Tomás Serrano

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8 de enero, Junqueras; 8 de febrero, Alegría

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Un 8 de enero Pedro Sánchez recibe a Oriol Junqueras en la Moncloa y pacta con él una financiación a la medida de Cataluña, y un 8 de febrero habrá elecciones en Aragón.

Son dos fechas que se miran de reojo, porque Pilar Alegría tendrá que explicar a los aragoneses por qué su partido defiende privilegios ajenos mientras ignora los agravios propios.

La foto de Sánchez con el líder independentista condenado por el golpe en Cataluña va a costarle cara a la candidata socialista... y al bolsillo de todos: el pacto de este jueves supondrá en torno a 4.700 millones más para las arcas catalanas.

El acuerdo con Junqueras, como la foto anunciada y todavía pendiente con Carles Puigdemont, son mucho más que simples gestos: son la constatación de que el presidente ha decidido que su continuidad en el Gobierno pasa por estirar los acuerdos con los independentistas hasta donde sea necesario.

La "singularidad" de Cataluña se entiende en Aragón, Castilla-La Mancha o Andalucía como lo que es: privilegio. Es difícil vender cohesión territorial cuando se trata a los territorios con criterios distintos a la hora de cubrir sus necesidades de caja.

Sánchez, que tiene claro que rema contracorriente en la política nacional -por eso ni se le ocurre convocar elecciones pese a los maravillosos augurios del CIS de Tezanos-, trata de presumir de liderazgo en la escena internacional.

Habla de consenso europeo, pero no es ya solo en el Congreso donde carece de apoyo, es que ni siquiera en el Gobierno tiene los votos de Sumar para aprobar un aumento del gasto en defensa o una misión simbólica de tropas españolas a Ucrania.

La política exterior, lejos de ser un activo, se acabará convirtiendo para él en otro foco de fragilidad.

Y mientras tanto, Aragón vuelve a ser el espejo de la caída socialista. Muchos no olvidan que Sánchez se borró del funeral de Javier Lambán, un gesto que interpretan como el desprecio a un histórico socialista que fue crítico precisamente con las cesiones a quienes no buscan el bien del país, sino el de su camada.

Alegría carga hoy con todo ese peso, con las encuestas en contra y con un Sánchez que, tras su abrazo con Junqueras, resta hoy en Aragón más que suma.

Y el deterioro del PSOE en Aragón, como ocurrió ya en Extremadura, es el preludio de lo que sucederá próximamente en Castilla y León y en Andalucía. Sólo que el 8 de febrero Ferraz no podrá decir que el candidato era malo, como hizo con Miguel Ángel Gallardo, porque Alegría ha sido la portavocísima del Gobierno los dos últimos años.

Sánchez está decidido a aguantar, aunque el tiempo y sus socios corren en su contra. Cree que gobernar es sobrevivir un día más. Y ahora el precio de su permanencia en el poder es el desguace del Estado autonómico.