Un post extraído de la red social X. De fondo, una escena de 'Blade Runner 2049'.

Un post extraído de la red social X. De fondo, una escena de 'Blade Runner 2049'. EE

Protagonistas INTERNET

'Bitch wife', el concepto que va un paso más allá en la cultura 'incel', degrada a las esposas y celebra la infidelidad en redes

Desde hace meses, en la red de Elon Musk ha ganado visibilidad esta tendencia que trata de hacer humor a partir de la humillación de la pareja.

Más información: 24 horas en el foro 'tradwife' que incita a las mujeres a ser amas de casa: "Cocinar y lavar platos debería hacerte feliz"

Publicada
Actualizada

Basta con hacer una búsqueda rápida de estas dos palabras en internet para que empiecen a proliferar publicaciones que dejarían a más de uno con el ceño fruncido. Bitch wife o, como se traduciría al español, 'puta esposa', ha pasado en poco tiempo de ser un insulto aislado a nutrir centenares de posts en los que los usuarios no ocultan que odian a la persona con la que comparten la vida.

X, aquella red que solíamos conocer como Twitter hasta que Elon Musk la compró en 2022, es uno de los espacios en los que más presente están estos contenidos. En ella pueden leerse mensajes como el siguiente: "Así me mira la au pair de 16 años cuando mi señora perra y quejica sale a hacer la compra", acompañado de una foto de una jovencísima Ana de Armas.

El patrón siempre es el mismo: el autor bromea con un supuesto escenario en el que una cuidadora, camarera u otra mujer en una profesión cercana a él le mira de manera insinuante, situación que le pone en un compromiso porque este está casado o tiene una novia que le hace la vida imposible, que le ha dejado en segundo plano por centrarse en el cuidado de los hijos, etc.

La cuestión es que este usuario, ante la insatisfacción sexual con la que convive a diario, encuentra en otra fémina de su entorno —a menudo veinteañera o incluso menor de edad, como muestran algunos ejemplos— una tentación difícil de resistir. Es el clásico de la esposa amargada comparada con la chica dispuesta a dar placer, pero llevado a internet.

Cada post incluye una fotografía de una mujer hipersexualizada, o bien creada por inteligencia artificial o bien real: influencers, anónimas y actrices como Madison Beer, Sydney Sweeney o Indie Navarrette, además de la protagonista de Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) mencionada antes. No es un fenómeno aislado; la posibilidad de comprobarlo está a golpe de clic.

¿Qué hay detrás de este controvertido término?

Aunque el fenómeno hoy parece estar más localizado en países angloparlantes —Estados Unidos, en esencia—, no hay mejor difusor de fronteras que el algoritmo, y este ya empieza a dejarlo ver en España. Nerea Masero, divulgadora y periodista, publicó hace una semana un clip al respecto donde alertaba públicamente del surgimiento de esta nueva tendencia misógina en internet.

"No sé ni por dónde empezar este vídeo", arrancaba un reel que acumula más de 7.000 likes. En él explicaba que el meme llama a exponer a las esposas "como las villanas" y a "culpabilizarlas de todo" en lugar de "tener una conversación asertiva y empática", y lo calificaba como una forma de "violencia digital" que debía denunciarse por infringir las normas.

La creadora de contenido, conocida por su alias @requete3, atiende a esta revista para explicar que hizo la publicación "porque sentía la necesidad de hablar de ello en castellano, ya que ningún creador lo había hecho antes, y siendo consciente de que tendría el apoyo de las mujeres y un porcentaje de hombres que me acusarían de criticar su libertad de expresión".

"No deja de darme miedo que haya una corriente así que pueda llegar a Europa, que a la gente le haga gracia este contenido —admite Masero—, porque si ya tenemos canales en Telegram de maridos compartiendo fotos íntimas de sus parejas, ahora se suma que otros quieran humillar a las suyas en internet".

Otra característica que muchas de estas esposas y novias villanizadas tienen en común es que son madres. Los chistes las presentan cuidando a bebés, agotadas o sin deseo tras el parto. Su vulnerabilidad se vuelve material de burla y su bienestar se trivializa en favor del supuesto derecho del marido a mantener una vida sexual idéntica a la etapa previa a la llegada del hijo.

