Meng Wanzhou, directora económica del gigante chino Huawei.

Meng Wanzhou, directora económica del gigante chino Huawei. Reuters

EEUU

El matonismo internacional de China desata una insólita guerra de rehenes con Canadá

El gigante asiático mantiene retenido a varios ciudadanos canadienses como represalia por el arresto de la vicepresidenta de Huawei.

12 agosto, 2021 02:46

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En el principio fue Meng Wanzhou, la directora económica del gigante chino Huawei y, a la sazón, hija del fundador del imperio tecnológico. El 1 de diciembre de 2018, el avión de Meng Wanzhou hizo una escala en Vancouver y la empresaria se encontró con unos amables policías canadienses, que le pidieron que los acompañase a dependencias judiciales.

No está muy claro, ni siquiera a estas alturas, si Wanzhou viajaba con sus dos hijos mayores (tiene cuatro) o si lo hacía sola, pero el caso es que no le quedó más remedio que aceptar la invitación, en parte sorprendida y en parte, no.

Ese mismo 1 de diciembre, en Buenos Aires, el entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cenó con el presidente chino Xi Jinping. Acordaron una tregua de 30 días en sus disputas comerciales; unas disputas que venían de muy lejos, en concreto, de la precampaña electoral de 2016, cuando Trump señaló a China como el origen de todos los males económicos estadounidenses y le prometió al “cinturón de óxido” -Michigan, Wisconsin, Pennsylvania…- que penalizaría con aranceles los productos chinos para poder competir con ventaja y recuperar el orgullo americano.

La detención de Wanzhou se interpretó desde Beijing como lo que era: un movimiento estratégico para demostrar quién manda aquí. El problema es que en medio quedó Canadá, que se limitó a ejecutar una orden de detención por convenio… pero que en principio no tenía ningún problema con China ni quiere tenerlo.

Mientras se decidía si se iba a proceder a la extradición, Wanzhou pagó su fianza de diez millones de dólares canadienses y se instaló en un hotel de lujo. Cuando se cansó de su estancia, se marchó a una mansión de siete habitaciones en un barrio exclusivo de Vancouver. Luego, a otra.

Meng Wanzhou, en su residencia de Canadá.

Meng Wanzhou, en su residencia de Canadá. Reuters

En su tiempo libre -que es todo-, recibía visitas y se apuntó a clases de pintura. Aparte, un profesor particular le ayudaba a mejorar su inglés, que a estas alturas debe de ser perfecto.

La condena a Schellenberg

La acusación contra Wanzhou es difusa. En rigor, lo único que se le echa en cara es que Huawei, a través de compañías pantalla, haya comerciado con el Gobierno de Irán, saltándose así el bloqueo estadounidense.

Ahora bien, esa no es razón para detener a nadie en concreto. Como mucho, lo sería para imponer sanciones, algo que Estados Unidos ya ha hecho varias veces. La estratagema legal para mantener a Wanzhou como una rehén de lujo en un país extranjero es la acusación de “fraude financiero”.

Al parecer, Wanzhou habría omitido esta información a cuatro bancos con sede en Estados Unidos y les habría causado un perjuicio económico al verse ahora envueltos ellos también en el entramado de sanciones.

Hay quien piensa que la acusación es una burda excusa y hay quien piensa que todo está justificado. El caso es que Wanzhou lleva casi tres años retenida en Vancouver y esta semana se retoma la decisión de si debe ser extraditada o no a EEUU.

Si la justicia canadiense considera que el delito por el que se la acusa en Estados Unidos es imputable también en Canadá, entonces procederá a dicha extradición. Si considera que no -y en eso será clave determinar si se le acusa de verdad de fraude o solo de comerciar con Irán-, Wanzhou quedará libre.

Desde China, por supuesto, se observan los movimientos canadienses con inquietud y tienen claro que, si hay que presionar, se presiona. En estos dos años y medio, ha habido al menos tres extraños casos en los que se han visto involucrados ciudadanos canadienses y los tres han vuelto a salir a la luz justo esta semana. Curiosas coincidencias.

