María Fernández-Miranda, periodista y escritora.

María Fernández-Miranda, periodista y escritora. Antonio Terrón

Protagonistas

María Fernández-Miranda y 'El desorden de cumplir años': "Si a los 50 no acumulas algunos fracasos, no has vivido bien"

La escritora reflexiona sobre la madurez, las arrugas y los recuerdos en su nuevo libro.

Más información: La fiebre por Jane Austen en 2026: ¿por qué seguimos necesitando a las hermanas Bennet y a Mr. Darcy?

Publicada

La periodista y escritora María Fernández-Miranda publica El desorden de cumplir años, una reflexión sobre la madurez, la belleza, el trabajo y las vidas que dejamos atrás.

A sus 50 años, asegura que las puertas que se cierran también pueden traer tranquilidad: "Si llegas a esta edad sin haber acumulado unos cuantos fracasos, es que no has vivido bien".

Cumplir años es un privilegio, aunque no siempre resulte fácil. La autora habla de la edad sin imposturas, con una mezcla de lucidez, ironía y una naturalidad que atraviesa también las páginas de su libro.

A través de su propia biografía y de personajes como Coco Chanel, Olivia de Havilland o Truman Capote, reflexiona sobre todo aquello que cambia mientras avanzan los años: la belleza, el amor, la familia, el trabajo, los tropezones y también esas vidas que alguna vez imaginamos para nosotros y que finalmente no sucedieron.

Quizá una de las cosas que más le gustan a Fernández-Miranda de su edad actual es precisamente descubrir que no todas las puertas tienen que permanecer abiertas.

"Cuando tienes 20 o 30 años están todas las posibilidades delante y eso es muy bonito. Pero me he dado cuenta de que también resulta muy tranquilizador que algunas puertas se vayan cerrando", asegura.

¿A los 50 has hecho las paces con la vida que no viviste?

Sí. Creo que ese es el momento de despedirte de esas personas que ya no vas a ser. En mi caso, por ejemplo, se ha cerrado la posibilidad de ser madre. Es un asunto que traté en mi primer libro, No madres, hace diez años, cuando me preocupaba, me dolía o me incomodaba.

Hoy ni me preocupa ni me incomoda. Simplemente es algo que no he sido y que ya no voy a ser. Punto. Fin. Y eso también da tranquilidad.

Frente a ese inventario de lo que no fue, existe otro ejercicio que propone hacer: "Mirar hacia atrás y recordar qué queríamos ser de pequeños. Todos nos fijamos mucho más en nuestros fracasos que en nuestros éxitos".

En su caso, la respuesta es sencilla: "Cuando era niña quería ser Jo March, la protagonista de Mujercitas. Ya voy por mi cuarto libro. Hasta ahora siempre me daba pudor llamarme escritora, pero creo que con este ya puedo empezar a considerarme como tal".

Cómo envejecer

Fernández-Miranda ha desarrollado buena parte de su carrera profesional en revistas femeninas, la última como directora de la cabecera MujerHoy, y conoce bien la industria de la belleza. No pretende, sin embargo, convertir el envejecimiento en un ejercicio obligatorio de aceptación complaciente.

¿Qué da más miedo, envejecer o dejar de ser relevante?

Las dos cosas. Quien diga que no le importa envejecer, comprobar que algunas capacidades van mermando, creo que miente. Tampoco nos gusta dejar de sentirnos relevantes. Aunque, por otro lado, dejar de serlo un poco también reduce la presión.

Fernández-Miranda ha sido redactora en Marie Claire, jefa de sección en Yo Dona/El Mundo, directora de Belleza en Elle, subdirectora en Cosmopolitan y directora en Mujerhoy.

Fernández-Miranda ha sido redactora en Marie Claire, jefa de sección en Yo Dona/El Mundo, directora de Belleza en Elle, subdirectora en Cosmopolitan y directora en Mujerhoy. Antonio Terrón

Cuando se le pregunta si las mujeres siguen soportando una mayor exigencia estética que los hombres, huye deliberadamente del papel de víctima.

"No me gusta ser una quejica porque la sociedad me lleva a hacer determinadas cosas. Las mujeres somos seres inteligentes y tomamos nuestras propias decisiones. Quizá nosotras mismas nos ponemos una parte de esa presión. Generalizando, tendemos a ser más autoexigentes y perfeccionistas", asegura.

