Juan Carlos, durante el discurso que acabó con el 23-F.

Juan Carlos, durante el discurso que acabó con el 23-F.

Opinión EL LIBRO DE LA SELVA

Don Juan Carlos, no enrede a su hijo como Armada le enredó a usted

Juan Carlos I puede volver cuando quiera. Y ojalá lo haga. Hay que ser muy sectario para desearle una muerte en el extranjero. Lo que no puede pretender es regresar como si nada hubiera sucedido, aposentarse en Zarzuela y recuperar su papel institucional.

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Con la excusa de hablar con Tejero una vez más de lo que pasó aquel 23 de febrero, intenté que uno de sus hijos me abriera la puerta del domicilio donde estaba en Valencia. Les dije –y era cierto– que quería que me firmara la portada que Diario 16 publicó la noche del golpe. Un fetichismo un tanto macabro, pero los periodistas somos fetichistas y macabros.

La firma de ese ejemplar era una excusa. Quería ahondar en lo que Tejero me dijo hace ya casi tres años. No había manera de que concediera la entrevista, así que lo convencí gracias a la moda de los bulos. Había denunciado a Sánchez y le dije que, si quería que lo publicáramos, debíamos contrastar que era él realmente quien estaba detrás de la denuncia.

Ese día, hablando con un golpista, ¡qué paradoja tan maravillosa!, me di cuenta de lo eficaz que resulta la Constitución de 1978 incluso en sus momentos más duros. Tejero me dijo que sí, que era él quien denunciaba a Sánchez... por incumplir la Constitución.

–Hombre, señor Tejero, tiene gracia que usted denuncie a alguien por incumplir la Constitución.

Y entonces llegó su frase más poderosa, casi en el mismo estilo que las cosas que dijo su mujer esa noche y que ahora hemos conocido: "A mí tampoco me gusta el bacalao con tomate pero, si me lo ponen, me lo como". Tejero comía Constitución pese a su voluntad, pese a su instinto franquista irreductible.

Y aunque la negara –me negó la Constitución más veces que Pedro a Cristo–, en el submarino de su ser, sabía que la Constitución era lo mejor que tenemos y, por eso, lo que quería era que Sánchez se acercara a ella. Eso era lo que pedía su denuncia.

Tejero me dijo que su sueño era el de una dictadura militar que pusiera fin a todo esto. Le pregunté qué camino debía recorrerse; era una conversación torrentiana. Me dijo que esta vez sin violencia, con el acuerdo del Rey, como hizo Alfonso XIII con Primo de Rivera.

Entonces, le puse el capote de una manera un tanto cutre, que para mi sorpresa resultó eficaz. Le dije: "Señor Tejero, pues a usted el Rey no quiso ayudarle el 23 de febrero".

Pegó un grito. Era la misma voz del "¡quieto todo el mundo!", pero tamizada por el paso de los años. La historia siempre se repite como farsa. Ahí se dejó preguntar lo que nunca contestaba y dijo: "¡Yo le jodí vivo! ¡Al Rey Juan Carlos lo jodí vivo! Él tenía un gobierno preparado con Armada a su gusto".

Cuando se dio cuenta del territorio en el que habíamos entrado, cortó la conversación y me despidió. Por eso quise ir a verle, para seguir por ese camino, pero no hubo manera.

Tejero ha muerto engañado. Tantos años después y seguía siendo víctima del general Armada, que lo seguía engañando desde el otro mundo.

El 23-F fue la historia de un doble engaño. Por eso ha generado tantas conspiraciones, tanta histeria colectiva. Por eso, pese a la desclasificación de los documentos, quienes creían que Juan Carlos I lideraba el golpe lo siguen creyendo hoy.

Fue tan complejo el 23-F –en el libro de Cercas está todo– que resulta muy difícil explicarlo en una radio, en una televisión. Hasta en un periódico. Y fue tan complejo que casa mal con el debate que se suele querer tener sobre los golpes: quién lo hizo y para qué.

Armada trazó una maniobra moderna, casi del siglo XXI, que estudiada a fondo no marida bien con esa imagen de opereta que tienen hoy –sobre todo los más jóvenes– del 23-F. Estuvo a punto de salirle bien.

