Liz Cheney en el Congreso para investigar el atentado del 6 de enero en el Capitolio.

Liz Cheney en el Congreso para investigar el atentado del 6 de enero en el Capitolio. Reuters

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Los Cheney se 'inmolan' políticamente para luchar contra las mentiras de Donald Trump

Cheney ha acusado a Trump de ser “la mayor amenaza que ha visto jamás nuestra democracia” y ha defendido a su hija tras el linchamiento público.

8 agosto, 2022 02:24

El 6 de noviembre de 2018, Liz Cheney se presentaba a la reelección como congresista por Wyoming en la Cámara de Representantes. Cheney llevaba dos años en el cargo, desde la retirada de la también republicana Cynthia Lummis en 2016. En aquel momento, la elección de Cheney no sorprendió a nadie. Liz, hija del vicepresidente Dick Cheney, quien pasara ocho años al lado de George W. Bush y se ganara una reputación como líder del ala más conservadora del partido, ya había intentado varias veces entrar en el Senado sin éxito. Ahora bien, el puesto de congresista llevaba su nombre o más bien su apellido: su padre lo había ocupado durante diez años, de 1979 a 1989.

Liz Cheney, como su padre, era una conservadora impenitente. Lo que uno espera de una republicana de Wyoming, por otro lado. La reelección tenía que ser un paseo y así fue: Cheney ganó con más del 63% de los votos, casi 34 puntos más que su contrincante demócrata, Greg Hunter.

A su llegada a Washington, se la recibió atendiendo a su abolengo: pese a llevar solo tres años en la cámara, fue nombrada Presidenta de la Conferencia Republicana. En otras palabras, se convertía de la noche a la mañana en la número tres del grupo en el Congreso, solo por detrás de Kevin McCarthy, líder del grupo parlamentario, y del “whip”, Steve Scalise, encargado de mantener prietas las filas en las votaciones ajustadas y de tener al grupo disciplinado y bajo control.

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El segundo mandato de Cheney llegaba cuando los republicanos pasaban a ser minoría… y, pronto, la que empezó a sentirse en minoría fue ella. Aquel GOP estaba aún dominado por los nombres de toda la vida, los conservadores de principios de siglo y finales del anterior, que, poco a poco, iban viendo cómo la sensibilidad de sus votantes cambiaba, así como la de los nuevos compañeros que se iban incorporando. Cheney se empezó a sentir incómoda con el tono del presidente Trump, tan idolatrado por la base social republicana, y pronto encontró la oportunidad para mostrar esa incomodidad públicamente.

En noviembre de 2020, ganó una nueva reelección, con casi el 69% de los votos… pero Trump perdió las elecciones a nivel nacional. Empezaba el período más negro de la democracia moderna estadounidense.

El “impeachment” que le costó el puesto y la carrera

Cheney nunca quiso validar las acusaciones de Trump de fraude electoral y formó parte del reducido grupo de republicanos que prefirió sacrificar su imagen pública y su futuro político a cambio de la defensa de los valores constitucionales y la independencia de los poderes. El asalto al Capitolio en plena reunión del Congreso, instigada y organizada por el círculo de afines a Donald Trump y que acabó con los representantes del pueblo huyendo por pasadizos y siendo escoltados a lugares seguros, colmó la paciencia de Cheney. Cuando llegó el momento de votar por el “impeachment” de Trump en la Cámara, no tuvo dudas y se pronunció a favor. Solo otros nueve compañeros de partido lo hicieron junto a ella. El Senado acabaría tumbando la propuesta.

Ese gesto, efectivamente, le costó la carrera. Una inmolación en toda regla. El 12 de mayo de ese mismo año, el grupo parlamentario republicano la sustituía como presidenta de la Conferencia tras un intento anterior en febrero. En ningún momento cambió Cheney su discurso respecto al intento de Golpe de Estado ni a la participación de Trump en el mismo. Arrinconada por sus compañeros congresistas y por la opinión pública más agitada, solo el apoyo demócrata permitió que presidiera la comisión parlamentaria que intenta investigar lo sucedido aquel 6 de enero. Su postura incisiva y beligerante con los aliados de Trump y con el propio expresidente solo le ha deparado una mayor impopularidad.

Dick Cheney en el funeral de George H. W. Bush (padre) celebrado el 6 de diciembre de 2018.

