Retrato de Marcela San Félix.

Retrato de Marcela San Félix.

Magas-Mujeres en la Historia

Marcela de San Félix, la hija silenciada de Lope de Vega que convirtió su vida de clausura en un legado literario

No fue reconocida legalmente por el escritor, pero vivió con él y bebió de su talento. Poeta, dramaturga, su obra permaneció oculta durante siglos.

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Fernando Bonete Vizcaíno
Publicada

Durante siglos, Marcela de San Félix ha sobrevivido en la memoria literaria española bajo una fórmula tan cómoda como insuficiente: 'la hija de Lope de Vega'. El rótulo señala un vínculo indiscutible, pero oculta lo esencial. Fue poeta, dramaturga y la voz más destacada del teatro conventual del Siglo de Oro. Su obra, escrita en clausura y destinada en gran medida a las mujeres, constituye hoy un documento literario, histórico y social de valor excepcional.

Marcela nació en 1605 bajo una condición dictada por su propio progenitor que marcó su biografía: "de padres desconocidos". Fue hija ilegítima del afamado escritor y de la actriz Micaela de Luján, fruto de una relación fecunda y turbulenta de la que nacieron varios niños, la mayoría fallecidos en la infancia, a excepción de ella y de Lopito, varón que sí fue reconocido.

Durante sus primeros años, creció al margen del apellido y del reconocimiento público, pero rodeada, gracias o a pesar de su madre —pues el cariño que le dispensó también dejó mucho que desear— de teatro, versos y actores.

Cuadro del entierro de Lope de Vega, que Marcela presenció desde la reja de su convento.

Cuadro del entierro de Lope de Vega, que Marcela presenció desde la reja de su convento.

A los nueve años, tras la muerte de Micaela, Marcela fue aceptada en la casa paterna. Lope atravesaba entonces una etapa de pérdidas familiares y encontró en aquellos hijos bastardos un consuelo tardío. Para ella, sin embargo, la vida en la casa de la calle Francos supuso una exposición prematura a los entresijos de la Corte.

Hizo las veces de secretaria de su padre, copiando y leyendo la correspondencia que este mantenía con el duque de Sessa, cartas repletas de confidencias impropias para una niña. Al mismo tiempo, accedió a una biblioteca excepcional cercana a los mil volúmenes que le permitió desarrollar sus dotes literarias, aunque Lope de Vega nunca reconoció de forma abierta su talento.

A los 16, la joven tomó una decisión que cambiaría su destino y su escritura. Ingresó en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid y adoptó el nombre de sor Marcela de San Félix. Como muchas mujeres con vocación intelectual en la Edad Moderna, convirtió el claustro en un espacio de libertad paradójica: un lugar de retiro que, lejos de silenciarla, le ofreció las condiciones necesarias para escribir.

La vida conventual de sor Marcela fue activa y exigente. Desempeñó cargos de responsabilidad como maestra de novicias, provisora y prelada, lo que revela su autoridad dentro de la comunidad. En los márgenes que le dejaban esas obligaciones, escribió una obra sorprendente por su variedad y libertad.

Se conservan seis coloquios espirituales acompañados de ocho loas, además de romances, seguidillas y villancicos. De los cinco cuadernos que llegó a escribir, sólo uno se salvó de la quema ordenada por su confesor como penitencia, un gesto que ilustra las tensiones entre creación literaria, obediencia y censura.

Sus coloquios espirituales, destinados a ser representados por las propias monjas, constituyen una forma teatral singular. Con pocos personajes y escaso aparato escénico, la monja transformó el diálogo alegórico en un instrumento pedagógico y espiritual.

En ellos no hay grandes acciones dramáticas, sino un proceso de reflexión compartida que buscaba preparar a la comunidad para la vida religiosa, las festividades litúrgicas o la comunión. La originalidad de estas piezas reside tanto en su forma como en su tono: didácticas, pero también irónicas; ascéticas, pero atravesadas por un humor que desmiente la imagen de una religiosidad severa y sin fisuras.

Teatro breve, con una mirada aguda sobre la mujer y la vida cotidiana del convento, y dotado de una tensión entre la renuncia al siglo y la comprensión de las miserias humanas que dotan a su literatura de una densidad muy poco común.

Especial relieve cobran sus loas, donde sor Marcela despliega una vena cómica poco común. A través de personajes masculinos —licenciados, estudiantes, figuras intrusas— parodia la vida conventual, las jerarquías y las miserias humanas, incluidas las propias.

Esa ironía, lejos de ser superficial, funciona como una forma de lucidez crítica. Marcela podía ser solemne y burlona, mística y coloquial, lírica y satírica, desmintiendo cualquier lectura simplificadora de su obra.

La relación con su padre no se rompió tras su profesión, pero se transformó. Llegó a convertirse en consejera y figura de autoridad moral para un Lope anciano y atormentado. A su muerte, se permitió que el cortejo fúnebre pasara frente al convento para que pudiera despedirse de él desde la clausura.

La escena, recreada al óleo por el pintor Ignacio Suárez Llanos en 1862 —una hija tras la reja, el padre acompañado por la multitud— condensa la paradoja de su vida: situada en el corazón del Siglo de Oro y, al mismo tiempo, apartada de su relato público.

Sor Marcela de San Félix murió en 1687, tras más de seis décadas de vida conventual. Su obra permaneció casi desconocida durante siglos, preservada en manuscritos y apenas difundida hasta su edición crítica en el siglo XX.

Hoy, a la luz de los escasos estudios que la han recuperado —ahora también la novela La hija del Fénix (Espasa)—, se presenta como lo que en verdad fue: una escritora consciente de su talento, capaz de transformar la clausura en escenario y la obediencia en forma de expresión, una mujer que encontró en la palabra su forma de legitimación y en el convento el espacio para ejercerla.