El diputado Gabriel Rufián

El diputado Gabriel Rufián EFE / Ballesteros

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¿Correrá Rufián la suerte del gran Houdini?

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Gabriel Rufián es un talismán para los medios y para ERC, un partido habituado a sacar rédito de su falta de pudor desde los tiempos en que Carod-Rovira, para burlarse de Maragall, mostraba las llaves del coche en las ruedas de prensa: “Tinc la clau”.

Conspicuo exponente de la nueva política, e incapaz por tanto de diferenciar su cuenta de Twitter de su escaño, los numeritos de Rufián venden, se comentan y se comparten hasta escalar las cimas absurdas del trending topic guarnecidos de chanzas, vituperios e incluso maldiciones; también de algún encomio, la verdad.

Sus ademanes taumatúrgicos, su aspecto puntilloso y presumido, la cadencia premeditada de su fraseo y su entrenada autocomplacencia suscitan una curiosa metamorfosis en el humor de quien lo escucha. Viendo las actuaciones de Rufián no es infrecuente pasar de la fascinación a la aversión sin perder la hilaridad; una montaña rusa de emociones encontradas que, maceradas, procuran una especie de simpatía morbosa que él atesora como el peculio del éxito.

Gabriel Rufián se empeña en no defraudar las expectativas sobre su propio personaje. De ahí su afán por superarse, un reto capaz de esquilmar los magines del más portentoso equipo de guionistas. En su autogénesis, Rufián ha celebrado los callos fabriles y campesinos que no ha conocido, se ha dolido de los golpes y represiones que jamás ha sufrido, y ha exhibido todo tipo de artilugios.

Hace un par de meses cabalgó el tigre del ridículo con una impresora : un happening de alto riesgo si tenemos en cuenta que las dimensiones del objeto impedían el factor sorpresa. Y hace unos días esgrimió unas esposas para reprochar a Zoido la prisión de los consejeros catalanes, ombliguear a gusto -“A algunos les gustaría verme con una de estas algún día”- y endosarle el mal fario a Rajoy, que pasaba por ahí.

¡Fíjense qué genio! Lo de menos es el uso de una camiseta con reivindicación política, un recurso publicitario que puso de moda mi amiga Mónica Oltra antes del coche oficial, y que ahora exprime la cupera Anna Grabriel. Lo importante es el gesto: la cabeza inclinada del diputado, los hombros relajados y los grilletes colgando de los dedos índice y corazón constituyen un retrato perfecto del erotismo de la condescendencia.

Al parecer, al showman Rufián le gustan las esposas, lo que le emparenta en cierto modo con otro grande del espectáculo: el irrepetible Harry Houdini. Ambos  contorsionistas en sus quehaceres, ambos audaces trapecistas. Al bueno de Houdini se lo llevó por delante una peritonitis, consecuencia de una apendicitis inducida por el puñetazo de un estudiante que lo retó a probar su resistencia en un oscuro camerino de Montreal, año 1926. Es decir, después de haber escapado de mil y un apuros autoinfligidos, el mejor ilusionista de todos los tiempos se dejó llevar por su egotismo y, sin público que le aplaudiera la hazaña, cayó en la trampa de su enemigo.

Esperemos que el diputado catalán, al contrario que Houdini, no sucumba a la servidumbre de su personaje.