El sociólogo Álvaro Soler sugiere que el fenómeno de la bitch wife se acerca más a la misoginia que al fenómeno incel en sí, insertada en lo que se conoce como manosfera digital: "Cuando pensamos en célibes involuntarios, nos vienen a la cabeza hombres jóvenes que no mantienen relaciones aunque las deseen, y que culpan de ello al feminismo o a las mujeres".

Aquí, en cambio, "vemos a varones que están casados o en pareja, que sí han tenido cierta vida sexual y que se quejan de que no es suficiente", explica. En ese submundo de internet del que habla el experto conviven foros, pódcasts, gurús y charlas de YouTube donde se glorifica la masculinidad basada en la competitividad extrema, el éxito económico y la conquista física.

"Son espacios que naturalizan las estructuras culturales, es decir, justifican todas esas cuestiones que los sociólogos y antropólogos sabemos que son construcciones históricas que van cambiando, como el género, los gustos, la forma de relacionarnos, de amar... Pero ellos se apoyan en un darwinismo social por el que creen que este plano se supedita a lo biológico", dice.

El hijo como... ¿obstáculo?

Tanto esta como los cuidados funcionan como telón de fondo y, al mismo tiempo, como arma arrojadiza. "Lo que vemos es una clara falta de aceptación de nuevos roles —señala Soler—; están haciendo una rutina de familia pero sienten rechazo o infelicidad porque entienden, a grosso modo y de forma coloquial, que es una mierda no tener una vida si estás haciendo esas cosas".

La literatura científica lleva tiempo mostrando que el posparto puede afectar de forma importante la vida de las mujeres. En 2020, un estudio observó que, en parejas primerizas, entre el 39% y el 59% de las madres analizadas reportaron un "deseo sexual clínicamente bajo" durante el primer año tras dar a luz, y entre el 47% y el 57% mostraron un malestar significativo.

Lo que en X se convierte en meme suele tener detrás un proceso físico y emocional complejo, en absoluto gracioso para quien lo vive. Masero apunta a esa crueldad: "Me preocupa que se use la maternidad como castigo. A estos varones les hace ilusión la idea de tener hijos hasta que ven lo que supone, cómo se desdibuja la figura de la pareja para ser madre".

"Para ellos la vida sigue siendo igual, pero ellas pueden no estar listas semanas o meses después del parto, pueden no tener la misma libido", añade la divulgadora, que avisa a navegantes: "Denunciar esto no es ser misándricas. Es pedir que las redes sociales tengan unas normas básicas de comportamiento".

Masero insiste en la necesidad de no quedarse en el discurso de que "son cuatro colgados; es que algunos tienen millones de impactos. Pero sinceramente, teniendo en cuenta que se trata de un espacio en el que hay incluso contenido pornográfico y aunque lo denuncies no se borra, dudo mucho que hagan algo con este tipo de publicaciones".

Desde que Elon Musk adquirió la plataforma, esta ha sido acusada de premiar la polémica con visibilidad. Diversos estudios han documentado cambios en el algoritmo que favorecen la de estos discursos, mientras las políticas de moderación se han relajado. "X nunca fue un paraíso de respeto a los derechos humanos, pero la deriva es clara", subraya Soler.

Y añade que "se ha convertido en un espacio controlado por actores y movimientos con ideología de extrema derecha, y la misoginia se expresa de manera mucho más agresiva". En ese contexto, los memes de bitch wife encuentran terreno fértil: se apoyan en la ambigüedad entre el humor y el discurso de odio, así como en la herencia de foros como Reddit o 4chan.

La risa funciona como blindaje: quien critica el contenido es acusado de no entender el chiste, de ser misándrica. Pero "si cualquier persona puede humillarte en internet, usar tu imagen para hipersexualizarte o ridiculizarte, si incluso puede hacerlo con rostros creados por IA para acercarse peligrosamente a la infantilización, tenemos un problema profundo", critica Masero.

