Me contaba hace unos días el veterano economista Juan Velarde que tuvo una audiencia con Franco en 1972 en plena euforia del desarrollismo y crecimiento de la economía española. Juan Velarde hizo ver a Franco que el Producto Interior Bruto de Italia estaba a punto de superar al del Reino Unido. Inglaterra estaba sumida entonces, hasta la llegada de Margaret Thatcher, en el desastre de gasto e ineficiencia laborista.

Como la economía española se estaba acercando a la italiana, Velarde sugirió que se podría decir públicamente que estábamos a punto de superar al Reino Unido. Franco le miró de modo un tanto sorprendido y dijo con su voz queda: “Profesor Velarde, no se crea, Inglaterra es mucha Inglaterra”.

En relación con el desastroso viaje de Josep Borrell del pasado jueves a Moscú, adonde acudió a cantar las cuarenta al oso ruso, alguien debió advertirle: "Amigo Borrell, no se crea, Rusia es mucha Rusia”.

El vídeo de la rueda de prensa de Borrell con el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, debería ponerse en la Escuela Diplomática como ejemplo de lo que no hay que hacer. Cuando un viaje amenaza tormenta, lo mejor es no hacerlo.
El resultado de la visita no ha podido ser más negativo. Con seguridad, las relaciones de Rusia con la UE y con España son ahora mucho más deficientes que hace una semana.

La reacción de la prensa internacional sobre el resultado del viaje de Borrell es muy expresiva. Veamos algunos ejemplos:

The New York Times tituló “Rusia desafía a Occidente”. Le Figaro, “Putin endurece su brazo de hierro con los occidentales”. Y un último ejemplo de los muchos que se pueden citar, The Spectator de Londres: “La UE se autohumilla en Moscú”. Tan general es la opinión de la penosa iniciativa del viaje que hasta El País titulaba este domingo: “Borrell arremete contra el Kremlin tras el fiasco de su viaje a Moscú”.

Un elemento que conviene tener en cuenta es que la política exterior multilateral de la UE resulta útil e importante en los acuerdos económicos y comerciales, pero es de una extraordinaria debilidad si se trata de relaciones internacionales en elementos sensibles diplomáticos y de política de defensa entre las potencias.

Para Rusia, la UE es un artefacto; no es ni una potencia militar ni un Estado nación. Rusia observa y trata con respeto al Reino Unido, a Francia o Alemania, pero no sabe muy bien qué hace un señor de Lérida, Josep Borrell, alto representante, que sermonea en Moscú, en público, sobre cómo tienen que manejar los rusos sus asuntos internos.

Las naciones democráticas tenemos un problema serio en las relaciones con la China comunista y con la Rusia autoritaria de Putin, quien lleva veinte años gobernando y pretende seguir hasta 2036.

En descargo del alto representante de la UE, tengo la impresión de que cualquier otro político europeísta que hubiera viajado en estos días a Moscú habría salido igualmente trasquilado. Borrell fue un buen ministro de Exteriores español desmontando las mentiras separatistas.

El capítulo de quejas de Rusia contra Occidente desde 1989, en que abandonó el totalitarismo socialista, es interminable y Occidente no ha sabido equilibrar, modular con prudencia, el descalabro histórico de las áreas tradicionales de influencia rusas. Ya lo advirtió Margaret Thatcher en 1994 en el libro Visiones de Europa.

Lo peor ha venido después de la visita a Moscú. Los rusos acusan a Borrell de “ser un títere”, sugiriendo que a su regreso a Bruselas “le explicaron lo que tenía que decir".

A su vez, Borrell escribió en su blog que Rusia se está distanciando cada vez más de la UE y "mirando los valores democráticos como una amenaza existencial".

Borrell debió escuchar a polacos, checos y bálticos, que consideraron el viaje imprudente, que debía aplazarse y que, en el mejor de los casos, serviría para blanquear el régimen autoritario de Putin. Tenían razón y ahora piden el cese o dimisión del alto representante.

Borrell eligió la fecha y el camino equivocado, el de la perdición. El alto representante quiso figurar en la prensa mundial como un pavo real ante el oso ruso y, al final, ha quedado como una gallina desplumada.

Rusia es mucha Rusia, Josep.

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