Dick Cheney en el funeral de George H. W. Bush (padre) celebrado el 6 de diciembre de 2018. Gtres

En palabras de muchos de sus antiguos votantes, Liz Cheney se ha convertido en una RINO (“Republicanos solo de boquilla”, en libre traducción), un término acuñado por el propio Trump con el fin de desprestigiar e invalidar políticamente a cualquier rival interno. Hay quien la ve cómo una “traidora”, por no seguir el argumentario trumpista y defender la verdad por encima del culto al líder.

Todo ello explica que, de cara a la nueva reelección que tendrá que afrontar el 16 de agosto, Cheney sea con diferencia la candidata republicana con más fondos recaudados para su campaña… pero no cuente con el apoyo del comité local del partido ni de las encuestas, que la colocan más de veinte puntos por detrás de su máximo rival.

¿Y quién es dicho rival? Harriet Hageman, una desconocida cuyo único activo es haber recibido la bendición de Trump. Suficiente. Salvo catástrofe demoscópica, Hageman va a imponerse a Cheney y a Bouchard, dos pesos pesados de la política de Wyoming. La propia Cheney ha reconocido que sus opciones son muy reducidas y ha culpado de la situación a la dirección local del Partido Republicano, del que fue expulsada en noviembre de 2021. En concreto, sus críticas han ido dirigidas al líder de la formación, Frank Eathorne, por pertenecer a los Oath Keepers -organización paramilitar ultraderechista favorable a Trump- y estar sobre el terreno el propio 6 de enero coordinando desde un walkie-talkie.

Dick Cheney se lanza al ruedo

Viendo lo irreversible de la situación y el linchamiento que está sufriendo su hija en el estado que le vio crecer políticamente, el propio Dick Cheney salió este jueves a apoyar su lucha por la verdad y a atacar despiadadamente a Donald Trump. Cheney, de 81 años, acusó a Trump, de 76, de ser un cobarde, de intentar manipular las elecciones presidenciales de 2020, de esconder su fracaso tras teorías conspiranoicas y de liderar “la mayor amenaza que ha visto jamás nuestra democracia”, en referencia a la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021.

Hay que insistir en que Dick Cheney fue en su momento el blanco de todos los movimientos progresistas estadounidenses e internacionales. Un hombre aún más conservador que George W. Bush, para hacerse una idea. En otro momento, las palabras del exvicepresidente servirían para la reflexión de muchos, pero en la actualidad, lo único que hacen es ponerle a él también en la diana.

Si Liz se inmoló en enero de 2021 en la Cámara de Representantes, Dick ha hecho lo propio, año y medio más tarde, en un vídeo publicado en redes sociales. Algún día, recordaremos su valentía como recordaremos la de otros republicanos que murieron defendiendo la libertad y enfrentándose a la megalomanía, como el excandidato a la presidencia John McCain.

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El problema para el GOP y para la democracia estadounidense por extensión es que la situación en Wyoming no es una excepción. El pasado miércoles, Peter Meijer, congresista por Michigan y otro de los diez que votaron a favor del “impeachment”, perdió las primarias republicanas ante John Gibbs, apoyado por Trump y miembro del movimiento MAGA (Make America Great Again). Por supuesto, Gibbs ha cuestionado en numerosas ocasiones la validez de los resultados electorales de noviembre de 2020.

Las victorias de los partidarios de Trump se multiplican por todo el país. Esta misma semana, también, en Arizona y en Tennessee, donde se dio la curiosidad de que la candidata de Trump, Morgan Ortagus, fue apartada de la votación por no cumplir ciertos requisitos. En su lugar, ganó otro ultraconservador que también ha puesto en duda la victoria de Biden, Andy Ogles. La entrega del GOP a manos de Trump parece ya absoluta y poco sitio hay para los discrepantes. En noviembre, se verá qué efecto tiene eso sobre la población estadounidense.

De momento, las encuestas dan una clara victoria para los republicanos en la Cámara de Representantes en las “midterms” mientras que hay un empate virtual en el Senado. Ambas cámaras están controladas ahora mismo por los demócratas. El resultado afectará mucho lo que podamos ver en 2024, cuando se celebren las elecciones presidenciales. Nadie parece dudar que ahí estará Trump, buscando un segundo mandato.