Corría el año 2008, era la víspera de la cumbre de Bucarest. Mi compañero de lucha y de pensamiento André Glucksmann y yo firmamos conjuntamente (¡cosa que no hacíamos a menudo!) una carta abierta en Le Monde dirigida al presidente de la República Francesa y a la canciller alemana.

Charles Michel, Jens Stoltenberg y Ursula von der Leyen.

Charles Michel, Jens Stoltenberg y Ursula von der Leyen. Reuters

En esa carta, los instábamos a que escuchasen el clamor de una Ucrania que llevaba desde 1918 (¡sí, 1918, cuando se independizó por primera vez!) queriendo protegerse del Imperio ruso y que, 17 años después de su segunda emancipación, sólo veía una fórmula para materializar ese deseo: el largo camino del MAP (por sus siglas en inglés, el Plan de Acción para la Adhesión) que le permitiría ingresar algún día en la OTAN.

Argumentamos en aquella carta que el naciente siglo XXI no nos estaba yendo tan bien como para rechazar a uno de los pocos países que, por su cuenta y riesgo, querían asumir las consecuencias de su adhesión a nuestro modelo institucional y político.

Explicamos que sería un grave error político e histórico ceder ante las presiones y los chantajes del Kremlin, encerrarnos en nuestro propio mundo y cerrarles las puertas a las últimas voces de una Europa cautiva 20 años después de la caída del Muro de Berlín.

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Y me pasé los años siguientes, con él, con Glucksmann, y luego, tras su muerte, sin él, dando la matraca en el Maidán de Kiev, en otros lares y, a decir verdad, desde todos los altavoces posibles, sobre lo que las dos guerras de Chechenia, la invasión de Georgia y el testimonio de los primeros disidentes nos habían enseñado: Putin tiene un enemigo principal, uno solo, al que quiere cortarle la cabeza. Ese enemigo es la Europa de la democracia, el derecho y las repúblicas libres.

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15 años después, por valerme de las palabras de Solzhenitsin, la rueda rojiparda ha girado.

Los occidentales se tragaron el argumento de la pobre Rusia, que vive atormentada por el miedo a que la rodeen.

Le dieron todas las muestras de buena voluntad que pidió y que, a veces, ni siquiera llegó a pedir.

Francia quiso venderle buques de guerra.

Los Estados Unidos de Barack Obama cerraron con Putin un acuerdo de desarme más que ventajoso en 2009 y, como exigía el Kremlin, cancelaron el despliegue de la Fase IV de sus escudos antimisiles en Polonia.

Por no hablar de los años de Trump y la obscena connivencia de la que fueron escenario, pues las potencias aliadas no dejaron de tranquilizar al Kremlin con respecto a la solidez de la Carta de París de 1990; de la Asociación para la Paz de 1994; de la Carta para la Seguridad Europea de 1999; o del Consejo de Cooperación OTAN-Rusia, creado en 2002.

En resumen, lejos de estar, como se repite una y otra vez, aislada, de sufrir el desprecio y la humillación, se ha tratado a Rusia con asombrosa deferencia, si lo analizamos en retrospectiva.

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Y Putin, que confundió nuestros gestos de buena voluntad con una muestra de debilidad, llegó a la conclusión de que podía atacar a Ucrania. Que podía amenazar a Europa con una guerra casi nuclear, amenaza vertebrada dos meses antes del ataque con dos ultimátums (lanzados el 17 de diciembre de 2021) que intentaban echar por tierra, en su propio beneficio, la estructura de seguridad europea y mundial que se fijó después de 1945.

Como Ucrania no estaba en la OTAN, hoy estamos al borde de un conflicto mundial.

Pensando que podríamos evitar la guerra traicionando a una nación amiga, hemos cosechado, como siempre, deshonor y guerra. 

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A partir de ahí, ¿qué hacemos?

Para cualquier observador de buena fe, la respuesta está clara.

La respuesta es la de Kissinger, quien declaraba en Davos hace unos días (ahora que ya no se sostenía su principal argumento en contra de la adhesión de Kiev a la OTAN, "para no ofender a Rusia") que ha cambiado de parecer y considera que la idea de una Ucrania neutral "no tiene sentido".

Es la del ministro de Defensa ucraniano, Oleksii Réznikov, que apunta que, puesto que su Ejército lucha con nuestras armas, nuestra munición y ahora nuestros tanques, y puesto que, por necesidad, se ha puesto a la altura de los estándares de la Alianza, se ha convertido en un miembro de facto.

Y, por último, la de todos aquellos que, como yo, acompañan, escuchan y, desde hace once meses, filman a las tropas ucranianas en acción.

A todos esos valientes que, como los soldados atenienses que ensalzaba Pericles en su discurso a los héroes que Tucídides fijó para la historia, repiten una y otra vez que luchan por la patria, sí, pero también para defender unos valores aún más elevados: la libertad, la democracia, el derecho. En definitiva, por Europa.

¿Acaso no son nuestros valedores? ¿Acaso no son nuestro baluarte contra el enemigo común? ¿Acaso no nos defienden, desde sus trincheras, tanto como nosotros a ellos? ¿No se han convertido, además, por mor de las circunstancias, en el más aguerrido, el más avezado y el mejor Ejército de Europa?

Y este Ejército que, lo repito una vez más, es el único que ha tenido que aprender, muy a su pesar, pero vaya si ha aprendido, a utilizar nuestros Leclerc, nuestros Abrams y, a partir de ahora, nuestros Leopard, ¿no posee un conocimiento estratégico y táctico que, ante los tiempos convulsos que se avecinan en el horizonte, tiene un valor incalculable?

Incorporar a Ucrania a la OTAN no sólo es nuestro deber, sino que juega en favor de nuestros intereses.

Acelerar los procedimientos y recuperar el tiempo que se ha perdido desde 2008 es una cuestión tanto de seguridad como de dignidad para todas las partes.

Cuanto antes se zanje este asunto, antes habrá paz. La verdadera paz que sólo puede llegar con la capitulación de Putin y sus tropas.