La guerra de Libia cumple 10 años.

Huelga decir lo terrible que ha sido, lo repetiremos hasta la saciedad. Hoy, de nuevo, desafiando las normas y prácticas que garantizan, en democracia, el sacrosanto secreto de las fuentes, denunciamos la escandalosa detención de dos periodistas.

Y parece que, una vez más, a pesar del hartazgo, hay que hacer un repaso de lo sucedido.

1. Ninguna argucia, ningún razonamiento geopolítico eran válidos, en aquel momento, ante el espectáculo de las columnas de tanques avanzando hacia una ciudad, Bengasi, para destruirla. Demasiadas generaciones se habían rendido ante los amigos de la muerte y la catástrofe. Habían permitido demasiados gaseamientos de civiles, masacres de inocentes, fusilamientos en masa en los patios de las cárceles. Habían gritado, o permitido que se gritara, "¡Viva la muerte!" ante una humanidad derrotada, sumida en su degradación y su deshonra. ¿Cómo no íbamos a aprovechar, en 2011, de una vez por todas, la oportunidad de intervenir a tiempo... y tomarle por fin la palabra al bello y noble deber de injerencia?

2. Por muy terrible que sea la guerra, hay un mal aún mayor —según San Agustín, Santo Tomás, la Escuela de Salamanca, en definitiva, los teóricos de la guerra justa—, el hecho de no librarla cuando a) la causa es justa; b) la intención es correcta; c) el auctoritas principis (en este caso, la del "príncipe colectivo", las Naciones Unidas) garantiza la operación; (d) una autoridad sustituta (en este caso, el Consejo Nacional de Transición) está en disposición de asumir el mando; (e) se han agotado todas las demás vías (diplomacia, presiones), y (f) el daño que causará la guerra será infinitamente menor al que se evitará con ella. ¡Se daban todas esas condiciones! ¡Y rara vez se han visto de manera tan evidente como en aquella primavera de 2011!

Un grupo de libios apostados frente a la casa de Muamar el Gadafi y vistos a través de una bandera Libia. Reuters

3. Muamar el Gadafi, en contra de lo que se ha repetido hasta la saciedad durante los últimos diez años, no era un baluarte ni contra el terrorismo (véase que fue él quien transformó el sur de Libia en un hervidero de tráfico de armas hacia el resto del continente), ni, por supuesto, contra el antisemitismo (Libia fue una de las patrias del negacionismo del Holocausto), ni siquiera estaba en contra de las catastróficas migraciones (en la época en que empezó la guerra, en las costas libias había dos millones de personas que querían embarcarse para migrar y el dictador las utilizaba como instrumento de chantaje, y cada año, renegociaba pidiendo más dinero), ni, por último, contra la yihad (¿acaso está Europa tan amnésica como para haber borrado de su mente el discurso en el que, el 29 de agosto de 2010, Gadafi dijo en Roma que "el islam debe convertirse en la religión de toda Europa"?).

4. La comparación que hay que hacer no es entre la nueva y caótica Libia que ha emergido tras la intervención y una supuesta república ideal que hubiera surgido armada hasta los dientes de la mente de Montesquieu para reencarnarse en Trípoli. La comparación hay que hacerla entre la Libia en la que se produjo la intervención y el país vecino, Siria, similar en muchos aspectos, pero donde nadie ha acudido a detener la locura del Gadafi local.

En Libia hay un caos indiscutible: por una parte, Erdogan y Putin hacen de las suyas, avivan las llamas de la guerra civil, y, por otra parte están también los focos de yihadistas que las brigadas de Misrata llevan desde 2015 neutralizando. En Siria, el mismo caos, no hay discusión: pero aquí, la cosa ha sido peor, la mitad del país cayó, durante un tiempo, bajo el control del Dáesh, y, como mínimo ha habido 500.000 muertos por culpa de la locura criminal de Bashar al-Asad a quienes podríamos haber salvado la vida cuando los moderados aún tenían algo de peso y vinieron a pedirnos ayuda; y eso por no hablar de los millones de desplazados que forman el grueso de los migrantes que llegan a las puertas de Europa.

5. Y para concluir, este último argumento. La imagen de los occidentales y, en particular, de los franceses desplegando tantos medios para apoyar a un pueblo árabe insurgente habrá sacudido, en esta parte del mundo, uno de los dogmas más enraizados del oscurantismo y la estupidez: la connivencia, en principio, automática, casi natural, entre Occidente y las dictaduras... Aunque solo hubiéramos conseguido eso, aunque solo hubiéramos logrado sembrar un poco de duda sobre el automatismo de esta connivencia, aunque nos hubiéramos contentado, en el otro mundo nouménico, que cobija las ideas justas, con avanzar la hipótesis de que Estados Unidos y Europa no son máquinas de humillar y pisotear a los pueblos lejanos y que también saben hacer gala de la fraternidad, nuestra obra no habrá sido en vano.

Después de eso, la nueva Libia puede ser grande o infame. Puede estar repleta de crímenes no expiados o rebelarse ante su propia memoria asesina.

La insurrección liberó, como siempre, en cantidades que nadie podía medir, lo mejor y lo peor, los rayos de luz y los pozos de pestilencia.

Pero incluso hoy, diez años después, sigue apareciendo, ora como un corazón que empieza a latir de nuevo ora como una de esas flores de azafrán silvestre o de cicuta que liberan, cuando se abren, venenos mortíferos que habían guardado en su interior.

Pero haberle dado una oportunidad al país, no haberle prohibido, por una cuestión de principios, la posibilidad de embriagarse con un deseo de grandeza, una esperanza, un destello de verdad, ponerse al lado de los que pretendían romper con la terquedad suicida de las generaciones anteriores que los habían arrojado a esa situación; en definitiva, haber intentado acompañarlos, nosotros, que estamos vivos y somos libres, por el camino de una posible emancipación, fue una aventura justa y noble en la que la vida compitió contra la muerte; la posibilidad de la libertad, contra la servidumbre inevitable... y cualquiera que haya participado en ella tiene motivos para sentirse orgulloso.

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