En el libro aparece Iris Apfel, una de esas mujeres que hicieron precisamente de su singularidad su principal atributo. Fernández-Miranda recuerda una frase que su marido le decía cuando entraban en determinados salones: "Cariño, eres la única en esta sala que se parece a sí misma".

La sentencia resume bastante bien su propia idea de la belleza: "Iris tenía un físico que no era nada canónico. Era extravagante, pero convertía eso en belleza. Para mí la belleza es importante, pero no tiene por qué responder a unas medidas ni a un modelo determinado".

María no está en contra de la cirugía ni de la medicina estética. Todo lo contrario: "Estoy a favor siempre que se recurra a ello desde la libertad y con cabeza. Lo que no tiene sentido es intentar quitarte 20 años o convertirte en alguien que no eres".

Y cuando le propongo una pregunta rápida —una arruga que no borrarías— se ríe y desmonta cualquier respuesta políticamente correcta: "¿Una? Yo las borraría todas. Si hablamos de las arrugas estéticas, no tengo ningún interés en tenerlas. Si hablamos de las metafóricas, esa ya es otra historia".

Ponerse a lo importante

En El desorden de cumplir años también aparece Marta D. Riezu y esa idea de una elegancia que tiene mucho más que ver con la sencillez que con acumular tendencias.

Fernández-Miranda lo resume casi como lo harían nuestras abuelas: pocas cosas, pero buenas. "A medida que cumples años vas simplificando el guardarropa. Una gabardina, un buen abrigo, un vestido que perdure", explica. Prendas que además acaben acumulando recuerdos.

Frente a la velocidad de las redes sociales y la exhibición permanente del lujo, reivindica otra forma de mirar la belleza.

"Vemos a mujeres vestidas enteras de marcas de lujo que, para mí, no son necesariamente elegantes. Si te compras algo solamente porque es carísimo o porque hay una lista de espera, te estás perdiendo lo importante: la artesanía, la calidad, las cosas bien hechas", confiesa.

Alegranza: volver a la ligereza

Hay otro personaje importante en la vida y en los libros de esta autora que no es una persona. Se llama Alegranza.

Primero existió en la ficción. "Escribí una novela titulada El verano que volvimos a Alegranza. En ella, Alegranza era una casa ficticia que representaba la ligereza de la infancia".

Después de la pandemia, ella y su marido compraron un edificio en ruinas en Asturias. Apenas permanecían en pie las paredes de lo que un día había sido una propiedad importante, con capilla y establo. Decidieron recuperarla. Y la llamaron por ese nombre.

"Vivo habitualmente en Madrid, pero cuando voy allí quiero encontrar precisamente eso: un refugio y esa ligereza de la infancia", explica.

La niñez aparece varias veces durante la conversación. Cuando le pregunto cuál ha sido hasta ahora la mejor época de su vida, duda entre los 40 y aquellos primeros años.

"Echo de menos ser una niña. De la infancia me quedaría con la inocencia, la imaginación y la seguridad de saber que siempre hay alguien que te va a proteger", reconoce.

No somos sólo trabajo

Durante años, Fernández-Miranda ocupó puestos de responsabilidad en grandes revistas. Fue directora de belleza, entrevistó a perfumistas, viajó a presentaciones internacionales y construyó una carrera periodística en una generación educada, según explica, para entregarse por completo al trabajo.

Con el tiempo ha aprendido una de las ideas que atraviesan su nuevo libro: "No somos nuestra profesión. Los que nacimos en los 70 y los 80 pertenecemos a una generación a la que se enseñó a darlo todo por el trabajo. Ahora vienen otras dispuestas a sacrificar mucho menos. Creo que habría que encontrar un término medio".

Incluso un despido, un proyecto que termina o aquello que en un determinado momento se percibe como un fracaso puede adquirir otro significado con la distancia.

María recuerda el conocido discurso de Steve Jobs sobre la imposibilidad de conectar los puntos de la propia vida mirando hacia delante: "Hay cosas que cuando suceden no entiendes. Luego pasa el tiempo y las piezas empiezan a encajar. La vida me lo ha demostrado en diferentes ocasiones".

La periodista reflexiona sobre envejecer en su nuevo libro.

