Así quedó uno de los coches de la Guardia Civil durante los registros.

Así quedó uno de los coches de la Guardia Civil durante los registros. Quique García EFE

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Barcelona 2017, tuneada por el odio

La desobediencia goza de un prestigio gratuito que sirve de coartada a vándalos y matones siempre que actúen en nombre de una idea... más de una es multitud, parece ser. Lo hemos visto en las algaradas de Barcelona, donde una horda de violentos uniformados con esteladas y escudos del Barça -atención al tipo de la derecha-, amedrentó y cercó a funcionarios que hacían su trabajo. A la sazón, custodiar y registrar una dependencia de la Generalitat por orden de un juez.

Que los empleados públicos fueran guardias civiles y la turba anduviera emponzoñada de nacionalismo ayuda a comprender el porqué de esa procelosa confusión entre el bien y el mal que contamina más que nunca Cataluña.

Fíjense bien en esta fotografía, en su versatilidad. Con ella podríamos ilustrar la epopeya del independentismo. O un artículo de Canetti sobre el poder de la masa. O una crónica de ambiente tras un derbi. O un reportaje sobre los veranos salvajes en Salou o Magaluf. O un tratado sobre la oligofrenia. O -eliminando las banderitas- un atestado sobre los altercados en las fiestas de Pinto, Majadahonda y Colmenar. Esta imagen serviría, digámoslo claramente, para ilustrar cualquier desafuero en Cataluña y España, “unidad de desatino en lo universal”, que decía Vázquez Montalbán.

En la fotografía vemos un coche patrulla tuneado por el odio. Los adoctrinados que quieren echar “a la fuerzas de ocupación” acaban de emplearse contra las lunas, los neumáticos y los espejos que al día siguiente exhibirán ante las cámaras de Antena 3 en la mani pacífica frente al TSJC: así lo vimos el viernes en el programa de Susanna Griso.

Notas curiosas. La contundencia del todoterreno parece haber sucumbido a los estragos de un macrobotellón que se fue de las manos. De ahí que el vehículo aparezca como abandonado en el centro de una jauría sorprendida de su hazaña.

En la escena hay varios grupos distinguibles. Los estelados, nazarenos de un procés en el que el alliberament de l’Estaca de Lluís Llach sirve de consigna al caos. En segunda fila están los admiradores, los que quizá no actúan porque son hijos de la burguesía civilizada pero cuya fascinación por la violencia estimula a los energúmenos. Finalmente, al fondo a la izquierda, aupados sobre otro coche, comparecen los gañanes, los delincuentes, los muchachos de la gasolina -que diría Arzalluz-, orgullosos de una ekintza socialmente admisible en aquellos pagos donde la ofuscación impide discernir quién es el débil y quién el abusón en este enésimo capítulo de la historia trágica de España.

Dos incomparecencias completan la escenografía. La de los guardias civiles que -lógicamente- tuvieron que refugiarse, y la de los canallas; los políticos nacionalistas que desde sus escaños y con las prebendas que nunca tendrán los autómatas siembran la cizaña entre catalanes, antes que la animadversión entre los españoles. Barcelona 2017.