Robert Lloyd Schellenberg.

Robert Lloyd Schellenberg.

El principal, por su gravedad, es el de Robert Lloyd Schellenberg, trabajador de una refinería de Alberta y apasionado de los viajes exóticos. Schellenberg fue detenido en 2014 por supuesto tráfico de metanfetamina, tuvo que esperar 15 meses para ser juzgado -no en una mansión, precisamente- y otros 32 para recibir un veredicto: 15 años de prisión por tráfico de estupefacientes.

Para cuando llegó la condena, Schellenberg ya llevaba casi cuatro encarcelado, es decir, ya estábamos en el fatídico 2018. Lo que parecería una decisión lógica en cualquier otro momento, apelar la sentencia, se convirtió en el peor error de su vida: la revisión llegó justo una semana después de la detención de Wanzhou en Vancouver.

El tribunal que se encargó del caso no tardó 32 meses en decidirse sino sólo un día. Había que mandar un mensaje contundente de vuelta y había que mandarlo cuanto antes: Schellenberg fue condenado a muerte. Cuando incluso el presidente Justin Trudeau protestó públicamente por la decisión, la prensa china contestó criticando la "presunta superioridad moral de Occidente".

Legalidad o negociación

Con todo, más de dos años después, Schellenberg sigue vivo porque muerto no tiene ningún valor en esta guerra de rehenes. Esta misma semana, en previsión de que Canadá se pronuncie sobre la extradición de Wanzhou, otro tribunal ha confirmado la condena. Nadie duda de que la ejecución de la pena dependerá de la decisión respecto a la directiva de Huawei.

Si Wanzhou vuelve a casa, también lo hará Schellenberg. Si Wanzhou es extraditada a Estados Unidos, el futuro del canadiense está más que decidido.

En cualquier caso, rehén por rehén le debió de parecer poco a Xi Jinping. China descubrió hace un par de décadas que la mejor defensa era un buen ataque y se está deleitando en su nueva condición de bully internacional.

Foto de archivo de 2014 de Michael Spavor.

Foto de archivo de 2014 de Michael Spavor.

Esta misma semana, pocos días después de la confirmación de la condena a Schellenberg, los tribunales chinos han anunciado también la sentencia por espionaje contra el empresario canadiense Michael Spavor, detenido junto al ex diplomático Michael Kovrig, quien aún espera veredicto. Aunque le han caído 11 años, visto lo visto, lo mejor va a ser que, de momento, no recurra.

Ambos fueron detenidos a finales de 2018, inmediatamente después del "affair Wanzhou", y lo presumible es que ambos sean condenados justo antes de la decisión del Tribunal Superior de la Columbia Británica.

Luego, ya veremos. Justin Trudeau también ha protestado airadamente por los más de dos años y medio de opacidad y penosas condiciones legales que han sufrido sus compatriotas, pero Trudeau es el típico político del que te enamoras en la paz pero que difícilmente te hace ganar una guerra. Sobre todo, una guerra en la que la otra parte sólo espera la rendición.

Queda así Canadá envuelta en una crisis absurda entre los dos grandes matones del escenario internacional. Su incapacidad de decir que no y su legalismo, cualidades encomiables y de las que tanto presumen los canadienses, le han colocado en una posición más que incómoda.

De la decisión de sus tribunales sobre un caso ajeno depende literalmente la vida de uno de sus ciudadanos y quién sabe si de más, teniendo en cuenta que en China las condenas se endurecen de un día para otro sin garantía legal alguna. ¿Cuál es la solución? Imposible saberlo.

Rendirse es algo muy feo si la razón está de tu parte. Dejar morir a los tuyos porque Huawei negoció con Irán parece un precio excesivo. Pase lo que pase, alguien se va a enfadar, pero diría que unos más que otros. Ese es el nuevo sentido chino de la diplomacia.