Imagen de 'Beguinas', la serie de Atresplayer.
Beguinas: la primera comunidad femenina que vivió al margen del yugo masculino hace 9 siglos
Esta asociación de mujeres independientes nació en el siglo XII y se fue extendiendo por toda Europa, aunque también fueron perseguidas.
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Hace casi 1.000 años —se dice pronto— un grupo de mujeres adelantadísimas a su tiempo instauraron sin saberlo parte de los cimientos del feminismo que hoy enarbola con fuerza su bandera en buena parte del mundo.
Lo hicieron durante una época en la que la población femenina era parte de una sociedad donde imperaba la supremacía del varón y se las consideraba 'propiedad' de sus padres, maridos o parientes masculinos cercanos, las Beguinas crearon una comunidad laica autosuficiente que desafió los cánones establecidos.
Su historia ha servido de argumento para varios libros, entre ellos el de Mario Escobar, titulado El espejo de las almas, o Beguinas. Memoria herida, de María Cristina Inogés Sanz. También ha sido llevada a la interpretación.
Ilustración de Margarita Porete, una de las beguinas más ilustres.
En octubre de 2024 se estrenó en España una serie sobre este movimiento y ahora Atresmedia la lanza a nivel internacional: se empieza a emitir el 15 de febrero en muchos países de Latinoamérica.
Los orígenes de las Beguinas se remontan al s XII en Bélgica, Países Bajos y Alemania y luego se expandieron por el resto de Europa, España incluido, aumentando su influencia. Surgieron en el contexto de las Cruzadas, donde la alta mortalidad de los hombres por las guerras tuvo gran incidencia en el futuro de las mujeres.
Muchas se quedaban viudas y veían cómo sus posibilidades de casarse mermaban considerablemente, en un contexto donde casi sus dos únicas opciones de existencia eran el matrimonio o convertirse en monja.
Tomar los hábitos y pasar a depender del poder eclesiástico no fue la vía elegida por la mayoría que, lejos de aceptar sometimiento patriarcal, crearon un grupo laico espiritual regido por sus propios preceptos —pocos, no impositivos ni perpetuos—.
Eran cristianas, rezaban, ayudaban a los necesitados y le dieron especial importancia a las labores intelectuales y a la educación. Fundaron escuelas y se dedicaron al cuidado de los más pobres, creando hospitales y comedores benéficos. Todo ello sin el patronazgo o supervisión de un hombre, lo que supuso una auténtica revolución no exenta de dificultades.
Las beguinas vivían en comunidades creadas por ellas mismas, una especie de miniciudades llamadas beguinajes, dentro de grandes urbes como Ámsterdam o Bruselas. Se mantenían y hacían crecer su proyecto realizando distintos trabajos, como la fabricación de textiles. Tenían una líder llamada Gran Dama y podían abandonar el grupo en cualquier momento sin que nadie les pusiera ningún tipo de impedimento.
Ilustración de la vida de oración de las Beguinas. Redes sociales
Cultivaron un misticismo filosófico y espiritual y entre ellas había mujeres procedentes de familias acomodadas o nobles con conocimientos de música, arte o literatura. Hubo escritoras y escribas como Marie d'Oignies, que fue obligada a casarse con solo 14 años, pero a los 30 se retiró a una celda junto al grupo de su ciudad, llevando una vida de reclusión y servicio. Para ello obtuvo el permiso de su marido.
También hay que citar a las precursoras de la poesía mística del siglo XVI y las primeras en utilizar lenguas vulgares en sus versos en vez del latín: Beatriz de Nazaret (autora de Los siete grados del Amor), Matilde de Magdeburgo o Hadewijch de Amberes, autora de varias obras en poesía y prosa.
"No solo demostraron que las mujeres podían ejercer cualquier profesión, sino que había un modelo de sociedad alternativo que rompía mucho con lo que había sido la Edad Media y el feudalismo", destaca Escobar.
Resulta fácil imaginar que las sociedades de la época reaccionaron contra ellas. El Concilio de Vienne de 1311 incluyó un canon que condenaba a algunas beguinas por herejía y ordenó disolver algunas comunidades.
La represión ya había empezado antes, pues en 1310 la francesa Margarita Porete fue quemada en la hoguera por las tesis que sostenía en su libro El espejo de las almas simples. En él sostenía que el amor a Dios estaba más allá de los mandamientos o intermediarios, lo que fue interpretado como una afrenta a la moral y la Iglesia.
El movimiento de las Beguinas fue perdiendo fuerza a partir del siglo XIV por presiones religiosas, ya que muchos conventos las veían como competencia. Oraban, predicaban y ejercían la caridad y recibían limosnas y donaciones sin ser monjas ni tener un mando eclesiástico sobre sus cabezas.
Las guerras, la peste y la inestabilidad económica llevaron a un mayor control de la población, lo que hizo que muchas comunidades desaparecieran o fueran marginadas, disminuyendo mucho su influencia. Pese a todo, siguieron teniendo influencia relativa en Flandes, donde surgieron, y en lugares próximos.
Curiosamente, la mujer que es considerada como la última beguina llegó hasta nuestros días. Se trata de Marcella Pattyn, nacida en el Congo, que falleció en 2013. Era ciega e intentó ingresar en distintas órdenes religiosas, pero fue rechazada por su discapacidad visual.
En 1941 finalmente se unió al beaterio de Sint‑Amandsberg, en Gante, donde vivía una gran comunidad de este histórico movimiento. Poco a poco, sus miembros fueron muriendo y sólo quedó ella como única representante.
Con su pérdida, las Beguinas desaparecieron, pero ya forman parte de la historia. No hay nada más feminista para aquella época que crear una comunidad independiente y autosuficiente alejada del paraguas protector y muchas veces opresor de los hombres.