El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dirige a los republicanos de la Cámara de Representantes, el 6 de enero de 2026.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dirige a los republicanos de la Cámara de Representantes, el 6 de enero de 2026. Reuters

Columnas LOS PESARES Y LOS DÍAS

¿Cuándo no se ha regido el mundo por la ley del más fuerte?

El llorado orden internacional basado en reglas no fue sino el orden impuesto por el vencedor de la Segunda Guerra Mundial sobre un millar de bases militares repartidas por todo el globo.

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En este histérico clima intelectual de belicismo milenarista, se da una compulsión general al encuadramiento.

Pero esta exhortación a tomar partido por uno u otro de los actores en liza no hace sino reincidir en el marco moralizante que la Gran Transformación geopolítica en marcha ha tornado caduco.

De la misma forma que no tiene demasiado sentido felicitarse de una intervención que responde en exclusiva a las prioridades estratégicas del ex-Amigo Americano, tampoco lo tiene poner el grito en el cielo por las ambiciones dominadoras de las potencias.

¿Cuándo se ha regido el mundo de otra forma?

Un poder (o varios) está en posesión de la suficiente fuerza como para arbitrar discrecionalmente el tablero mundial a expensas de los menos dotados.

Y es ocioso plantearse si esto nos parece bien o mal: sencillamente es así, siempre ha sido así y difícilmente puede ser de otra forma. Reputarse antiimperialista es como declararse detractor de la fotosíntesis.

Una manifestante muestra un cartel en las calles de Caracas en apoyo a Nicolás Maduro.

Una manifestante muestra un cartel en las calles de Caracas en apoyo a Nicolás Maduro. Reuters

Para entender el pertinente regreso del realismo político, hay que incardinarlo en el fenómeno más general de la caída de los ídolos erigidos después de 1945. La realpolitik fue una de las víctimas del nuevo credo globalista, desacreditada, en virtud del trauma alemán, como un insensato furor militarista.

Aunque ni siquiera se trata stricto sensu de un retorno, porque el realismo nunca se fue: es una doctrina que no prescribe, sino que describe.

No es tanto que el orden basado en reglas haya dado paso al mundo de la fuerza como que ahora esa fuerza latente y fundante se exhibe desacomplejadamente.

Lo que sin duda ha cambiado es el escenario internacional, que nos sitúa en la "trampa de Tucídides": la hasta ahora superpotencia hegemónica encuentra contestación por una potencia emergente. Y del orden unipolar se vuelve a un equilibrio entre grandes poderes en que el antaño gendarme global se repliega a la condición de sheriff regional.

Pero en nada altera eso el dato de que el orden internacional basado en reglas no fue sino el orden el impuesto por el vencedor de la Segunda Guerra Mundial. La cruda realidad es que el llorado "multilateralismo" siempre se ha sostenido sobre el millar de bases militares estadounidenses repartidas por todo el globo.

Los mandarines del oficialismo, no obstante, se aferran a la impostada narrativa de una República cosmopolita en la que, hasta que Netanyahu, Putin y Trump decidieron ciscarse en el derecho internacional, todas las naciones habríamos negociado colegiadamente los designios globales.

No es raro encontrarse en la prensa el sintagma "el orden internacional que nos dimos" en la posguerra, inequívoca fraseología usada, como cuando se emplea a propósito del Régimen del 78, para hacer pasar la transacción forzada por el libre acuerdo.

Tales ficciones tranquilizadoras son el resultado de haber introyectado una propaganda destinada a encubrir que la globalización nunca ha sido otra cosa que una americanización.

¿Y cómo se compadece eso con las gallardas exhortaciones a dotar a Europa de la necesaria "autonomía estratégica"? Diríase que a nadie le importaba que Europa tuviera el estatus de Estado libre asociado de EEUU hasta que Trump ha amenazado con eviscerar la OTAN.

Se alega que hemos retrocedido hacia un mundo más peligroso: el de la ley del más fuerte. Pero esta impresión bebe de la deformante confusión entre lo moral y lo moralista.

¿Qué es más inmoral, asumir que, en efecto, el poder hace la ley y actuar en consecuencia, o un pacifismo idealista que, ignorando la naturaleza de la política internacional, nos condena a falsear nuestras necesidades securitarias?

El mayor servicio que podemos hacer a la humanidad es zafarnos, también en lo relativo a la política exterior, de los dictados del pensamiento políticamente correcto.

Esto es, asumir que la retórica de la no injerencia, invocada a colación de la abducción venezolana, descansa en la ficción de la soberanía westfaliana, cuando la realidad es que no habrá más de media docena de naciones soberanas en el mundo.

En lo que concierne a nuestro país, cierto es que no queda mucho margen de maniobra, después de que con cierto almirante volaran por los aires también las opciones de un programa de nuclearización que habría sido la única forma de procurarse una fuerza disuasoria real, y toda vez que las capacidades nacionales fueron desguazadas y subastadas a actores extranjeros durante la Transición.

Pero, al menos, no malogremos la oportunidad que ofrece este cambio de paradigma de redescubrir el interés nacional propio. Así, en lugar de perseverar en nuestra pulsión tanática, acaso podamos recobrar el sentido común que reza que la mayor garantía de la paz es muchas veces la amenaza creíble de la guerra.