La periodista reflexiona sobre envejecer en su nuevo libro. Antonio Terrón

Cúmulo de fracasos

"Si cuando llegas a los 50 no has acumulado unos cuantos fracasos—personales y profesionales— es que no has vivido bien. Es que no has hecho muchas cosas", dice.

Después de cuatro títulos todavía puede aparecer el síndrome de la impostora: "En mi trabajo como periodista tengo muchísima seguridad. Como escritora, no. Pero he leído que les sucedía incluso a autores que admiro muchísimo. Si le pasaba a Joan Didion, que es mi máximo referente, ¿cómo no me va a pasar a mí?".

Escribir, asegura, también supone sufrir: "Primero porque tienes que sentarte, encontrar el tiempo. Y después porque nunca llegas adonde querrías llegar. Lees a los grandes escritores y eres consciente de que tú no estás ahí".

Rodearse de personas

Coco Chanel aparece varias veces en El desorden de cumplir años. Fernández-Miranda vuelve a ella por su inteligencia, su personalidad y también por determinadas frases capaces de atravesar las décadas.

Una de sus ideas favoritas es que la edad puede depender de la gente que tenemos alrededor.

"Me gusta mucho esa visión de que si te aburre la gente con la que estás, eso te hace envejecer", asegura.

¿Cuál es el mayor horror de cumplir años?

Pensar que el tiempo ya no se cuenta, sino que se descuenta. Entonces aparecen dos grandes miedos: a la enfermedad y la muerte.

Yo todavía me considero joven, pero cuando vas avanzando sabes que has recorrido una parte importante de tu vida. Y sobre la muerte hablamos muy poco. Nos enseñan muchísimo sobre cómo vivir, pero nadie nos enseña cómo morir.

Fernández-Miranda es creyente, aunque confiesa que le gustaría tener una fe más rotunda: "Envidio a las personas que tienen una fe sin fisuras porque creo que es una herramienta maravillosa para afrontar lo que venga". Ella, reconoce, teme más "a la enfermedad y a la soledad que a la muerte".

Llegar a los 80 en paz

El libro no propone detener el tiempo. Más bien invita a preguntarse qué queremos hacer con él. "Hay una pregunta que aparece al llegar a determinadas edades: ¿qué he hecho con mi vida hasta ahora y qué voy a hacer con la que todavía me queda?", dice.

Mirando hacia los 80 años, no habla de cargos, reconocimientos ni grandes conquistas: "Me gustaría haber empleado bien el tiempo que aún me queda. Estar rodeada de la gente a la que quiero, estar en paz y poder seguir escribiendo".

Quizá eso explique también cuál considera que es una de las mejores cosas que trae la edad: "La compasión hacia uno mismo".

Y la fortaleza, aunque cuando le digo que parece una mujer mucho más fuerte de lo que ella cree, lo niega entre risas: "No soy ni tan dulce ni tan fuerte. Lo que sí soy es muy peleona. Si me caigo, siempre me levanto".

Su referente, Isabel Allende

Fernández-Miranda ha tenido la oportunidad de entrevistar a la escritora: "Ha pasado por cosas terribles, como la muerte de su hija Paula, y, sin embargo, sigue manteniendo intacta la ilusión por la vida".

De aquella conversación conserva especialmente una enseñanza que cobra otro significado cuando se habla de cumplir años: aprender a vivir con menos apego.

"Isabel me dijo que no tiene ningún sentido hacer planes y que hay que practicar el desapego de lo material, pero también de los afectos", recuerda.

No se trata de querer menos, sino de aceptar que también las relaciones cambian y que las personas que amamos necesitan tomar sus propios caminos.

"Ella me hablaba de sus nietos. Cuando se fueron a estudiar al extranjero, le obsesionaba mantenerse en contacto con ellos, hasta que se dio cuenta de que tenía que permitirles alejarse", cuenta.

Porque cuando María Fernández-Miranda se pregunta para quién ha escrito El desorden de cumplir años, la respuesta puede resumirse en una escena que casi todos, tarde o temprano, reconocemos: levantarse una mañana, mirarse al espejo y pensar, con una mezcla de estupor y humor: "¿De verdad tengo ya esta edad?".

Y entonces continuar. Y seguir estrenando vida.