El presidente ucraniano Volodímir Zelenski. Reuters
Enésimo regreso a Ucrania
Debemos reconocer el heroísmo de un pueblo que mantiene a raya desde hace cuatro años (¡un hecho sin precedentes en la Historia!) a uno de los ejércitos más poderosos del mundo.
"¿Cuántas veces en Ucrania?" me preguntan, en el tren, los hombres que regresan al frente y los representantes de ONG polacas, bálticas, francesas, que vienen a combatir el frío.
Veinte. Quizá veinticinco.
Sin contar todas las veces, desde el verdadero inicio de la guerra, en 2014, en vísperas de la toma de Crimea y de los primeros ataques contra el Donbás.
Con Marc Roussel, que, junto con Gilles Hertzog y conmigo, lo ha filmado todo desde el principio, ya hemos perdido la cuenta.
Voluntad de cubrir esta guerra, de un modo u otro, del primer al último día. Pero voluntad también, incluso cuando no estamos rodando, de estar allí. Simplemente allí.
Yo mismo no sé por qué. Se dirá que por solidaridad. Escrúpulo de estar calentito, en París, mientras Kyiv se hiela y se muere. Deseo de reencontrar a Serge, a Bogdan y a los amigos con los que compartimos más recuerdos que, a menudo, en toda una vida.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en Kiev con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Reuters
Saber de Néstor, nuestro joven cámara que se rapó su melena de hippie y fue movilizado en el frente de Pokrovsk.
Muchos de esos recuerdos no están en nuestras cuatro películas. Sólo juntos, en el Maidán, caminando en la nieve y entre el ruido de las sirenas, podemos evocarlos. O no.
Porque, también entre nosotros, no todos son transmisibles.
Entonces no lo intentamos. Callamos. Simplemente contentos de estar juntos y de hablar. Así era en Bosnia, hace treinta años. El mismo mecanismo. La misma, irrevocable, atracción.
Incluso cuando pasa demasiado tiempo.
Incluso cuando no debería tener la cabeza más que en la escritura del próximo libro.
¿Un avisador, en mi interior, de un acontecimiento? ¿Uno de verdad? ¿Uno de esos que parten la Historia en dos? No lo sé.
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Esta vez, sin embargo, está el aniversario (¿se puede decir "aniversario"?) de aquel funesto 24 de febrero, hace cuatro años, en que la guerra cambió de escala y de nombre.
Zelenski, cansado pero en pie (¿cómo aguanta?).
Olena Zelenska, la primera dama, que preside, imperturbable (¿cómo puede?), una conferencia sobre la justicia y los niños robados.
Está la escuela de la calle Bohdan-Jmelnitski que habíamos filmado en un documental anterior y a la que llevo un generador que permitirá a los más pequeños no morir de frío.
Y luego está nuestra última película, Notre guerre ("Nuestra guerra"), que las televisiones y plataformas francesas y estadounidenses han difundido, pero que los ucranianos no habían visto.
La proyección tiene lugar en el "campus rojo" de la universidad Tarás Shevchenko, justo donde yo había pronunciado antaño, a invitación del amigo Constantin Sigov, La résistible ascension d’Arturo Poutine ("La ascensión resistible de Arturo Putin"), cuya alusión a Brecht enfureció, en las redes sociales rusas, a un puñado de intelectuales con galones.
Bernard-Henri Lévy saluda a Andriy Yermak, jefe de gabinete de Volodímir Zelenski.
El lugar había permanecido secreto hasta esta mañana. Pero están todos allí (¿cómo han podido?).
Los amigos, otra vez.
Los ciudadanos de la ciudad que quieren celebrar el aniversario exaltando el heroísmo de un pueblo que mantiene a raya desde hace cuatro años (¡un hecho sin precedentes en la Historia!) a uno de los ejércitos más poderosos del mundo.
Los estudiantes de filosofía del campus.
Sergiy Kyslytsya, jefe adjunto de la oficina del presidente.
Y luego los personajes de la película, algunos de los cuales han vuelto, con permiso de un día, desde los frentes lejanos donde los habíamos filmado y dejado. Tiempo recobrado. No me atrevo a decir proustiano. Digamos malapartiano.
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Los rusos han atacado, esta mañana, una de las tres centrales eléctricas que alimentan Kyiv y su periferia. Es un recinto inmenso, diez hectáreas, quizá más; no me lo imaginaba así (ni el honor que me hacen al autorizarme a entrar en él).
Los rusos, en estos cuatro años de ensañamiento con la ciudad, han destruido mucho. Por todas partes, edificios destripados.
Chapas retorcidas.
Vísceras técnicas expuestas al viento helado y a la nieve.
Torres de refrigeración agrietadas por la onda expansiva de las explosiones.
Vigas de acero o cables de alta tensión colgando en el vacío.
Alfombras de vidrio roto.
Y, en el corazón de ese campo de ruinas, dos signos de vida.
Hombres, con casco de obra en la cabeza, que reparan, y reparan, y vuelven a reparar.
Y luego, protegida por una gruesa cortina de plástico que conserva un poco de calor, una vasta cápsula que, pese a su arcaísmo (¡fue construida en la era soviética!), se parece a la cabina de un cohete o a la caja craneal de un gigante mecánico, y en la que se concentran los manómetros, voltímetros, amperímetros, baterías y pilotos luminosos que controlan las partes aún operativas de la central.
Es la última sala de control que permite que una parte de la ciudad siga, unas horas al día, iluminada y calefactada. Y es el único lugar del recinto que no se evacua en caso de ataque.
A los bomberos de Notre-Dame de París se les llamaba "soldados del fuego".
¿Cómo nombrar a estos otros soldados, a estos ingenieros valientes e inventivos que trabajan, día y noche, para que Kyiv no se precipite en la oscuridad absoluta?
Los guardianes de la corriente. Las centinelas de la luz. Otros héroes de Ucrania.