Primero, encontró en Tejero al lunático que necesitaba para irrumpir en el Parlamento y bloquear la sesión de investidura del nuevo presidente. Paralelamente, en sus conversaciones con el Rey y con distintos miembros de la sociedad civil, iba hilvanando el ambiente que necesitaba.

Este: si ocurre un golpe militar, ¿no seré yo el mejor para reconducirlo? ¿No seré yo el general De Gaulle que necesita España?

Convenció a muchos de que sí, de que él era el indicado. Convenció entre otros a Luis María Anson, el presidente de la Agencia Efe, que hizo su confesión al respecto en este periódico.

Convenció a un sinfín de militares, a un sinfín de periodistas... y convenció a Juan Carlos I.

Armada había sido el preceptor del Rey y disfrutaba de cierta ascendencia. Ahí estuvo la gran irresponsabilidad de don Juan Carlos: en darle a entender al general que no vería con malos ojos la maniobra De Gaulle. ¡Qué España enloquecida esta de la polarización!

Es cierto que Juan Carlos paró el golpe esa noche, pero también es cierto que actuó con gran irresponsabilidad dando alas a Armada para erigirse en presidente de un gobierno de concentración nacional si había un golpe. Claro, Juan Carlos no sabía que ese golpe iba a suceder seguro porque era el propio Armada quien lo preparaba.

Pero Juan Carlos I echó la gasolina necesaria porque había dejado de confiar en Suárez y el país atravesaba una situación muy delicada, con ETA matando más que nunca y el Ejército a punto de descontrolarse.

El 23-F, Juan Carlos I fue un héroe que corrigió errores históricos... alguno cometido por él mismo.

El plan le estaba saliendo a Armada a la perfección, pero cuando llegó al Congreso, cometió la imprudencia de revelarle a Tejero que ese gobierno que él iba a liderar... iba a tener dentro ministros de la izquierda.

Por eso, Tejero me dijo "los jodí vivos", porque cuando vio que estaba dando un golpe para meter a la izquierda por primera vez en el Gobierno desde la República, montó en cólera y se plantó. Mandó a Armada al carajo.

El engaño se descubría casi a la vez en Zarzuela, donde Sabino Fernández Campo, tras comprobar que Armada era el salvador del golpe que él mismo provocaba, prohibió la visita del general.

Ninguno de los documentos desclasificados aporta conclusiones distintas a estas, refrendadas prácticamente en los meses posteriores al 23-F por los periodistas. Y confirmadas más detalladamente por los historiadores años después.

Hemos pasado del relato de la conspiración –¡fue Juan Carlos el golpista!– al relato de la exculpación –¡Juan Carlos no hizo nada mal!– en apenas veinticuatro horas. Y ninguna de las dos cuestiones es cierta.

Esta semana, al hilo de todo esto, nos hemos adentrado en un debate mediático un tanto incomprensible: el regreso de Juan Carlos I a España. Es un debate absurdo porque el Emérito no está desterrado. Nadie le fuerza a vivir en Abu Dabi.

Además, las causas que determinaron ese exilio voluntario son sólo responsabilidad suya: las fundaciones creadas para evadir impuestos. El Rey es inocente desde el punto de vista jurídico porque la Constitución le garantizaba la inviolabilidad, pero no lo es desde el punto de vista político, ético y práctico.

Juan Carlos I evadió impuestos de forma continuada.

De ahí que su victimismo, ejercido con el mayor ruido posible desde Abu Dabi, logre el efecto contrario al que dice tener: la protección de la Corona. Porque, terciado este debate, parece que Juan Carlos está allí debido a que alguien le fuerza y que no vuelve porque su hijo, Felipe VI, no quiere.

El debate es inútil porque Juan Carlos I puede volver cuando quiera. Y ojalá lo haga. Hay que ser muy sectario para desearle una muerte en el extranjero.

Eso sí, lo que no puede pretender es regresar como si nada hubiera sucedido, aposentarse en Zarzuela y recuperar su papel institucional.

Juan Carlos I –les pasa a todos los reyes en los últimos años de su vida– está escribiendo su posteridad. Todavía está a tiempo de hacerlo como el Juan Carlos de los primeros años de la Transición.