En el cine y en la calle

Aunque el fenómeno se ha disparado en redes, la narrativa que lo alimenta no nace en X. El cine y la televisión llevan décadas explorando el arquetipo de la "esposa loca" frente a la niñera joven y comprensiva. Un ejemplo de ello, la película The Housemaid (Paul Feig, 2026), con Sydney Sweeney y Amanda Seyfried.

Escena de 'La asistenta'.

Escena de 'La asistenta'. IMDb

En la cinta —aviso de spoiler—, una mujer con antecedentes empieza a trabajar como asistenta para una pareja adinerada. Aunque la esposa parece tener graves problemas mentales e inestabilidad, la realidad es que su marido la maltrata y manipula. Pronto, la casa se acaba convirtiendo en una trampa de engaños, oscuros secretos y una astuta venganza.

Algo similar ocurre en Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017): Joi representa la encarnación de la fantasía tecnológica de la pareja ideal: un producto diseñado para complacer y validar sin requerir nada a cambio. Y Obsession (Curry Barker, 2026) explora el consentimiento con la historia de un joven que pide un deseo para forzar a su amor no correspondido a amarlo.

Es curioso que actrices como Sweeney, De Armas o Navarrette sean precisamente algunas de las caras que aparecen reutilizadas en esos memes de bitch wife: son rostros ya asociados, en el imaginario colectivo, a personajes hiperdisponibles y sexualizados. La cultura pop suministra el banco de imágenes y la manosfera se encarga de remezclarlas.

Pero esta narrativa no se limita al plano ficticio. El caso reciente de la actriz Mika Abdalla y el actor Jake Short es paradigmático. En un pódcast que hoy circula en redes, mientras compartían mesa con Bradley Steven Perry y Natasha Bure, Perry le pide a Short que describa a su entonces prometida, recientemente rompieron la relación. Su respuesta: "Some bitch".

La agresividad del término —"una cualquiera", en tono despectivo— provoca tanta sorpresa como incomodidad en la sala y en la propia intérprete, que le interpela. “O sea, ella es la mejor persona que ha conocido en su vida ¿y yo soy una cualquiera?", le dice en una escena que, tiempo después, por el éxito de la serie Off Campus, se viralizaría en plena ruptura de la pareja.

El ejemplo muestra que el lenguaje, la burla y la humillación no son patrimonio exclusivo de la esfera digital: se producen en espacios aparentemente amables, como un programa de amigos, que después consumen miles de personas.

Evitar la radicalización juvenil

Más allá de explicar el fenómeno, la pregunta que queda es cómo impedir que estos discursos arraiguen en las nuevas generaciones. En este sentido, Amnistía Internacional lleva años alertando del impacto de la violencia en línea en la salud mental de las mujeres y en la percepción que los chicos desarrollan sobre la igualdad y el consentimiento.

La organización asegura que los movimientos de la manosfera atraen especialmente a adolescentes porque "se aprovechan de la soledad, la exclusión y la falta de referentes afectivos y de modelos de igualdad. En etapas de vulnerabilidad emocional, ofrecen una falsa sensación de pertenencia basada en el resentimiento y una visión rígida de la masculinidad".

El contenido misógino hiere a quienes lo reciben y encauza indebidamente a quienes lo consumen. Por eso, Álvaro Soler subraya que la solución no puede depender únicamente de las redes sociales y recuerda que la socialización se basa principalmente en lo que ocurre fuera de internet: en la escuela, la familia, los grupos de amigos.

Fotograma de 'Adolescencia' (Netflix).

Fotograma de 'Adolescencia' (Netflix). Archivo EE

"Si un adolescente se relaciona con la sexualidad solamente a través de estos discursos y en su comunidad no tiene un contrapeso que le enseñe que las relaciones no son eso, que pueden ser algo sano, diverso y consensuado, tenemos un problema muy serio. Y ahora mismo, la educación en humanidades, sociología o cultura de internet es prácticamente inexistente", valora.

De ahí la importancia de incluir la igualdad de género en los programas escolares, de formar al profesorado en cultura online y de crear espacios de diálogo donde los chicos puedan cuestionar estos modelos sin miedo al ridículo. También, por supuesto, es clave que las propias plataformas asuman su responsabilidad ante contenidos incendiarios que corren como la pólvora.