque es ahora cuando esta mujer desolada necesita palabras de aliento, cariño y caras amigas.

Ojalá quienes de corazón apoyaron a Maricarmen vayan a verla, a hacerle compañía, a echar una partida de cartas, a cantarle las mismas canciones que se cantaron frente a una casa en Sainz de Baranda donde ya no vive Maricarmen.