Cristina Higueras durante la narración de su cuento.

Cristina Higueras durante la narración de su cuento. Esteban Palazuelos

Protagonistas

Magas desvela en exclusiva el cuento firmado por Cristina Higueras en 'Los Misterios de La Alhambra'

La escritora convierte un retiro literario en la ciudad palatina andalusí en una inquietante historia de vigilancia, memoria y pérdida de identidad.

Más información: Magas desvela en exclusiva los cuentos firmados por la escritora Marta Robles en 'Los Misterios de La Alhambra'

Elena Pérez
Publicada

La Alhambra ha visto pasar sultanes, reyes, viajeros y escritores. En julio de 2025 le tocó recibir a cinco damas —no sabemos si del crimen, pero sí de la novela negra— dispuestas a dejar allí una parte de sus miedos.

Cruz Sánchez de Lara, Cristina Higueras, Espido Freire, Nativel Preciado y Marta Robles se reunieron en el Generalife con una misma misión encomendada.

El plan en cuestión consistía en recuperar, con acento granadino, el célebre juego de Villa Diodati. En 1816, varios días de lluvia encerraron en una villa suiza a los célebres Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y John Polidori.

Para matar el tiempo, el primero les propuso escribir historias de terror. De aquella velada surgieron dos criaturas destinadas a no morir jamás: Frankenstein, de Mary Shelley, y el vampiro moderno que imaginó Polidori.

Dos siglos después, en lugar de frío, tormentas y chimeneas, Granada ofrecía una noche de verano y el calor pegado a los jardines del Generalife.

Pero la propuesta conservaba intacto el espíritu de aquel encuentro. Las cinco se reunieron para hablar de literatura, de obsesiones y de temores que, cuando se ponen por escrito, terminan por adquirir vida propia.

Aquella conversación fue el punto de partida de Los Misterios de La Alhambra I, velada que debía servir de inspiración a las autoras para que después escribiesen un cuento breve en el que ellas fueran protagonistas y la ciudad palatina andalusí actuara como escenario. Un año más tarde, todas volvieron al Cuarto Real de Santo Domingo con los deberes hechos.

El eco de lo que fuimos

Después de los relatos de Cruz Sánchez de Lara, Marta Robles y Nativel Preciado, llega el turno de Cristina Higueras. Actriz, periodista y escritora, la autora firma El eco de lo que fuimos, un cuento que convierte un retiro literario aparentemente privilegiado en una historia de vigilancia, sospecha y mujeres con grandes ideas y reivindicaciones en peligro.

Con una inquietud más cercana al suspense tecnológico que a la que produce el fantasma clásico, la autora utiliza la ficción para interrogarse por el valor de la memoria, la identidad y la voz propia. El resultado es un relato que deja una pregunta suspendida en el aire: qué queda de una persona cuando se le arrebata aquello que piensa, recuerda y escribe.

A continuación, El eco de lo que fuimos, el cuento completo de Cristina Higueras para Los Misterios de La Alhambra II.

El eco de lo que fuimos,

por Cristina Higueras.

Fue un error aceptar esa invitación.

Lo percibí en cuanto atravesamos la Puerta de los Siete Suelos para entrar en la Alhambra. No había motivo alguno para percibir esa sensación, pero ya tendría que haber aprendido que los presentimientos son independientes de la lógica. Siempre he sospechado que todo obedece a un plan premeditado y lo que voy a relatar así lo demuestra.

Cinco escritoras. La Alhambra cerrada para nosotras durante unos días. Se trataba de un retiro literario financiado por el Ministerio de Cultura y Deporte. Aunque siempre más enfocado a lo último que a lo primero, en esta ocasión el organismo gubernamental se volcó en la iniciativa. El objetivo era crear una historia entre las cinco situada en la Alhambra. Un reto original y apetecible.

Nos alojaron en el Carmen de los Mártires, en otra época conocido como el Corral de los Cautivos. Habían habilitado una estancia para cada una de nosotras. Era un entorno tan perfecto que resultaba apabullante. El encierro comenzó como a menudo lo hace lo siniestro, con belleza: un atardecer dorado sobre Granada.

Cruz, Marta, Espido, Nativel y yo, Cristina. Cinco voces distintas. Con estilos diferentes pero con algo en común: habíamos dicho cosas que no debíamos. Sobre cuerpos, sobre justicia, sobre abusos. En libros. En entrevistas. En artículos. En coloquios… Todas habíamos cruzado alguna línea invisible.

Estábamos allí para crear, pero para ello se necesita paz, y no la hubo desde el primer momento. Ruidos extraños y un olor sintético muy intenso que parecía incompatible con ese espacio lo invadía todo.

Una noche, Cruz encontró el acceso mientras paseábamos por el Patio de los Arrayanes. Bajo una inscripción en árabe, en la Sala de la Barca, nos topamos con un pasadizo subterráneo. Entramos. Allí no había historia, había tecnología avanzada. Y en las pantallas, nosotras. Dormidas. Cada una en su cuarto. Sometidas a una especie de intervención quirúrgica.

Espido negaba con la cabeza. Nativel callaba. Cruz propuso dejar constancia del descubrimiento. Marta quiso grabarlo todo, pero los teléfonos allí no funcionaban. Yo sentí un escalofrío, la sospecha de que había algo más allá detrás de aquel hallazgo.

Al salir a la superficie ninguna recordó lo que acabábamos de vivir. Nos acostamos y a la mañana siguiente continuamos con la tarea que se nos había encomendado.

Acabó el retiro y entregamos el relato que nos pidieron. Una historia plana y sin interés alguno, aunque se publicitó hasta la saciedad. A partir de entonces todo se transformó.

Nativel dejó de meter el dedo en la llaga y escribía artículos de opinión pulcros y dóciles. Espido cambió su estilo y comenzó a crear libros sin sombra, poblados de personajes carentes de aristas y de alma. Cruz ya no reivindicaba el liderazgo femenino y se dedicó a publicar recetarios de cocina. Marta desapareció. A pesar de ser una periodista de renombre, los algoritmos la anularon.

Encontré el chip en la parte superior de mi cuello, justo debajo de la oreja. Al principio pensé que se trataba de una espinilla infectada. Decidí extraer aquello yo misma, al fin y al cabo, era algo superficial. Tomé una navajita afilada, la desinfecté con alcohol y, ayudada por el espejo del baño, pude extraerlo. Apenas sangré.

Sin ese elemento extraño en mi cuerpo, empecé a recordar.

Hoy he visto una entrevista que me hacía un famoso periodista. Era un programa grabado. La voz, la risa y los gestos de esa mujer eran los míos. Pero no era yo, sino la versión de mí que salió de aquel retiro. Promocionaba mi última novela, aunque yo no soy consciente de haberla escrito.

Ahora me muevo con cautela. Escribo a mano. No me conecto. No sé cuánto tiempo me queda, probablemente no mucho. Me da igual. A estas alturas lo único que importa es que alguien encuentre este escrito y pueda dejar constancia de lo que ocurrió en la Alhambra.